Humanidades

Almendros en Flor, ¿cuál es tu cielo?

Todos y cada uno de nosotros tenemos una visión, una intuición, una sensación, si se quiere, de lo que puede ser el cielo. El Edén, ese lugar atemporal que a lo largo de las tradiciones y culturas, siempre ha estado presente para dar cobijo y protección a los justos, a los que han alcanzado la virtud. En mi caso, dos son las imágenes recurrentes que impregnan mi imaginario, una representada por las playas de dunas del Levante español, que la asocio a las agradables veladas que mi familia, siendo mis hijos pequeños, disfrutábamos rodando por sus suaves arenas, días de diversión, días de sentir que en la vida estaba todo hecho. Un cielo que un día como hoy quiero compartir con ellos. La otra imagen que impregna mi imaginario, es la de un frondoso y acogedor bosque de almendros. El almendro, siempre me ha resultado un árbol sublime, bello, elegante y espiritual. Sus colores pastel, su modo de reflejar la luz del sol y la paz que atesoran, les hacen conferir un aspecto semidivino.             Mi pequeño paraíso personal lo encontré, hace muchos años, en el centro de Madrid, en plena calle de Alcalá, en el parque “La quinta de los molinos”, un parque abierto al público, perteneciente al marqués de Suances y que desde hace unos años podemos disfrutar los madrileños. Este parque tiene grandes ventajas: no es muy grande, no está excesivamente tocado por la mano del hombre, lo que le aporta una visión semisalvaje, y además, presenta grandes campos repletos de almendros. Los parques versallescos, tocados por la mano humana, donde se pone orden a la naturaleza y todo está perfectamente arreglado para el deleite de los sentidos, son artificiales.             Yo prefiero la naturaleza agreste, la naturaleza desordenada, la que trasfiere fuerza y energía, exactamente igual que el inconsciente humano. Por este parque me gusta vagabundear sin rumbo fijo, constatando lo que los artistas de todos los siglos y, sobretodo la corriente de pintores trascendentalistas norteamericanos del siglo XIX encabezados por Asher Brown Durand decían, y es que la contemplación de la naturaleza es terapéutica. Allí, en mi pequeño paraíso arbolado de almendros, sentándome tímidamente en un banco, como si tratara de que nadie me viese, me abstraigo en la contemplación de la belleza que emerge en ese momento y en ese espacio. Allí, alrededor de estos árboles, hay algo especial, algo que no sabría calificar y que está en relación con la paz, el silencio y algo profundo, misterioso y numinoso, que me interrelaciona con mi entorno y me hace expandirme por los campos. No soy tan arrogante como para pensar que esto es una visión mística, que es una percepción excepcional que me toca y me pone en relación con otra Realidad superior a la mía. Lo que sí puedo afirmar, desde mi humildad, es que lo que yo siento allí, es inigualable, intransferible, me da paz y me reconforta, por eso, esa es mi experiencia, esos son mis almendros, ese mi cielo. ¿Dónde está el tuyo? Hoy es un buen día para compartirlo con los tuyos.

Un trabajo más que literario: la escritura terapéutica

Como conocéis, amigos lectores, soy un gran privilegiado por contar entre mis relaciones con importantes hombres de la creación artística, desde Antonio Gala, pasando por José Luis Sampedro, Luis Mateo Díaz, Alberto Vázquez Figueroa, Fernando Sabater, y el desaparecido José Saramago. Frecuentar a estos grandes artistas me ha hecho apreciar la realidad desde una perspectiva más metafórica, me han enseñado a fabular y ser señor y dueño de mis pensamientos y mis sueños. Posiblemente con ellos haya aprendido más cosas, como por ejemplo, apreciar la belleza, respetar el trabajo artístico y llegar a comprender la grandeza del corazón humano en toda su plenitud. Por circunstancias personales y vivenciales, he terminado por convertirme en médico-amigo de la mayoría de ellos, he asistido a sus dolencias, he paliado sus miedos y también he combatido algunas de sus angustias. Uno de mis mejores amigos literarios, pasa por un mal momento anímico, está triste, depresivo y nunca le he visto de una manera tan desarraigada, incluso llegándome a confesar que ya no quiere vivir más, que prefiere morir. Yo aprecio en lo humano a ese hombre y le admiro en lo literario, y he tenido que tomar cartas en el asunto, por lo que, además de recomendarle el medicamento más adecuado, le he instado a que se enfrente a sus propios miedos y escriba sobre el motivo de sus penas…eso sí, sin metaforizar, siempre real y crudo como el viento de la mañana: una terapia a base de la escritura Él lo ha entendido, ese trabajo solo lo puede hacer él, ha entendido que ese trabajo le reportará paz y comprensión. Este post es hoy para desearte mucho ánimo, amigo. Presentación: La escritura como terapia

