Cómo iluminar lo que amas sin tocar su sombra: Bobín, el pintor de palabras

  “El arte de caminar es un arte contemplativo. Primero miramos lo que atravesamos, luego nos convertimos en ello. No somos más que un recorrido luminoso a través del paisaje mismo”. Como decía el crítico y escritor Harold Bloom hay dos categorías de escritores: los buenos escritores que son capaces de emocionar y arrastrarte a su historia haciendo que vivas otros mundos y otras vidas; y otros escritores que son capaces de trasformar el mundo, que hacen que su lenguaje poético nos conecte con el ánima mundi y que pertenecen a la categoría de sabios. A esta última categoría pertenece un pequeño filósofo francés que discretamente vive retirado en su pueblo natal, Le Creusot, rodeado de bosques como si de un eremita contemporáneo se tratara. Hablamos de alguien capaz de tocar el alma de las cosas, sean estas animadas o inanimadas y que es capaz, con una prosa sencilla de tocar nuestros corazones para trasformar nuestras vidas. Christian Bobin pertenece, según la tipología de Bloom a la categoría de sabios y me atrevo a decir algo más, Bobin es un místico contemporáneo, cuya herramienta es la palabra, como también lo fue, para San Juan de la Cruz, Rumi o Gibram. Nuestro autor saltó a la fama cuando en 1992 publico un texto sobre Francisco de Asís titulado “El bajismo” que le puso, para su desgracia, en el mapa de la literatura mundial, perturbando su silencio y su rico mundo interior. Y es que si Bobin toca mi alma, es por su gran similitud al Santo de Asís. Me siento en plena comunión con él por compartir no sólo el arquetipo de Francisco, sino su gran amor a los árboles, los gorriones y el caminar, tres hechos que representan dimensiones del Ser que nos trascienden para convertirse en poesía: “Me viene el único maestro que he tenido, un árbol. Todos los arboles estremeciéndose al atardecer. Me instruyen por su modo de acoger cada instante como una buena fortuna”. Y prosigue: “El amargor de una lluvia, La demencia de un sol: todo les nutre. No se preocupan por nada, y menos que nada por un sentido”. Cuanto recuerdan estas palabras al maravilloso texto de Hermann Hesse “El caminante”. Y es que Hesse y Bobin son “escritores gnósticos”, filósofos de la palabra, sabios que iluminan nuestro camino a través de su sabiduría. Bobin en su simplicidad franciscana es amigo de los gorriones, que revolotean por sus textos como pícaros emisarios de Dios: “Gorriones que picotean las palabras que caen al suelo. El vaivén sincopado de sus picos se parece al de los rabinos frente al muro de las lamentaciones”. Y como un sabio, Arij, que camina sin rumbo embriagado de Dios nos relata: “El arte de caminar es un arte contemplativo. Primero miramos lo que atravesamos, luego nos convertimos en ello. No somos más que un recorrido luminoso a través del paisaje mismo”. No voy a profanar la poesía y magia del maestro, pues mi misión tan sólo es indicar con mi dedo a la luna, pero él es la luna. Gracias maestro por recordarme que los ojos pertenecen al cielo, no a la carne.

