Desarrollo Personal

Cuando tu vida… es tu mensaje.

Con 18 años sufrí un gran impacto emocional y vivencial mientras veía una película de similares características al que aconteció en mi infancia, cuando por primera vez mi madre me llevó a ver el épico film de Cecil B. De Mille, ”Los diez Mandamientos”. Aquel Yaveh enérgico y aterrador que se manifestaba en una zarza que ardía y no se consumía y que obraba por mediación de Moisés, fundó en mi la creencia de que era posible que Dios se manifestara a los seres escogidos por sus designios y que yo podría ser uno de ellos. A los 18 años, descubrí por primera vez cómo era posible convertirse en Santo, a partir de la fuerza de voluntad, la recta decisión y la tenacidad. Además, era posible realizar el evangelio vivo de Cristo en la época actual. Y es que 15 años antes de nacer yo, al otro lado del mundo, un pequeño e insignificante ser humano, había demostrado a través de su vida, su mensaje, y este mensaje era la persecución de la verdad, del amor, de la no-violencia…, su nombre era Gandhi y su apodo “Alma grande”, con el que fue bautizado por el gran escritor compatriota suyo Tagore. A raíz de ver aquella película, comprendí la máxima de Gandhi y de sus mentores en la distancia, Tolstoi y Thoreau. La transformación más importante de lo que nos rodea solo se produce con la transformación de uno mismo. Gandhi, es posiblemente una de los personajes que más han influido en mi vida, de tal suerte que, cuando tengo algún dilema existencial, siempre pienso que habría hecho el  santa hindú. Mis hijos conocedores de  esta admiración, cuando manifiesto verbalmente o a través de la conducta, algún mensaje de paz y armonía, sonríen y me lanzan “ya está Gandhi”. Gandhi no solo me ha descubierto que es posible la transformación de uno mismo a través de la introspección y el conócete a ti mismo de Sócrates, sino que me ha descubierto cómo trasformar el mundo que nos rodea a través de la acción política y social. Y es que en política puede y debe de haber ética. Quien diga lo contrario, tiene una visión cicatera de ésta y de la acción social. Gandhi, me lanzó a los amables brazos del pensador trascendentalista Thoreau, que influyó decisivamente en el hindú, a través de su tratado sobre la desobediencia social. Igualmente Gandhi me impulsó a profundizar el pensamiento de Leo Tolstoi, que con su ” El reino de Dios está dentro de ti” me cerró el circulo con mi entrañable amigo Hermann Hesse. No ha habido mejor Cristiano que Gandhi y su pensamiento nos conecta con Francisco de Asís y otros grandes del panteón Cristiano. Acabo de leer un libro recopilatorio de las cartas y textos de Gandhi, escrito por el Padre Jesuita John Dear titulado:”Mi vida es mi mensaje” y esta lectura ha reactivado mi devoción al Santo Hindú. Hace unos años visité la India y una de las experiencias más emocionantes fue visitar su tumba. Pese a saber que allí no yacía su cuerpo, pues fue incinerado y esparcidas sus cenizas por los grandes ríos de su país, le di recogidamente las gracias y rece un “Padre Nuestro”, conocedor de que este gesto le habría agradado. Gandhi nos exhorta a experimentar en nuestras vidas, como lo hizo él, partiendo de una rigurosa introspección y conocimiento, se lanzó a la búsqueda de la verdad (verdad de pensamiento, acción y verbal) desde la máxima humildad y la persecución de la no-violencia en todas sus facetas, lo que él denominaba “Satyagraha”, la fuerza del espíritu, la fuerza del amor. Su valentía y arrojo, despreciando totalmente su vida, en sacrificio permanente por los demás, le llevó sin perseguirlo ni buscarlo, a ser el faro y guía de nuestras almas.

