Julio Zarco

«El Prozac de Séneca» y otros remedios

La realidad del utilitarismo ha llegado a su punto más álgido en los tiempos que corren. El ser humano occidental y moderno busca, de manera rápida, eficaz y obsesiva, la fórmula mágica para la felicidad de sus días. Producto de ello, son modas y costumbres que están arraigando en nuestros días, frente al desprecio de la tradición. Estamos en la época de la llamada “new age”, o nueva era, donde existe la creencia de que el ser humano necesita volver a los orígenes, a través de una espiritualidad descafeinada donde se mezcla en la misma coctelera, occidente y oriente, el yoga y el budismo, junto a las tradiciones chamánicas y el cristianismo. Son muchos los autores y profesionales, que se ponen las botas, literal y no metafóricamente, enseñando a los individuos cómo ser felices, cómo vivir en el aquí y el ahora y cómo si fueran gurús posmodernos, reinventan técnicas novedosas y resucitan tradiciones con el sello marketiniano de “productos de autoayuda”. Hace más de una década un exitoso libro, best sellers, titulado “Más Platón y menos Prozac”, inauguraba una corriente de pensamiento, donde se ponía en valor el sentido utilitario de la filosofía como producto de consumo para resolver los problemas. Incluso en USA se pusieron de moda los gabinetes filosóficos, que venían a sustituir a los gabinetes psicológicos y por supuesto, en una sociedad laica y desacralizada, al consejero espiritual. Estos bufetes filosóficos tratan de orientar a sus clientes a la hora de encontrar su camino y las respuestas a las cuestiones existenciales de todo individuo, a través de la corriente platónica, aristotélica, cartesiana o freudiana Este es el máximo sentido del utilitarismo moderno. Autores de culto, como Paulo Coelho o Jorge Bucay, venden miles y millones de ejemplares de sus relatos y novelas, donde supuestamente están las claves de la felicidad y de la búsqueda de la transcendencia. Asistimos así a la creación de productos marketianianos y edulcorados que ofrecen al hombre contemporáneo lo que este quiere leer y escuchar. Me recuerda a la adaptación de Walt Disney de los grandes cuentos de la tradición oral y literaria, que de ser relatos iniciativos sobre la vida, la muerte y la existencia, se convirtieron en enternecedores relatos que pierden las señas de identidad de sus ideas germinales. Por eso y muchas cosas más detesto los movimientos “new age” y todo lo que se asocia  a los mismos, como es la literatura de autoayuda. Sin embargo ha caído en mis manos un texto, que podría definirse de “autoayuda”, que ha focalizado mi interés y atención y que reactualiza y moderniza las teorías de mis filósofos preferidos, los estoicos y más concretamente del filosofo español Lucio Anneo Séneca y que se titula curiosamente “El prozac de Séneca”, escrito por un terapeuta americano llamado Clay Newman. En este texto se pone de manifiesto la teoría estoica sobre el buen vivir y la reactualiza con ejemplos del día a día del siglo XXI. El autor comienza con una declaración de intenciones y con una nota biográfica dura que relata cómo llegó a descubrir a los estoicos y a Séneca y asevera, como así hacían las tribus de las estepas americanas,“que la religión es para los que temen el infierno y la espiritualidad, para los que ya han estado en él”, en clara alusión a la noche oscura de los místicos cristianos. Las grandes virtudes de los estoicos y especialmente de Séneca, se centran en desarrollar la honestidad, la humildad, la consciencia, el silencio, la compasión, el desapego, la confianza, la obediencia y la aceptación. La máxima de Epíteto, padre del estoicismo acorde a “Señor dame serenidad para afrontar lo que no puedo modificar, la valentía de trasformar aquello que pueda modificar y la sabiduría para distinguir una cuestión de otra”, ha regido mi vida. Este texto nos pone de manifiesto que no hay que buscar en tradiciones milenarias y exóticas, las grandes soluciones a los enigmas de nuestras vidas, sino que solo necesitamos repasar con atención y detenimiento nuestra tradición, para encontrarnos soluciones y claves que nos harán más libres y por ello más felices. Yo sin lugar a dudas prescribo “Seneca cada 12 horas y Platón antes de acostar”.

