Julio Zarco

LA POESÍA, UN CAMINO HACIA LA MÍSTICA

poesía

Acabo de reencontrar una edición del año 1981 del poemario: “Animal de fondo”, de nuestro andaluz universal Juan Ramon Jimenez. No he podido evitar degustarlo, paladearlo y recitarlo con voz cayada. En aquellos versos esta la voz mística del poeta cuando nos relata: “Dios, ya soy la envoltura de mi centro, de ti dentro”, o bien:” El todo eterno que es el todo interno”. Solo alguien que ha pasado por un proceso profundo de trasformación espiritual puede escribir esas palabras. Esas poesías de Juan Ramon, me han recordado la poesía mística de San Juan de la Cruz o la del sufí Rumi, porque la mística no tiene religiones, tiene determinados acentos. Cuando era un jovencito, paseaba por el campo al amanecer con un libro de las obras escogidas del escritor bengalí, Tagore, una de mis mayores influencias. Buscaba el amanecer para poder tener la misma mirada que el escritor había depositado en sus textos. Ese aroma panteísta influyo en mi concepción de la vida y del universo. Dios, el universo, la naturaleza y la vida, es todo una y la misma cosa. Luego, más tarde supe, que la poesía del bengalí, había sido traducida del inglés al español por la mujer de Juan Ramon Jimenez, Zenobia de Camprubi. ¿Cuanto de Tagore existe en la poesía de Juan Ramon Jimenez y cuanto del andaluz existe en la poesía de Tagore? Dos autores de honda dimensión mística hermanados por la experiencia de la luz, del silencio y de la naturaleza. Esa tarde, una tarde de lluvia suave y de calor tropical, húmedo y fertilizante, no pude por menos que acudir a otros dos poetas, uno español y otro a mi gran maestro francés, Eloy Sanchez Rosillo y su magnífico: “Oír la luz” y Christian Bobin. Por algo, la poesía se denomina “el lenguaje de los Angeles”, allí, en aquellas breves palabras que componen escasos párrafos, los autores son capaces de sintetizar, de solidificar, un sentimiento, una sensación, una impresión y captando la tenue luz que se filtra por una grieta de una pared, encuentran a Dios. Solo la mirada poética nos hará libres, solo la mirada poética nos hará recuperar a Dios en su plenitud y humildad.

MAR CEREAL

Pese a estar de pie, no percibo ni mi posición, ni como he llegado allí. Soy un extenso campo amarillento que se mueve frente a mí de una manera ondulada y acompasada. Solo una estrecha franja de cielo azul cierra mi visión y el resto es un extenso campo de cereal de color pajizo que casi no me deja vislumbrar las miles de espigas que lo componen. Mi ser se recrea en el conjunto, no en la individualidad. Un extenso mar de trigo es mecido por el viento y se crean olas suaves que acarician la superficie. Son posibles otros mares, la tierra quiere demostrar al mar, que ella también puede crear mareas, olas y tormentas en su superficie. Permanezco de pie en observación ensimismada sintiendo que las mareas de trigo se acercan hacia mi como si yo fuera una playa de blanca arena. Sin apenas darme cuenta mis ritmos están acompasados a las olas de trigo y casi puedo ver como si un gigantesco peine invisible peinara los ondulados cabellos de la diosa tierra. Ahí comprendí a mis antepasados cuando entendían que Ceres, Cibeles y Gea eran la madre nutricia que nos engendraba. En aquel momento sintiendo los cabellos de trigo de la madre tierra sentí su poderosa fuerza y pude sentir que aquel mar de trigo también existía en mi interior enraizado en miles de años de suave movimiento.