«El Prozac de Séneca» y otros remedios

La realidad del utilitarismo ha llegado a su punto más álgido en los tiempos que corren. El ser humano occidental y moderno busca, de manera rápida, eficaz y obsesiva, la fórmula mágica para la felicidad de sus días. Producto de ello, son modas y costumbres que están arraigando en nuestros días, frente al desprecio de la tradición. Estamos en la época de la llamada “new age”, o nueva era, donde existe la creencia de que el ser humano necesita volver a los orígenes, a través de una espiritualidad descafeinada donde se mezcla en la misma coctelera, occidente y oriente, el yoga y el budismo, junto a las tradiciones chamánicas y el cristianismo. Son muchos los autores y profesionales, que se ponen las botas, literal y no metafóricamente, enseñando a los individuos cómo ser felices, cómo vivir en el aquí y el ahora y cómo si fueran gurús posmodernos, reinventan técnicas novedosas y resucitan tradiciones con el sello marketiniano de “productos de autoayuda”. Hace más de una década un exitoso libro, best sellers, titulado “Más Platón y menos Prozac”, inauguraba una corriente de pensamiento, donde se ponía en valor el sentido utilitario de la filosofía como producto de consumo para resolver los problemas. Incluso en USA se pusieron de moda los gabinetes filosóficos, que venían a sustituir a los gabinetes psicológicos y por supuesto, en una sociedad laica y desacralizada, al consejero espiritual. Estos bufetes filosóficos tratan de orientar a sus clientes a la hora de encontrar su camino y las respuestas a las cuestiones existenciales de todo individuo, a través de la corriente platónica, aristotélica, cartesiana o freudiana Este es el máximo sentido del utilitarismo moderno. Autores de culto, como Paulo Coelho o Jorge Bucay, venden miles y millones de ejemplares de sus relatos y novelas, donde supuestamente están las claves de la felicidad y de la búsqueda de la transcendencia. Asistimos así a la creación de productos marketianianos y edulcorados que ofrecen al hombre contemporáneo lo que este quiere leer y escuchar. Me recuerda a la adaptación de Walt Disney de los grandes cuentos de la tradición oral y literaria, que de ser relatos iniciativos sobre la vida, la muerte y la existencia, se convirtieron en enternecedores relatos que pierden las señas de identidad de sus ideas germinales. Por eso y muchas cosas más detesto los movimientos “new age” y todo lo que se asocia  a los mismos, como es la literatura de autoayuda. Sin embargo ha caído en mis manos un texto, que podría definirse de “autoayuda”, que ha focalizado mi interés y atención y que reactualiza y moderniza las teorías de mis filósofos preferidos, los estoicos y más concretamente del filosofo español Lucio Anneo Séneca y que se titula curiosamente “El prozac de Séneca”, escrito por un terapeuta americano llamado Clay Newman. En este texto se pone de manifiesto la teoría estoica sobre el buen vivir y la reactualiza con ejemplos del día a día del siglo XXI. El autor comienza con una declaración de intenciones y con una nota biográfica dura que relata cómo llegó a descubrir a los estoicos y a Séneca y asevera, como así hacían las tribus de las estepas americanas,“que la religión es para los que temen el infierno y la espiritualidad, para los que ya han estado en él”, en clara alusión a la noche oscura de los místicos cristianos. Las grandes virtudes de los estoicos y especialmente de Séneca, se centran en desarrollar la honestidad, la humildad, la consciencia, el silencio, la compasión, el desapego, la confianza, la obediencia y la aceptación. La máxima de Epíteto, padre del estoicismo acorde a “Señor dame serenidad para afrontar lo que no puedo modificar, la valentía de trasformar aquello que pueda modificar y la sabiduría para distinguir una cuestión de otra”, ha regido mi vida. Este texto nos pone de manifiesto que no hay que buscar en tradiciones milenarias y exóticas, las grandes soluciones a los enigmas de nuestras vidas, sino que solo necesitamos repasar con atención y detenimiento nuestra tradición, para encontrarnos soluciones y claves que nos harán más libres y por ello más felices. Yo sin lugar a dudas prescribo “Seneca cada 12 horas y Platón antes de acostar”.