El señor de la guerra y la Señora Matute

Hace muchos años vi una película que tuvo gran impacto en mi vida. Era una película de los años 60, protagonizada por el mítico Charlton Heston y que recreaba la edad media, sus luchas, sus vasallajes, sus justas y sus feudos. Su titulo es “El señor de la guerra” y fue dirigida con maestría por Franklin Schaffner. A cualquier amante del periodo del medievo, se la recomiendo, porque creo que pocos Films como este reflejan con tan profunda épica y lirismo, este desconocido periodo de nuestra historia. Es curioso, que este film inspirara toda la obra de un gran poeta español, Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), que recreó, a lo largo de su vida, todo un ciclo de su obra, que se fundamenta en la visualización de una imagen, la de la bella doncella celta Bronwyn, que emergía de un lago. Esta visualización de la dama del lago, impacto la obra de Cirlot, como si esa imagen tocara su ánima y se hubiera encontrado, cara a cara, con el significado más oculto de la experiencia poética. En los grandes poetas, siempre podemos rastrear, esta suerte de apariciones espectrales o quizás estas percepciones sutiles, que son capaces de activar toda la imaginaria creativa. Saco a relucir esta cuestión, por la grata sensación producida por el libro “La torre vigía”, de la maravillosa Ana María Matute, que acaba de dejar el mundo de la materia para formar parte de las constelaciones planetarias. Según me sumergía en la lectura de este texto, golpeaba una y otra vez, la película de Schaffner en mi memoria. Y es que el libro de Matute recrea, con gran lirismo, a la par que un realismo descarnado, los espacios y tiempos del medievo. En un lugar indeterminado y en un tiempo indefinido, se recrea la historia del aprendizaje de un joven vasallo que iba para caballero. Espectacular hasta el delirio, la recreación de la quema de unas brujas o la muerte en combate. Leyendo este texo, que abrió la trilogía de Matute sobre la Edad Media, nos hace reconciliarnos con las obras de arte de lenguaje puro, sin adornos, pero con un poderoso imaginario que te lanza directamente hacia el mito. De su autora, ¿qué puedo decir?. Es una grande de la literatura universal, pero sobretodo y ante todo, era un gran ser humano, una mujer sabia, que rezumaba bondad y creatividad…

25 años siendo héroes

Uno de los textos mas queridos por mi, fue un modesto relato que humildemente escribí hace algunos años, y titulé “El camino de los héroes” y que incluí en un libro de relatos sobre experiencias en salud y enfermedad. Narra este texto, mi experiencia con un paciente de 14 años, llamado Israel, que me obligó a replantearme múltiples aspectos de mi profesión y de mi vida. El título procede de la clara y nítida creencia de que los pacientes de cáncer y sus familias, y más concretamente, los pacientes infantiles, son verdaderos héroes, héroes anónimos que se enfrentan a la enfermedad y a su destino final, con la heroicidad y fortaleza de quien sabe que no hay tiempo para relativismos y pequeñeces. Cuando falleció Israel, les regalé a sus padres un pequeño relato de la Dra. Elizabeth Kübler-Ross, que es todo un clásico, titulado “carta a un niño que va a morir de cáncer”. Se trata de un texto de Elizabeth a un niño que padecía la enfermedad y que, a su vez, le escribió una carta donde le preguntaba por qué él tenía que pasar por esta situación,  por qué tenía que sufrir; y si moría, qué es lo que le ocurriría. La Dra. Ross, construyó una hermosa metáfora de la crisálida que se metamorfosea en bella mariposa, una metáfora sobre la transformación, en la que ella afronta las preguntas de su pequeño escritor con amor, cariño y siempre veraz. Cuando entregué este relato a los padres de Israel, les comenté que debían ayudar a los padres que soportaban esta terrible vivencia que ellos habían transitado con dolor y angustia, que tendieran sus manos a otros. Nunca supe que hicieron, ni cuál fue su vida posterior, pues mis derroteros profesionales me llevaron a perder todo contacto. Era el año 1992 y desconocía que tan sólo 3 años antes, la heroicidad de seis madres con hijos que padecían cáncer, había cristalizado en la fundación de la asociación ASION, para ayudar a los niños oncológicos y sus familias. Hace unos días asistí en calidad de invitado a la celebración de su 25 aniversario y allí públicamente y con emoción recordé a Israel y su testimonio de vida; y allí, mirando a los ojos a los padres de los niños con cáncer, les di mi palabra de que haría todo lo posible por ayudarles a mejorar sus condiciones de vida. Gracias ASION por vuestro trabajo y compromiso, nunca os abandonaremos.

