El sufrimiento no siempre se nota… previniendo el suicidio

En estos días asisto preocupado y con consternación al estado de ánimo de la que considero mi hermana, experta psicóloga, consternada por la pérdida de un joven paciente que se ha suicidado. Pese a su sólida formación terapéutica, se interroga una y otra vez por los motivos que han podido llevar a un joven de 17 años a quitarse la vida. Es cierto que en el suicidio se concita patología psiquiátrica, como la depresión, el trastorno límite de la personalidad o la esquizofrenia; pero aun así, sigue siendo existencialmente difícil de entender los razonamientos internos de una persona para quitarse la vida. Probablemente esto es así porque no existe una razón lógica para lo ilógico. Comparto su dolor, porque como médico he tenido la dura experiencia, y solo puedo quererla, escucharla y acompañarla. Mi experiencia del suicidio la lleve a un libro: “La sombra del dolor”, donde pude terapéuticamente volcar la sinrazón, el dolor y mi propia angustia. Son importantes las iniciativas que se están llevando a cabo para prevenir el suicidio. Se está fomentando la detección precoz de los signos de alarma de suicidio, se están realizando programas de apoyo a las familias de los pacientes que se suicidan y múltiples acciones encuadradas en  programas y protocolos, cuya eficacia existe…; pero sigue siendo insuficiente. Hoy os traigo aquí el artículo recientemente publicado en el rotativo “El País”, por mi amiga Mercedes Navío, buena psiquiatra y mejor persona. Y quiero aprovechar para insistir en que debemos fomentar las herramientas y recursos adecuados desde los dispositivos, no solo sanitarios, sino sociales y educativos, para realizar programas de prevención. Y para ello resulta imprescindible el fomento de hábitos saludables y de higiene mental, que permitan al individuo tener apoyos personales, familiares y sociales.

Nuevo espacio de colaboración para la medicina del siglo XXI…, la atención sociosanitaria.

Estamos ante un cambio de paradigma de la humanidad. Estamos asistiendo a la desaparición de un viejo mundo (el que hemos conocido en el siglo XX) y a la eclosión de una nueva manera de vida (inicios del siglo XXI, con la aparición de la biotecnología, la cibernética…). El problema es que en esta interfase, ni ha muerto lo antiguo, ni ha terminado de aparecer lo nuevo. La expectativa de vida crece, los grandes avances tecnológicos y biomédicos están prolongando la vida de nuestros semejantes y la innovación y desarrollo de nuevas armas terapéuticas hace que la población mundial avance hacia el precipicio de la longevidad, donde confluyen varios caminos, lo que es sanitario y lo que es social. Tan solo dentro de 10 años, 4 de cada 5 pacientes serán crónicos, porque enfermedades que antes eran mortales, las hemos conseguido domesticar y cronificar. Yo soy un medico del siglo pasado, mis pacientes morían de insuficiencia cardiaca, cáncer de mama o SIDA, ahora afortunadamente, estas enfermedades han encontrado un camino de mayor supervivencia. Sabemos que los pacientes crónicos de alta complejidad pueden representar un 5%, pero sus características y perfiles sociosanitarios hacen que sus cuidados y manejo llegue hasta el 75% del coste sociosanitario. Desgraciadamente tenemos un sistema asistencial de pacientes agudos (nuestros hospitales, centros de salud, etc.), cuando el verdadero reto social y asistencial, está en la atención y manejo de los pacientes crónicos pluripatológicos y polimedicados. Por todo ello y porque necesitamos reorientar nuestros servicios a una población más demandante, exigente y especifica, tenemos que cambiar nuestra visión y abordaje de los problemas, para podernos adaptar a los nuevos tiempos. En esencia, necesitamos una Atención Primaria potente que pivote sus acciones entorno a nuevos roles profesionales, como la enfermera gestora de casos, los aspectos sanitarios del trabajo social y la capacitación del voluntariado en el ámbito del domicilio del ciudadano y desde una perspectiva social y sanitaria. Es un reto, sin lugar a dudas, y desde la perspectiva de la gestión sanitaria, un momento único para demostrar nuestra creatividad y nuestra grandeza como profesionales y como seres humanos.

