Los políticos son, como decía Winston Churchill “políticos de diseño, unidimensionales y sin carga humana”. En ocho años hemos visto pasar 5 ministros por el Paseo del Prado, todos nos han recibido con una afectuosa sonrisa, y con las tan traídas palabras que alegran nuestros oídos: “¡Qué importantes sois los médicos de Atención Primaria, sin vosotros el SNS no podría seguir funcionando!”. En la práctica esto se ha traducido en cero propuestas, ningún compromiso, nula implicación…; porque entendámonos, los políticos son los que tienen que estar a disposición de la sociedad civil, y no al revés. “Bien están los buenos pensamientos, pero resultan tan livianos como burbujas de jabón, sino los sigue el esfuerzo para concretarlos en acción”. Quién así hablaba, hace más de dos centenarios, fue y será uno de los grandes ciudadanos asturianos y gran español, cuyas enseñanzas y sabiduría aún siguen vigentes: Melchor Gaspar de Jovellanos. Y no puedo resistirme a utilizar al bueno de Jovellanos para hacer una traslación de su conocimiento y perspectiva, trasladándolos a la España del siglo XXI, y aplicándolos al sector sanitario, y más particularmente a los médicos de Atención Primaria españoles. Jovellanos propició el espíritu liberal, que desembocó en las Cortes de Cádiz, y pese a ser un referente intelectual y moral de su época, supo ser prudente, discreto y humilde, sabiéndose replegar a un segundo plano cuando las circunstancias lo exigían. Y es ese el espíritu de los médicos de familia de España. Discretos y prudentes profesionales, que con su trabajo, día a día, en las miles de consultas y centros de salud españoles, contribuyen a la mejora de la calidad de vida y de la salud de los ciudadanos. Somos casi 40.000 médicos de Atención Primaria, y qué poco se nota nuestro trabajo en el escenario sanitario. Gracias a nuestra labor callada y sacrificada, que va desde el aviso domiciliario, hasta la consulta programada, la de urgencia, la de cirugía menor, el diagnóstico precoz del cáncer o la demencia, y …un largo etcétera; miles de consultas médicas, la mayoría con contenidos sociales, frecuentemente vivenciales, de seres humanos dolientes. Hace unos meses se producía la escenificación en el Ministerio de Sanidad del Primer Foro de Atención Primaria, que presidido por la Ministra de Sanidad del Gobierno de España entonces, reunía a todos los profesionales implicados en el sector de la Atención Primaria: sociedades científicas, organizaciones colegiales, sindicatos profesionales, Administración Sanitaria…. Una gran expectación rodeó el encuentro, pues por fin el Ministerio de Sanidad y Política Social accedía, después de casi dos años de intenso debate, a reunir en su seno a la médula de los profesionales de la Atención Primaria. Algunos, como un servidor, de naturaleza pesimista (o quizá más bien realista), no albergábamos grandes esperanzas, quizá una foto institucional, alguna vaga promesa, o la verbalización de las consabidas reivindicaciones de los profesionales de la Atención Primaria desde hace más de 30 años. Otros, la mayoría, esperaban el anuncio de grandes decisiones acerca del primer nivel, el incremento de la inversión, el mayor protagonismo de los médicos de familia, el cese de la burocracia administrativa en nuestras consultas, la apuesta por la autogestión… y un largo etcétera. La realidad nos dio la razón a los más cautos, es más, por no haber, no hubo ni foto institucional con los responsables máximos de la Administración Central (o sea, que también nos equivocamos en ello), y por tanto, la vaga promesa de una solución que se traspasa al futuro, se convirtió en un pensamiento desdibujado y pueril de: “dentro de 5 años ustedes tendrán más recursos… y todos sus problemas los habremos mejorado”. Ahora una nueva etapa política se abre con el cambio de gobierno y también de ministra; aunque, de momento, parece que ni estamos en su pensamiento. Son muchas las aportaciones con las que los profesionales intentamos contribuir, desde nuestra visión real del día a día en la consulta, con propuestas claras y concisas a la Administración Central y a las Autonómicas, desde el profesionalismo, que es apolítico, y desde una perspectiva liberal, como lo es nuestra profesión; entendida como la entendía D. Gregorio Marañón, no como opción política, sino como una aptitud ante la vida. Algunos nos hemos atrevido a formular cambios estructurales en el SNS, cambios en el modelo retributivo de sus profesionales, la reorientación del modelo socio-sanitario al paciente crónico, la gestión por procesos desde la Atención Primaria, la aplicación del desarrollo profesional continuo con implantación de modelos de re-certificación de competencias periódico; e incluso un Pacto de Estado por la Sanidad entre los partidos políticos mayoritarios, con vigor a medio y largo plazo… Todo ello queda en las hemerotecas para estudiosos y curiosos, sin que hasta el momento sirvan para aportar cambios sustanciales en el “nervio de la profesión”, en vosotros, en mí mismo, los médicos de familia. Tendemos a culpabilizar al Ministerio, al Consejero Autonómico, a los Sindicatos, a las Sociedades científicas… y a cualquiera que entendemos que nos representa, sin reparar que somos nosotros y sólo nosotros los que tenemos la llave de la solución. Todos y cada uno de nosotros, todos vosotros, con vuestro denodado trabajo del día a día, con vuestra ilusión, con vuestra dedicación, con vuestro conocimiento, sois, somos, los que tenemos las claves. Los políticos son, como decía Winston Churchill “políticos de diseño, unidimensionales y sin carga humana”. En ocho años hemos visto pasar 5 ministros por el Paseo del Prado, todos nos han recibido con una afectuosa sonrisa, y con las tan traídas palabras que alegran nuestros oídos: “¡Qué importantes sois los médicos de Atención Primaria, sin vosotros el SNS no podría seguir funcionando!”. En la práctica esto se ha traducido en cero propuestas, ningún compromiso, nula implicación…; porque entendámonos, los políticos son los que tienen que estar a disposición de la sociedad civil, y no al revés. Las centrales sindicales han perdido el norte y siguen ancladas en un sindicalismo decimonónico de lucha de clases, producto del evolucionismo social,