Literatura

De Safari con Ernesto

Toda mi familia ha tenido una gran afición por la caza, y aunque yo nunca he disfrutado con el acto de dar muerte a las criaturas del campo, prefiriendo verlas corretear, volar, nadar o lo que fuera que hagan, sí que he vivido las sensaciones transmitidas por mi padre y mis tíos, sobre el rito de la caza, las anécdotas, la comida después de haberse cobrado las piezas, los acechos interminables en rotundo silencio, las pesquisas tras las huellas de un animal herido…. Todas estas sensaciones, hechos e impresiones, las conozco de primera mano y me las ha vuelto a traer a la memoria el sensacional libro de Hemingway “Las verdes colinas de África”. Como de todos es sabido, Ernest Hemingway vivía al límite su existencia, nunca terminaba de saciarse de la vida, aunque la bebía a borbotones. Era amante de los deportes, de los toros, la caza y la pesca, también boxeo en sus tiempos jóvenes. En este libro, se narra las apasionantes jornadas de cacería de Hemingway con sus amigos en los años 30. Cuando uno realiza la lectura de este libro, inmediatamente se sumerge en el mundo de plasticidad de imágenes del autor, donde el lector puede casi oler la carne de los antílopes, o escuchar el rugido lejano de un león. Si algo tiene de mágico Hemingway, es su soltura en la descripción de ambientes, personajes y las percepciones que sus protagonistas experimentan. Leyendo este libro, no solo recuerdo las anécdotas familiares de caza, sino que me viene al pensamiento ese otro gran libro de Miguel Delibes,” La caza”, llevado a la pantalla por Carlos Saura. Y dado que hablamos de la relación del cine con la literatura, leyendo este apasionante libro, que podríamos calificar de “Diario de viajes”, al estilo de Bruce Chadwin (otro grande del que hablaremos en nuestro blog), se me vienen a la mente las románticas películas ambientadas en el África colonial, donde todo es aventura, pasión, lucha. Este texto de Hemingway inspiró obras cinematográficas como “Las nieves del Kilimanjaro”, “Pasión en la selva” y muchas más. No podemos abstraernos del “Tarzán de los monos” de principios de los años 30 con Johnny Weissmuller, o incluso de “memorias de África” de los años 90. Todos estos films son deudores del texto de Ernesto, como le gustaba que le llamaran en su querida España. Por cierto, a lo largo del texto, podemos ver cómo el americano recuerda y añora las tierras españolas, hasta el extremo que, cuando recorre una inhóspita región del África central, le recuerda el paisaje pedregoso de Aragón y sus gentes, pero en vez de baturros con cachirulo, aquí le acompañan watusis con lanza.

Cuando ayudar es más fácil que ser ayudado

Tal y como vive el hombre así muere. La muerte sólo es el acto apoteósico de una existencia plagada de momentos estelares. En el capítulo “El camino de los héroes”, que figura en mi libro “La sombra del dolor” ya he hablado de la vivencia de la pérdida y muerte de Israel, aquel pequeño de 14 años que falleció de un carcinoma de Ewing y de cómo a todos nos enseñó cómo vivir la vida plena, en el aquí y el ahora, la entrega, la valentía y, cómo no, la fe y la confianza. Esta experiencia la tengo grabada en mis huesos de manera indeleble. Ahora he vuelto a reencontrar un texto vivencial de características similares, titulado: “Sendino se muere», que narra, a modo de diario, el fallecimiento por un cáncer de mama, de una médico, llamada África Sendino. Lo que hace peculiar el texto es que está escrito a la limón por la paciente, mientras ella se valía por sí misma y estaba consciente, ayudada y apoyada por el capellán de su hospital, el padre Pablo d´Ors, gran erudito, nieto del gran filósofo Eugenio d´Ors. Es posible que a Pablo no le guste que haga esta mención biográfica, porque Pablo es un acompañador de almas y de almas que, como la de Sandino, están a punto de abandonar nuestro mundo. Es un hombre sabio en su juventud y nos muestra un testimonio real y desgarrador de una mujer excepcional que, agarrada a su fe católica, quiere dejar a los demás su experiencia, su vivencia y su amor a la vida….y por ello a la muerte. Este libro sencillo debería de ser de uso obligatorio en los estudios de las ciencias biomédicas. Se trata de una antropología de la muerte y un canto de esperanza a ese momento de transición. Independientemente de las creencias del lector, el libro aporta detalles, pequeños y sencillos asuntos, que todo médico y enfermera deberíamos tener presentes. No conozco a Pablo, se que después de una gran formación teológica y filosófica en Europa, tomó la decisión de ser capellán de un hospital madrileño, pero dado que somos de la misma quinta y de la misma ciudad y nos une el cuidado de los espíritus moribundos, me encantaría que el destino nos uniera en alguna ocasión. Mientras tanto, les dejo con este exquisito, bello y delicado texto, de una vida bellamente vivida.