“Nido vacío”: Aprendiendo a volar

Todos los padres vivimos a nuestros hijos como una prolongación de nuestro ser y de nuestras vidas. Queremos que sean según nuestros deseos, mejores que nosotros, que realicen los sueños que no hemos alcanzado y, en definitiva, que sus vidas sean perfectas, carentes de dolor y sufrimiento. Cuando son mayores (situación que se produce de manera imperceptible a nuestra atenta mirada), adquieren autonomía, encuentran parejas, tienen  sus primeras relaciones amorosas y sexuales y se abren a la vida,  porque la vida les llama y es imposible renunciar a esa llamada.  En nuestro afán por poner nombre a lo que siempre fue y existió, conocemos este hecho como “síndrome del nido vacío”, que acontece cuando nuestros hijos se independizan y marchan de casa. Mis hijos aun viven conmigo, pero su edad les permite ser autónomos y poco a poco dar los primeros y temerosos pasos hacia su propio futuro. Mi primer impulso es retenerlos junto a mí. Mi egoísmo me hace desear que formen parte de mi vida, de mi amor y mi cotidianidad, pero la experiencia dicta que hay que soltar amarras y ayudarles con un pequeño empujón, para que su barca no encalle en los fondos arenosos de la playa de la vida. En este último año, mis hijos, miran al horizonte con fuerza y necesidad de echarse a la mar. Sus corazones buscan afecto y pasión lejos del amor parenteral. La primera percepción y sensación es de perdida, inmediatamente la del temor a que sufran los avatares y desencantos del amor y casi simultáneamente a que ya nunca serán los mismos, aquellos niños con los que echabas luchas y peleas de cosquillas, enseñabas a nadar y jugabas a piratas y aventuras en la selva. Aquellos niños que abrazabas y comías a besos, en un intento caníbal de introducirlos para ti, carne de tu carne, sangre de tu sangre. Ahora los besos y abrazos, se los dan otras personas ajenas, unos extraños, que son vividos como inteligentes ladrones que entran por la noche por la puerta trasera de tu hogar y encandilan sus sentimientos ocultos.  Pero esa es la vida y nosotros tenemos la obligación de vivirla con intensidad y pasión y aprender que este acto de entrega, es solo el comienzo de otros más duros, como el del último suspiro de vida. Eres tú mismo el que debe soltar las amarras de su propia existencia. Quiero aprender, pese a que no puedo evitar una punzada de dolor, que es la angustia la que nubla mi entendimiento. Confío en vosotros, queridos hijos y vaya por delante mi impulso generoso y firme para que venzáis las resistencias del arrecife y saltéis las olas de la vida con la pasión que vuestra madre y yo os hemos dado.

Mi hospital es una escuela

Si preguntáramos a cualquier persona cual es su opinión sobre su hospital, o mejor aun, qué concepto tiene de un hospital, es bastante probable que refiera conceptos y percepciones como dolor, enfermedad, muerte, cáncer………..y otros relacionados con la salud, o por ser más explícitos, con la ausencia de salud. Quizás por ello me congratulo cuando, tras la reforma sanitaria que propicio la Ley General de Sanidad, la medicina general se ejerce en los “centros de salud”, un establecimiento sanitario que, igual que en el hospital, se trata a personas enfermas, con dolor, con cáncer…..pero con una connotación muy diferente, pues aquí la palabra SALUD, cobra una dimensión muy distinta y hace referencia a otras dimensiones, como la prevención, la promoción de la salud y la educación en hábitos saludables. ¿Porque un hospital no puede adquirir otras dimensiones más positivas entorno a la salud?, ¿qué lo impide? Hace unas semanas, asistí con agrado a “una escuela de pacientes”, donde se trabaja con enfermos y sus familiares para mejorar la calidad de sus vidas y, sobre todo para responsabilizar al ciudadano en la preservación de su salud. Allí se trabaja con los cuidadores de los pacientes con patologías crónicas, se enseña a que hay que luchar por la salud como el tesoro más preciado que tiene el ser humano. Lo más sorprendente, es que esta escuela, no está en un centro de salud, no se encuentra en una universidad, ni en ninguna estructura municipal o administrativo-sanitaria, esta escuela se encuentra en un hospital y más concretamente en el Hospital de Torrejón de Ardoz. Allí pude comprobar en primera persona cómo el hospital abría sus puertas a la comunidad y las abría para acoger a los ciudadanos y para implicarse de manera activa en su cuidado. Disfruté muchísimo con el equipo de la Gerencia del hospital y el equipo de psiquiatría, viendo como trabajaban con niños hiperactivos y con sus padres y percibí que aun hay esperanzas para cambiar las cosas…….Por eso he de manifestar mi agradecimiento, por permitirme, modestamente, participar de su ilusión.