GORRIÓN ENTRE LAS FLORES DEL CEREZO

Sobre el cielo azul resalta una nube rosa-morada con tonos verdes. Un hermoso cerezo en flor brota con rabia y me golpea la atención como si recibiera una bofetada de belleza. Mi atención hasta entonces dispersa centra su foco en aquel fenómeno lleno de colores y formas. Mis sentidos son solo uno, todo lo que veo, olfateo, toco y oigo es el rosa-morado. Los colores se pueden oler, tocar y gustar. Huelo rosa-morado, toco rosa-morado y siento algo complejo que me resisto a llamar por ningún nombre. Cuando percibo que mi cerebro recupera el control y busca definiciones y conceptos, corto radicalmente y me quedo con la sensación, me quedo con el fenómeno. Curiosamente, no me es complicado quedarme en la sensación, pues esta me atrapa como en una tela de araña y aquel cerezo en flor me penetra como si fuera trasparente. Respiro color y en aquel momento soy cerezo en flor, soy color. Mi identidad ha desaparecido para convertirse en color rosa-morado, flores pequeñas con suave fragancia y verdes hojas carnosas que rompen la monotonía del rosa-morado. Una nube de color morado me invade y mi mundo se detiene. No existe nada más, solo sentir belleza, solo sentir morado y verde, yo soy morado y verde. Algo emana de mí y es silencio, alegría, una suave felicidad morada recortada por verdes esperanza. Desconozco cuanto tiempo trascurre en ese ensimismamiento, en ese estado paradisiaco que a posteriori me hace reconocer el estado virginal que Adán sintió antes de poner nombre al mundo, antes de parcelarlo y clasificarlo. Es posible volver a nuestro estado inicial sin huella del pecado original, es posible solo Ser y sentir, parar la cháchara mental y dejarse invadir por una belleza eterna que por su naturaleza es efímera, pero solo es, ser en el tiempo y en el espacio y dejarme ser cerezo en flor. Hace muchos milenios ya fui cerezo y mis simientes siguen germinando en el suelo de mi alma hasta que la imagen toca las semillas y despierta mi naturaleza latente. Entonces siento cerezo, siento color y aroma y soy belleza. Un pequeño movimiento me saca del éxtasis sentido. Es un pequeño gorrión jugueteando entre las flores y sintiendo también igual que yo, que él, también es morado y fragante, pues los tres compartimos la misma naturaleza.

Acompañar en la muerte, una enseñanza de vida

En mis primeros años como médico de familia, uno de los aspectos del trabajo que más impacto me ocasiono, fue el trato y acompañamiento a las personas que van a fallecer. En los primeros años de mi ejercicio médico, en España, aun no estaban instaurados y constituidos los programas y equipos de apoyo domiciliario y de cuidados paliativos. Esa tarea, recaía en la figura del médico general y la enfermera que trabajaban en equipo. En aquellos años ochenta del pasado siglo, solo unos pocos médicos de familia eran conocedores del trabajo que se estaba realizando especialmente en el Reino Unido, para estandarizar y vertebrar el conocimiento en los momentos finales de la vida. En algunos casos, como el mío, que ya procuraba buscar en las fuentes de la filosofía y la literatura, nos habían llegado los trabajos de la psiquiatra Elisabeth Kubler-Ross, su acompañamiento en los momentos finales de la vida y su importante agradecimiento a los que morían por las lecciones de vida que depositaban en la psiquiatra americana. Aquellas pocas personas, que, por aquel entonces, se sentaban a la cabecera del paciente, y les ayudaban en el tránsito de vida más importante, me parecían heroicos y dignos de admiración. Por aquel entonces a mí nadie me había preparado para acompañar a un moribundo y todas las muertes que había presenciado, habían sido en el aséptico ambiente de una sala de hospital. No tardando, el destino me puso en bandeja, el verme enfrentado a esta situación, con un paciente de 13 años que padecía un sarcoma de Ewing. Su nombre era Israel y él fue uno de los más grandes maestros de vida que he tenido nunca. Los cinco últimos meses de vida de aquel joven trasformaron mi vida profesional y personal. En lo profesional, me hizo tomar la decisión de cambiar mi carrera de investigador por el trato a las personas. En lo personal, me enseño lo valioso de la vida y la importancia existencial de los momentos finales. El impacto de aquel encuentro con Israel y que aún resuena en mi existencia, me llevo a escribir mi primer libro: “La sombra del dolor” y me hizo entender por la vía de la experiencia directa, que los seres humanos que acompañamos en los momentos finales de la existencia a otro ser humano, somos unos privilegiados. Si somos receptivos y prestamos atención plena a todos los momentos que se abren ante nosotros, asistiremos al corolario más importante que tiene la vida, junto al nacimiento. En estos días estoy releyendo las cartas de Lucio Anneo Seneca sobre la importancia del buen morir. Y es que, para una buena muerte, es exigible una buena vida. Toda filosofía, como aseguraba Platón, es una preparación para la muerte. Y que razón tenía el griego y que poco caso hacemos de sus sabios consejos. No hay nada más importante en la vida de un individuo, que el acento final y la puesta en escena con dignidad, entereza y atención, del momento en que nuestra alma se desprende del vehículo del cuerpo. Honremos este rito de tránsito y aprendamos que una buena muerte comienza con el aprendizaje de una vida con propósito. Gracias Israel.