«El ángel caído» y canciones arquetipales.

Desde pequeño me han fascinado los Ángeles. Recuerdo con ternura la oración infantil que  mi madre me hacía repetir todas las noches: “cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me lo guardan….” . Tras ella un sueño reparador me invadía en una total paz y protección. Hoy bien podría servir de homenaje a todas las mujeres, en el Día Internacional de la Mujer. Mi fascinación por los Ángeles, sus acciones como mensajeros celestiales, como seres entre dos mundos, como imágenes arquetipales de la humanidad, me ha llevado a su estudio histórico, antropológico y religioso. En contra de lo que pensamos, la imagen del Ángel, no es judeo-cristiana y se remonta al pensamiento helénico arcaico. Ya Sócrates hablaba del “daimon”, como el espíritu que nos guía y nos lleva de la mano, a través de nuestro destino particular. Este concepto griego fue latinizado en el mundo romano y trasformado en “Genius” o genio, para ser adoptado por el mundo cristiano como “Ángel”. Ángeles existen en todas las tradiciones a lo largo del mundo y las épocas, desde la antigua cultura sumeria y egipcia, pasando por las tradiciones gnósticas, la cábala, la corriente sufí musulmana y hasta el extremo oriente. Lo “angelical” es arquetipal, eterno y universal. El erudito americano, catedrático de humanidades en la Universidadde Yale, Harold Bloom, nos deleita con su visión de lo angelical en un texto archipremiado, titulado: “El ángel caído”, una pequeña obra de arte, donde el intelectual reflexiona sobre la figura de los Ángeles, tomando como referencia “el paraíso perdido” de Milton. Me sorprende enormemente que Bloom se autodenomine “gnóstico moderno”, aunque es cierto que sus aproximaciones a un tema tan universal y espiritual son críticas, eclécticas y muy atípicas. La lectura de este libro es obligada para todos aquellos individuos intelectualmente inquietos, para poder situar en su verdadero lugar el estudio de la angelología. No piensen Uds. que el interés por los Ángeles es una moda de la corriente «new age», se trata más bien de una moda eterna y universal.   España, una vez más, es diferente, pues posee una escultura dedicada al ángel más luminoso, al ángel preferido de Dios,   “Lucifer”. La escultura del “ángel caído” que así se llama, está en uno de los enclaves más bellos del parque madrileño del Retiro y recoge el momento en que la luz de Dios ciega a Lucifer y éste cae a los infiernos. No podemos estudiar el mundo celeste de los Ángeles sin escrutar la naturaleza del más perfecto, el elegido de Dios, el que quiso ser como Él, pero fue castigado por ello. Menos mal, que hasta en el cielo hay cierto orden y que el bueno de Miguel, lleva el control de lo celestial, y a la vez nos priva de que lo sobrenatural irrumpa en el orden natural del mundo.