Da sentido a su vida… Residencias integradas

¿Quién no ha tenido la experiencia cercana o personal de tener algún conocido que tiene a su padre o madre en una residencia de la tercera edad?. También somos conscientes del escaso número de establecimientos públicos, pues gran parte de las residencias de mayores son concertadas o privadas. Hace algunas décadas los mayores formaban parte integrante y activa de las familias, pero avanzando los tiempos, las familias se han convertido en nucleares, constituidas por los padres y uno o dos hijos lo máximo. Atrás han quedado las familias extensas donde convivían padres, hijos, el abuelo e incluso tíos o primos. La trasformación de la sociedad ha conllevado una trasformación de la familia. En las culturas triviales y no occidentales, el papel del mayor es crucial para la estabilidad social; aporta sabiduría y sirve de correa de trasmisión entre generaciones. En el mundo occidentalizado y apresurado de la modernidad, el papel del mayor, no productivo laboralmente, es un estorbo para las familias y para la propia sociedad. Como afirmaba el psicólogo americano James Hillman, “el mayor es un estorbo, ni sirve para nada ni se siente útil y no le queda más remedio que demenciarse”. La institucionalización del mayor conlleva un alejamiento de las estructuras vivas de la sociedad. Incluso las propias residencias se convierten en guetos  desgajados del tejido social. Por ello y entre otras cosas, debemos tratar de integrar los centros residenciales en la estructura sociosanitaria de nuestro tejido social. Los centros de mayores son una importante oportunidad de integrar los cuidados de media y larga estancia sociosanitaria y se convierten en claros exponentes de coordinación sociosanitaria. ¿Por qué no lo vemos? Seguimos perdiendo oportunidades para la integración de un modelo que nunca debería haberse atomizado. Estas reflexiones y otras surgieron en el interesante debate del  V Congreso de Edad y Vida sobre Dependencia y Calidad de Vida.

Mirada y sentimiento

Algunas culturas y religiones acusan a la Católica de estar plagada de la crueldad de la Pasión de Cristo. Los signos de la  Pasión son vividos por algunos individuos, como elementos de gran crueldad y sadismo, donde la sangre y el sufrimiento desgarran la percepción y convierten el espectáculo de la flagelación o crucifixión de Cristo en un espectáculo cruel. Un amigo mío budista me recriminaba diciendo que no entendía cómo podíamos orar ante una imagen que representa dolor, sufrimiento, crueldad y sobretodo resignación. La imagen de Cristo en la Cruz o durante su largo calvario, ha sido una de las temáticas más representadas en la historia del arte en todas las épocas, culturas y estilos. En cierta manera, el rostro de Cristo siempre muestra dolor, tristeza, perdón y resignación…; pero, ¿alguien es capaz de perdonar con todo su alma a su verdugo y además es capaz de amarle como si su flagelo y sus clavos fueran caricias o signos de amor?. Me parece casi mágico poder reflejar tanto sentimiento en un rostro: humildad, valor, coraje, fuerza y un impulso más allá de lo cotidiano Y por ello me resulta aún más inquietante el rostro de esta maravillosa talla del escultor murciano, Francisco Salzillo. Mira detenidamente la mirada de este joven y  dime tu qué ves.

Un maestro sabio…Claudio Naranjo

Hace un cuarto de siglo (¡me produce pavor pensarlo!), mi interés por la psiquiatría era importante. Quería consagrar mi vida profesional a esta disciplina, como decía Ortega y Gasset, la menos medica de la medicina. Por ello comencé mi doctorado en psiquiatría y mi formación terapéutica  en sofrología y en terapia gestáltica. Tuve una enorme suerte de encontrar a los mejores, en un centro madrileño, que me abrieron los ojos hacia dos maestros del arte terapéutico Fritz Perls y su discípulo Claudio Naranjo. Los dos médicos, el primero centroeuropeo, heredero del psicoanálisis y reaccionario ante él, y el segundo chileno y amante de lo transpersonal y las antiguas tradiciones. Curiosamente, desde el principio, me sentí mas atraído por mi colega latinoamericano, le viví mas integrador y a la vez mas trasgresor. Acabo de leer un buen libro suyo: “Entre meditación y psicoterapia”, donde recoge, con una asombrosa facilidad y erudición, las bases fundacionales de las grandes tradiciones y religiones para aplicar sus  principios al arte de acompañar a las personas para que crezcan personal y  transpersonalmente. Lo que hace Claudio no es nuevo, al contrario, es tan antiguo como nuestra propia civilización y podemos verlo en la forma mediterránea de la Escuela Pitagórica o en la versión de los Terapeutas del desierto, con Filón de Alejandría a la cabeza. Mucho es lo que tenemos que aprender de este gran sabio posmoderno, pero sobretodo cabe destacar su gran capacidad humana, por haber  sintetizado e integrado lo mejor de Occidente y Oriente. Hace muchos años tuve el privilegio de asistir a un seminario que impartía el maestro y aún recuerdo cómo me atreví a  acercarme a él con respeto y cierto temor, como el discípulo que se acerca al sabio, para encontrar la clave de su existencia. De manera atropellada le relaté que era médico como él, que estudiaba psiquiatría y que estaba formándome en terapia gestáltica…, y además había iniciado mi formación en meditación y me aburría como una ostra. Cada vez que me sentaba para respirar y mantener mi postura corporal y mi distancia sobre mi bulliciosa cabeza, era un suplicio. Me escuchó y con su gran humanidad y tras una gran carcajada me respondió “No sufra hombre….,pruebe como he hecho yo con la meditación tibetana, es mas colorista y divertida”.