“Nido vacío”: Aprendiendo a volar

Todos los padres vivimos a nuestros hijos como una prolongación de nuestro ser y de nuestras vidas. Queremos que sean según nuestros deseos, mejores que nosotros, que realicen los sueños que no hemos alcanzado y, en definitiva, que sus vidas sean perfectas, carentes de dolor y sufrimiento. Cuando son mayores (situación que se produce de manera imperceptible a nuestra atenta mirada), adquieren autonomía, encuentran parejas, tienen  sus primeras relaciones amorosas y sexuales y se abren a la vida,  porque la vida les llama y es imposible renunciar a esa llamada.  En nuestro afán por poner nombre a lo que siempre fue y existió, conocemos este hecho como “síndrome del nido vacío”, que acontece cuando nuestros hijos se independizan y marchan de casa. Mis hijos aun viven conmigo, pero su edad les permite ser autónomos y poco a poco dar los primeros y temerosos pasos hacia su propio futuro. Mi primer impulso es retenerlos junto a mí. Mi egoísmo me hace desear que formen parte de mi vida, de mi amor y mi cotidianidad, pero la experiencia dicta que hay que soltar amarras y ayudarles con un pequeño empujón, para que su barca no encalle en los fondos arenosos de la playa de la vida. En este último año, mis hijos, miran al horizonte con fuerza y necesidad de echarse a la mar. Sus corazones buscan afecto y pasión lejos del amor parenteral. La primera percepción y sensación es de perdida, inmediatamente la del temor a que sufran los avatares y desencantos del amor y casi simultáneamente a que ya nunca serán los mismos, aquellos niños con los que echabas luchas y peleas de cosquillas, enseñabas a nadar y jugabas a piratas y aventuras en la selva. Aquellos niños que abrazabas y comías a besos, en un intento caníbal de introducirlos para ti, carne de tu carne, sangre de tu sangre. Ahora los besos y abrazos, se los dan otras personas ajenas, unos extraños, que son vividos como inteligentes ladrones que entran por la noche por la puerta trasera de tu hogar y encandilan sus sentimientos ocultos.  Pero esa es la vida y nosotros tenemos la obligación de vivirla con intensidad y pasión y aprender que este acto de entrega, es solo el comienzo de otros más duros, como el del último suspiro de vida. Eres tú mismo el que debe soltar las amarras de su propia existencia. Quiero aprender, pese a que no puedo evitar una punzada de dolor, que es la angustia la que nubla mi entendimiento. Confío en vosotros, queridos hijos y vaya por delante mi impulso generoso y firme para que venzáis las resistencias del arrecife y saltéis las olas de la vida con la pasión que vuestra madre y yo os hemos dado.

Sueños iniciáticos…, “mi sueño con Jung”

Desde hace miles de años, los sueños han sido considerados puentes y brechas para adentrarnos en las profundidades de nuestro ser. Durante nuestro sueño, no hay censuras, no ejercemos control sobre las emociones e imágenes más íntimas que conforman la urdimbre de nuestra alma. Siempre me ha atraído el mundo onírico, desde que a los 17 años leí por primera vez el texto de Sigmund Freud  «La interpretación de los sueños», texto emblemático que inauguró la investigación psicológica de los sueños y que pesé a su redacción en 1889, sigue despertando interés entre los acólitos del psicoanálisis. Pese a esta situación, mi experiencia no es freudiana, sino más chamánica y, por supuesto más jungiana. En este blog, he relatado, cómo en algunas ocasiones, la consulta de un diccionario enciclopédico que me regalaron mis padres, hacía que fijara la atención en fotos, dibujos o textos que han marcado mi vida posterior y la siguen marcando en la actualidad. No era conocedor de lo que estaba ocurriendo, pero con tan solo 10 años, mi interés fijó la atención en 3 nombres, que desde mi más absoluta ignorancia representaban la sabiduría. No entiendo por qué pensaba aquello, pues en el colegio no me habían hablado de ellos y mi joven mente aún no tenía criterio alguno para poder tomar la decisión, de que aquellos nombres, representaban mi ideal de perfección, de conducta y de conocimiento. Hablo de Sócrates, Platón y C. G. Jung. Un pequeño texto ilustraba a estas figuras del pensamiento donde se recogían sus logros más representativos. En el caso de Sócrates, se ilustraba el texto con un busto clásico que se supone recogía las feas facciones del sabio ateniense. En el caso de Platón, se ilustraba con un colorido dibujó! que mucho más tarde supe que representaba el fresco de la escuela de Atenas que el pintor Rafael había plasmado en el Vaticano y que reflejaba el rostro de su contemporáneo Leonardo Da Vinci. El psiquiatra suizo estaba representado por una fotografía de, el ya anciano, con una mueca picara e inteligente. Aún hoy no sabría decir qué tipo de impulso fijó mi atención en estas figuras del pensamiento, pero sí puedo afirmar con total rotundidad que no fue al azar ni aleatorio aquel hecho, pues siendo ya médico, tuve un extraño sueño, que cambió el rumbo de mi visión del ser humano. El sueño transcurría en una fría ciudad y era de noche. Frente a mí había una noble casa, lujosa y con techos puntiagudos, típica de una ciudad del Norte de Europa. Cuando me acerco a la puerta de la casa, observo que tras la misma, hay una puerta de cristal esmerilado que refleja una figura de un individuo que va a salir en ese momento de la casa. Me retiro y, rodeado en un extraño y misterioso halo luminoso, observo que es Jung que me mira y sigue su recorrido. No me habla, sólo me mira y siento que en aquella figura hay algo extraño e inexplicable que me empuja a su encuentro. No fue un sueño normal. Después de muchos años aún lo recuerdo con nitidez y siento esa atmósfera onírica y misteriosa que envolvía a Jung. Estoy convencido que tuve un encuentro más allá de lo onírico y real, con un daimon y ese encuentro marcó mi vida posterior. Pasados muchos años y después de muchas vicisitudes, realicé mis estudios de doctorado en psiquiatría y mi tesis doctoral se fundamentaba en los trabajos del eminente sabio suizo. Es más, toda mi visión de la realidad y mis estudios se centran en la psicología imaginal, heredera de la tradición griega de Sócrates y Platón y por supuesto reactivada por los estudios de Jung. ¿Causalidad?…, no lo creo, no creo en las casualidades. Estoy convencido que mi daimon personal, me guía y que es este el que hizo posible mi encuentro con estos tres seres extraordinarios.