Roerich y la mística de las montañas

Corría el año 1923 y se preparaba una expedición al Asia central que durante casi cuatro años recogería de manera exhaustiva paisajes, fauna y flora y quizás lo más importante, etnografía, lingüística, mística y tradiciones. A la cabeza de esta importante expedición, una de las más importantes del siglo XX, se encontraba el célebre pintor ruso Nikolái Roerich y su esposa Helena. El producto de aquella hazaña se materializó en el Instituto Urusvati, de estudios himalayos en el valle del Kulu, donde residio y falleció nuestro protagonista. Roerich es uno de los más grandes pintores de la vieja Rusia y uno de los talentos más reconocidos de la historia del arte universal, con más de 7000 lienzos que decoran las mejores aredes museísticas del mundo. Además fue el padre en el año 1935 del llamado “Pacto Roerich” encabezado por el presidente Roosevelt junto a muchas otras naciones para proteger y preservar internacionalmente instituciones artísticas, científicas y obras de arte, en caso de conflictos bélicos y políticos. Pacto ahora destruido por los talibanes al acabar con gran parte del patrimonio cultural de su país y de la humanidad. Pero independientemente de las cualidades artísticas de este hombre, profundamente influido por su compatriota Tolstoi y por la cultura oriental, de la mano de Tagore, Ramakrishna y Vivekananda, su gran dimensión mística y espiritual lo convierten en un gran buscador, en un artista esotérico que rastreó el origen de la humanidad y la conexión con los dioses. Esos dioses que vinieron de las estrellas, gigantes compasivos que, según narra el Génesis, se mezclaron con los humanos para dar lugar a nuestra raza. Esos dioses que procedentes del sistema estelar de sirio fueron origen de la Atlántida y que comenzaron la génesis de la civilización en el antiguo Egipto, de la mano de Thot. Roerich y su esposa Helena pasaron grandes periodos de sus vidas explorando las montañas sagradas de nuestro mundo, para descubrir la mítica ciudad de Shambhala, donde la mística Hermandad Blanca, una secta de monjes sabios, ocultan una esmeralda caída de los cielos y que gracias a sus propiedades especiales sale de las entrañas de la tierra, para restaurar el equilibrio en el mundo y facilitar la evolución de los humanos. Esta misteriosa piedra procedente de Orión y denominada “Piedra de Chintamani”, se puede observar en muchos de los cuadros del gran Roerich. Los cuadros de Roerich son auténticos, sencillos, con colores puros y reflejan una dimensión mística que les dota de una cualidad enigmática, mágica y mística. Es la misma cualidad y la misma escuela profunda de otros grandes como Leonardo Da Vinci, Rembrandt o Blake, otros gnósticos de la pintura. Por ello debemos contemplar las obras de Roerich como una aventura en busca del Grial, en sus cuadros nos ha dejado las pistas para descubrir nuestros orígenes. El maestro de las montañas, como se le denomina al pintor, que parafraseando a Dostoyevski “La conciencia de la belleza, salvará al mundo”, nos indica nuestro origen en las estrellas.

Mirada de león

Al zoológico de mi ciudad le llamábamos “La casa de fieras” y fue allí donde aprendimos a ser aventureros, exploradores y científicos. Han pasado más de cuatro décadas y me encuentro frente al ventanal de la biblioteca de lo que antes eran las jaulas que albergaban a las fieras inquietas que paseaban de manera agitada y sincopada de un lado a otro de sus tristes y húmedas celdas solitarias. Mirando al frente, los grandes cedros me saludan con sus ramas al viento recibiendo al entrañable otoño. Desde aquella perspectiva imagino, siento y veo frente a mí, a aquel muchacho agarrado a los barrotes con la mirada fija en el pesado y regio león, que posa su triste y altiva mirada en él. Yo ahora soy como aquel viejo animal, el niño se ha evaporado en numerosas vidas que zozobran en la tempestad de la existencia. Miro fijamente a ese muchacho que, con su mirada, toca mi cansado corazón diciéndome con voz susurrante: “ Aún estoy contigo viejo amigo, porque tú estás hecho de mis sueños y si miras dentro de tu interior, allí me hallarás, siempre cerca, siempre pegado a tu alma”. Salí al exterior, abracé un viejo roble, respiré profundamente y deposité en la mullida hojarasca el libro que estaba leyendo. Aquél fue mi regalo a ese lugar y al alma del viejo león. Estoy seguro que a mi amigo Gibram no le importará que entregue su alma a un desconocido paseante o a un niño soñador como yo.  