EL HUMANISMO DEL ÁRBOL, HACIA UN HUMANISMO ECOLOGICO

Los arboles siempre me han fascinado. Me parecen seres majestuosos, serenos, sabios, seres que concentran todas las verdades de la vida. Nos observan desde su infinita profundidad y nos protegen. Albergan cientos de vidas y nos dan vida a los demás. Los arboles van más allá de los placeres estéticos y ornamentales, como el sabio de Herman Hesse cantaba: “los árboles son templos de sabiduría”. Recuerdo los diarios de mi mentor Thoreau, cuando describía con exaltación que se había enamorado de una encina. Y es que los arboles tiene no solo vida, sino que sus recios y pétreas cortezas albergan alma. Quizás por ello Tolkien ensalza en su comunidad de los sabios árboles. Los arboles no solo viven, sino que sienten, piensan y aman. Los modernos estudios sobre botánica nos muestran claramente que los arboles ayudan y cooperan para que los más débiles crezcan y los enfermos sanen. Esto se denomina compasión. Los bosques son seres vivos complejos donde los arboles constituyen una sociedad integrada y colaborativa donde toda la vida se organiza de una manera armoniosa. Ahora se acuña el termino de HOLOBIONTE. Vidas que albergan otras vidas en comunidades integradas. Los árboles y los bosques son holobiontes y los seres humanos somos holobiontes, pues albergamos gérmenes, bacterias, parásitos y multitud de vidas que cooperan en nuestro vivir. Que intuición tuvieron las grandes poetas como Whitman cuando hablaba de las multitudes que albergamos. Árboles y hombres vivimos juntos en armonía desde hace miles, millones de años. Hemos compartido historia, mitología y religión. No es casualidad, pero si causalidad que el árbol del conocimiento se encuentre en el paraíso y debamos respetarlo, así como el árbol de la vida sea el símbolo más sagrado de la ancestral tradición judía. Pero ya los antiguos y Platón describieron con detalle el árbol de la vida con sus raíces en el cielo y sus ramas hacia abajo para dar los frutos de los vivos. El origen está en los cielos y como James Hillman describió tan metafóricamente, nuestro nacimiento es un descenso desde los cielos hasta la tierra, igual que nuestro crecimiento exige profundizar en nuestro interior. Qué maravilla deleitarme con el maravilloso libro del poeta español Carlos Edmundo de Ory donde recoge todas las dimensiones del árbol y esa larga relación entre los seres humanos y los seres arboriformes. Quizás por eso título su libro, “Humanismo del árbol” y eso me da que pensar que en un mundo globalizado donde la dimensión ecológica ha penetrado con fuerza despertando nuestras conciencias, nuestro humanismo no puede ser tan cicatero de pensar que es de hombre a hombre, sino muy al contrario debemos transitar hacia un humanismo ecológico, pues como afirma Ory: “El árbol criatura emotiva, reacciona vivamente…posee entrañas, corazón y mente. Lo oiremos gemir, llorar y hasta dirigirse al hombre con palabras claras y sencillas”. Preparémonos para escuchar a nuestros amigos los árboles.