Una cura de humildad, nunca viene mal

Durante los últimos años de mi vida, sobretodo en la última década, he venido ejerciendo papeles de cierto liderazgo en la política sanitaria estatal, siendo una persona, considero, conocida en el sector sanitario. Mi juventud, unida a mis habilidades y capacidad dialécticas, me hicieron pronto granjearme el interés de algunos políticos del país, de tal suerte que algunos líderes de opinión del sector sociosanitario me auguraban “una gran carrera política”, con aspiraciones a responsabilidades del más alto nivel en la Administración Sanitaria, o incluso en la política nacional. La prensa escrita, radio y televisión solicitaban a menudo mis opiniones y ensalzaban mis críticas y mis reflexiones. Desde luego, nunca me dio por pensar que yo era un hombre de éxito, escritor de libros y ensayos, respetado por todos y por ello presa de la prensa sensacionalista, que en sus dimes y diretes, día sí y otro también, durante años, se alimentó de mi esfuerzo y el de los míos. Y como sigo pecando de ingenuo, pero sobre todo de optimismo, tengo plena confianza en que se hará justicia, que no es lo mismo que pensar que los responsables de la misma dictaminen justamente. Sin embargo, he de reconocer que de alguna forma, muchas de las situaciones que se generaban, tendían a insuflar mi ego, de forma que me hizo sentir y pensar que “era una persona referente en el sector de la salud” y que gozaba de “muchos amigos” dispuestos a trabajar “hombro con hombro”. Releyendo a los filósofos estoicos fui capaz de mitigar rápidamente esta sensación, sobre todo al toparme con la crudeza de la realidad, que siempre es muy tozuda. Esta realidad me ha situado en poco más de un mes, a pasar de ser un personaje conocido, a uno anónimo; de creerme un reputado profesional, a un sencillo administrativo; de mandar, a ser mandado; de ser escuchado con arrobo, a no ser tenido en cuenta. He de confesar que esta implosiva cura de humildad me ha generado grandes desajustes, insomnio, anhedonía, tristeza, depresión, falta de control de los impulsos…, pero con toda su crudeza, me ha traído de nuevo a la vida, me ha puesto en la realidad que nunca debí arrinconar,  en el día a día, en el aquí y en el ahora, “condición sine qua non” para vivir plenamente. Y es que ahora me considero importante por lo que realmente soy y siempre fui, un referente para mis hijos, un marido al que se le espera al final del día, un amigo al que se le pide opinión (no son tantos, pero son los de verdad), un compañero con el que se comparte impresiones y pareceres… No obedece a una transformación en otro ser distinto, siempre fui el mismo, aunque según el que te mira puedes “ser pájaro o pez”. Nada ocurre porque sí, todo guarda un plan. La realidad es tozuda y nosotros nos empeñamos en ser más tozudos aún y no reparar en que somos pequeñas briznas de hierba, agitadas por el viento y las mareas. Todo pasa, poco queda. Tan solo dejamos a la posteridad nuestra humilde huella en los demás.

Aprender a vivir…otra vez.

El ser humano no deja de sorprenderme en todas su facetas, incluso en las postrimerías de la vida y en la antesala de la muerte. Hay un  refrán que alega que “quien sabe vivir sabe morir”, o lo que es lo mismo saber morir, con plena consciencia e intensidad de la propia muerte, es un acto de suprema entrega a la propia vida. Si hay pacientes que saben relatarte un episodio próximo a la muerte, son los que han pasado por la experiencia de una parada cardiorrespiratoria, “el desaparecer de la linea amarilla del monitor”, como lo refleja el testimonio de hoy, o incluso sin llegar a ella, los que han padecido un infarto.   Y sin duda estas experiencias límite contribuyen a que deban aprender de nuevo a vivir, a valorar los aspectos fundamentales de la existencia y saber distinguirlos de lo superfluo y perjudicial. Y es lo que se hace en las Unidades de Rehabilitación Cardíaca, enseñar a vivir al paciente y a su familia con su enfermedad y su corazón.

Obras maestras del arte médico

Uno de los privilegios que me ha dado la vida ha sido poder trabajar en la Real Academia Nacional de Medicina, que desde hace un siglo reside en la madrileña calle de Arrieta y que nos retrotrae a su creación en el año 1734 como “Academia Médica Matritense” en la trastienda de una botica madrileña donde se gestó el conocimiento y la sabiduría de la ciencia médica. Recomiendo a los lectores que la visiten, pues la entrada es libre y gratuita y que se dirijan a la joya de su biblioteca con más de 100.000 volúmenes impresos, siendo la mejor biblioteca del siglo XVIII y XIX. En uno de mis proyectos mientras formaba parte de la misma tuve el privilegio de encontrarme con una joya del Renacimiento del año 1556, su titulo: “Anatome, corporis humani”. Su autor, un clásico español: Juan Valverde de Hamusco. La emoción de poder deleitar la primera edición de este anatomista nacido en Palencia en 1525, médico de la nobleza en Roma, fue intensa. Cuanta ciencia y sobretodo, cuanta erudición mostraban sus páginas. Entre sus páginas se encuentran el famoso grabado anatómico de un hombre, que en una mano sostiene un cuchillo, mientras en la otra sostiene su propia piel y recordé inevitablemente el San Bartolomé pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y donde en su pellejo figura su autorretrato. Recuerdo que este libro fue controvertido, pues Andrés Vesalio, el celebre anatomista, maestro de su época y referente mundial, acusó a Valverde de plagio y de no haber realizado ni una sola disección. Y es que el maestro había publicado su magnifica obra “Humani corporis fabrica” tan solo 13 años antes que el español. Valverde salió de las acusaciones confesando que el texto de Vesalio le había servido de inspiración, afirmando: “parecería envidia o malignidad no querer aprovecharse de ella”. Visitar la Biblioteca de la RANM es trasladarse a otro tiempo, un tiempo donde la curiosidad científica y la emoción del descubrimiento estimulaban a los espíritus inquietos de la época. ¿Te lo vas a perder?