¿Estar o sentirse solo?… dependencia emocional

Cuando hablamos de dependencia, tendemos a considerar principalmente la falta de autonomía física, sin embargo, la autonomía personal va más allá: “Capacidad de controlar, afrontar y tomar, por propia iniciativa, decisiones personales acerca de cómo vivir de acuerdo con las normas y preferencias propias, así como de desarrollar las actividades básicas de la vida diaria” (artículo 2 de la Ley 39/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las personas en situación de dependencia). Pero, ¿cuántas veces pensamos en la dependencia emocional?, ¿nos consideramos realmente dependientes y no lo somos? Esclarecedor, didacta y autorreflexivo artículo que, en este sentido nos aporta nuestro colaborador habitual Enrique Jiménez. Gracias de nuevo por ayudarnos a ser más conscientes de nosotros mismos. De la independencia hacia la dependencia emocional  Al final, el ser humano ha ido evolucionado hacia la dependencia, eso es innegable. Históricamente, el ser humano ha vivido disperso e incomunicado.  Primero formaron pequeños núcleos en el campo y después fueron desembocando hacia las ciudades, por lo tanto, la masificación de población en pequeñas zonas ha dado lugar a una dependencia emocional hacia otras personas.  Esto explica el debate psicológico que existe hoy día en nuestro interior sobre las emociones que desarrollamos hacia otras personas, y la necesidad de tenerlas cerca y de extrañarlas cuando no lo están.  Puede parecer un comportamiento innato de las personas, pero después de echar un vistazo a la historia y comprobar que aún existen personas emocionalmente independientes, podemos tener la sensación de que este comportamiento es derivado de nuestra evolución física como ser humano y nuestra forma de vivir.  ¿Soy dependiente o independiente?  Es la pregunta que ruge en nuestro interior, un debate interno, que algunos días nos inclina hacia comportamientos más dependientes y otros días hacía comportamientos independientes.  No existe lo bueno y lo malo, ni tan siquiera puede elegirse. Nuestra naturaleza ya nos coloca un cierto comportamiento hacia este tema, desde que nacemos y somos jóvenes, tenemos un comportamiento natural ante la dependencia emocional.  El ejemplo más claro podemos verlo en el reino animal. En las camadas de animales recién nacidos se observa perfectamente cuales son más “avispados”, cuales más “tímidos” y así como también podemos observar aquellos más dependientes y aquellos más independientes.  También nuestro entorno y la educación recibida nos hacen ser de una forma u otra, cada situación de nuestra vida importa, aunque una misma educación en dos personas puede influir de forma diferente. Existe la persona que acata la atención depositada en ella y acepta su dependencia, y de otro modo, existe la persona que no acepta ser dependiente y a pesar de ser una persona que recibe toda clase de atenciones decide no depender de nadie.  ¿Qué necesitamos más?  Puede sonar a tópico, pero ninguno de los dos extremos es bueno, si podemos elegir ser dependientes o independientes, deberíamos buscar el punto medio.  Cada forma de ser tiene sus ventajas y desventajas.  Mientras las personas dependientes son cercanas, abiertas y emocionalmente establecen lazos muy fuertes entre personas, que hacen que socialmente obtengamos relaciones más satisfactorias y continuas, echan de menos cierta independencia ante situaciones puntuales de la vida, la marcha de una persona, las situaciones de adversidad, etc…  Las personas independientes tienen un comportamiento mucho más solitario, pueden hacer más cosas por su propia cuenta, dependiendo el éxito de lo que hacen únicamente de ellos. Aunque ante soledades prolongadas o tareas que necesitan un mínimo apoyo moral, se derrumban propiciando situaciones mucho más extremas de tristeza o falta de autoestima.  Probar los buenos y los malos tragos de la dependencia y la dependencia, siempre en tragos cortos, puede propiciar un equilibrio emocional perfecto para afrontar un mayor abanico de situaciones en la vida real. Enrique Jiménez Psicólogo en Granada