El arte de ser médico

Mis padres eran enfermeros y mi niñez trascurrió entre quirófanos, hospitales y batas. Desde muy pequeñito, me sorprendía el halo de sabiduría de los galenos y esa capacidad casi mágica para acceder a lo oculto, al misterio y, en definitiva, a la vida. Esa confrontación con la muerte y la vida, las pasiones y las emociones y la capacidad para facilitar la sanación, marcaron desde que era un niño, mi vocación para ser médico. En mi casa se contaban historias de médicas, mis héroes eran los grandes galenos de la historia, Gregorio Marañón, con el cual mi madre trabajó en el Hospital de San Carlos, y al que idolatraba, por lo que supuso para mí un ejemplo a seguir. Él era el hombre virtuoso, sabio, bondadoso, capaz de investigar los humores tiroideos y de hacer una caricia a un pobre mendigo, capaz de estudiar eruditamente la historia de España y a la vez, de levantarse políticamente contra la injusticia. Don Gregorio fue mi mentor, en la lejanía de los tiempos y las épocas, estaba presente en mi vida, sin que yo me percatara de su influencia. Marcó mi destino, fue mi «Daimon» y yo seguí tímidamente la estela de los relatos que mi madre me enunciaba entusiasmada en la cena. Han pasado muchos años y, después de un ejercicio intenso de 25 años como médico, mis experiencias se sedimentan y afloran en las páginas de mi último libro: “El arte de ser médico”, editado por Península y prologado por un grande y colosal maestro, el Dr. López Ibor, maestro de maestros del cual me siento orgulloso de haber sido discípulo; y con el epílogo del filósofo y entrañable amigo Javier Sádaba. No es este el lugar de hacer un panegírico promocional sobre mi libro, pues me produciría vergüenza hablar sobre algo tan íntimo como una obra salida de mis vivencias…..prefiero hablar de las obras de otros, pero sí me gustaría justificar mi decisión vital, que se sustancia y materializa en este texto, que comencé a gestar calladamente hace mas de 20 años, fruto de un imperioso impulso de reivindicar una bella profesión, una profesión donde ciencia, arte y aptitud, se dan la mano, para poder enfrentarnos con humildad y determinación a la vida y la muerte. Esta es mi humilde contribución al ejercicio médico, que espero y deseo que pueda ser leída, consultada y puesta en práctica por estudiantes, residentes y compañeros, para reinventar y revitalizar nuestro Juramento Hipocrático y poder llegar a ser «médicos buenos y buenos médicos».

«Meditaciones» del emperador filósofo

“Vive la vida sin violencia, en medio de abundante alegría, aún cuando todos vociferen, cuando les venga en gana, aún cuando las fieras despedacen los pobres miembros de este compuesto amasado y engordado”. Quien así escribe, lo hizo en su corta existencia del año 121-180 d.c., en medio de una tienda de campaña, en plena guerra con los pueblos germanos bárbaros. Era emperador de Roma y su nombre, con el que pasaría a la historia, Marco Aurelio, el emperador filósofo. Durante el gobierno de Marco Aurelio, de origen español y para más señas sevillano, se produjo uno de los más prósperos momentos del Imperio Romano, su culmen, que posteriormente daría paso al declive de la cultura latina, con la caída del Imperio Romano. Marco Aurelio pasará a la historia no sólo como emperador, sino como uno de los más importantes filósofos estoicos latinos, junto con Séneca y Cicerón, y eso que sólo escribió, al final de su vida, pensamientos y reflexiones que fueron recopilados bajo el titulo: “Meditaciones”, que es el libro de lectura obligada que traigo al rincón de qué leer. El pensamiento estoico, sobrio, adusto, propone una vida vivida con prudencia, justicia y amor a la verdad. Los «estoicos», cuyo nombre procede del término latino que hace alusión a «puente», por ser los primeros pensadores que enseñaban en la calle y debajo de un puente, promulgando una vida en el aquí y el ahora, relativizando la materia, el éxito y la riqueza. Los estoicos divulgaban un ideal de vida sencillo, sin aspavientos, dedicado al bien común y social y, sobretodo, dedicados al estudio y recto juicio. Este pensamiento donde las pasiones no entran en juego y donde lo que más se valora es la virtud, bebe directamente del pensamiento Platónico y de Heráclito, e influye en el pensamiento Cristiano de una manera determinante. Hay muchos pensadores que ven determinadas similitudes con el pensamiento budista y sus teorías del «no apego» y el control de las pasiones y del deseo. Marco Aurelio vivió su vida como un auténtico estoico, hasta que una infección le arrebató la vida a las puertas de Viena, en sus campañas germanas. En la actualidad se suele tener una imagen falsa del emperador, traída de la mano de la película “Gladiador”, donde se relata la presencia en campaña del emperador y como éste muere bajo la mano de su hijo Cómodo. Esta distorsión histórica, alberga una realidad: la presencia del emperador en el campo de batalla bárbaro y la mezquindad de un hijo, llamado el “emperador gladiador”, por su gran afición a la lucha. La historia nos muestra en muchas ocasiones cómo de grandes padres nacen hijos miserables. Si no véase el ejemplo del hijo mayor de Gandhi, que fue un malhechor, jugador y bebedor, para dolor de su progenitor. Recomiendo vivamente leer atentamente a Marco Aurelio, pues su libro, es un texto de virtud, vigente como el primer día, lleno de profundidad y erudición, dentro de la simpleza de un hombre de Estado pragmático y lleno de amor a la verdad.