Miguel Serrano, la conexión española entre Hesse y Jung

Aparentemente no está documentada ninguna visita a España del escritor Alemán Hermann Hesse, autor entre otros de “El lobo estepario”, “Siddhartha” o “Juego de abalorios” y premio Nobel de literatura. Tampoco hay documentado ningún viaje a nuestro país del famoso psiquiatra suizo C. G. Jung, discípulo de Freud y padre de la psicología analítica, el inconsciente colectivo y el mundo arquetipal. Dos genios, uno del mundo de las artes y otro del ámbito de las ciencias, pero con bastantes temas comunes. Los dos autores tratan un tema recurrente en sus obras de arte y sus ensayos, la trascendencia del ser humano y su anhelo de lo absoluto. El ser humano debe de experimentar un importante desarrollo de su Ser en busca de su propia alma, la trascendencia y el conocimiento del si-mismo como herramienta para el conocimiento del mundo y de Dios. Un Dios, sin credo, ni religión, un Dios que es al mismo tiempo el cosmos, la vida y cada ser vivo que puebla este cosmos. Es increíble que dos genios de la dimensión humana de Hesse y de Jung, no acudieran a nuestro país a impartir sus enseñanzas, encuentros y conferencias, puesto que sus obras tuvieron una gran aceptación entre el público de habla hispana y no solo sus libros fueron grandes éxitos de ventas, sino que sus obras fueron estudiadas y desarrolladas por múltiples intelectuales. Quizás los años de la posguerra española en su coincidencia con el culmen del éxito de nuestros autores, imposibilitó un más intenso e íntimo contacto con los maestros. No obstante ambos en sus retiros de Suiza seguían con interés la traducción y aceptación de sus obras en España. Es aquí donde aparece la figura de Miguel Serrano, diplomático chileno fallecido en el reciente año 2009. Miguel Serrano, no solo fue un hábil político y diplomático, sino que era un gran estudioso del mundo simbólico y mitológico, que reflejó en algunas interesantes obras suyas, como “Las visitas de la reina de Saba”. Serrano, mientras desarrolló sus labores diplomáticas en India o Yugoslavia, fue un “buscador” de la “tradición primordial”, en aras de encontrar las fuentes de la sabiduría eterna. Serrano nos deja en un delicioso libro titulado “El círculo hermético” su relación con Hesse y con Jung. Siendo él un joven viajero frecuentó la casa de ambos autores en sus últimos años de vida. Nos deja un testimonio admirado y cariñoso de los dos grandes “magos”, como él los llamaba, dada sus características daimónicas. Él fue la conexión hispana de estos dos grandes hombres y su relación de amistad fue denominada por Hesse como el “circulo Hermético”, en clara alusión a la magia que entre ellos tres se estableció. Ahora tú puedes ser un miembro más de esta iniciática relación…  

La biblioteca del alma

Nadie puede negar que los libros tienen alma y no solo eso, sino que son grandes maestros nuestros, que llegan a nuestra vida con sus emociones, sus enseñanzas y sus lecciones de vida, dispuestos a mostrarnos el camino, nuestro camino. Como si de oráculos se trataran, en sus páginas hay claves que resuenan en nuestras existencias y son capaces de, en el momento adecuado, mostrarnos, como un Daimon, cual es nuestro destino. Todos conocemos libros que han sido capaces de trasformar toda una vida. Llegaron en un momento adecuado y en sus páginas algo resonó en nuestro interior, empujando nuestras vidas hacia una playa no vislumbrada. En mi caso, muchos han sido los libros daimónicos que han trasformado mi existencia, llevándome a unos nuevos puertos no buscados, ni siquiera imaginados. Si tuviera que aventurarme por algunos títulos, podría aventurarme por,” El hombre en busca de sentido” del psiquiatra vienes Viktor Frankl o “Mis experiencias con la verdad” de Gandhi. Sería del todo injusto, no mencionar “El lobo estepario” de Hermann Hesse o “Reglas y consejos para los jóvenes investigadores” de Santiago Ramón y Cajal. Y es que en definitiva en mi pequeña biblioteca de Alejandría, que yo denomino «La biblioteca de mi alma», se gestaron mis sueños, mi personalidad y mis anhelos como ser humano. Mis padres y muy especialmente mi madre no escatimaban en la compra de libros, para ellos mismos y para mí. Mi mayor placer era ir a merendar con mi madre a una cafetería cercana a una librería, donde yo me zambullía durante horas en ojear cientos de libros para llegar a comprar cuantos podía por las mil pesetas que ella me daba. El olor de las hojas, el tacto suave y la sabiduría contenida en sus páginas eran llamadas del jardín del Edén a las que no podía resistirme. Andando los años, consolide una “Biblioteca del Alma” con miles de ejemplares en casa de mis padres. Hace pocos meses y con motivo del fallecimiento de mi madre, tuvimos que desmantelar mi biblioteca, mirar lo que podíamos quedarnos y el resto, por cuestión de espacio e imposibilidad de poderlo conservar, donarlo a proyectos solidarios y ONG culturales. Aquel desmantelamiento se me hizo eterno, duró varias horas y no podía deshacerme de ninguno de aquellos libros, pues cada uno tenía su historia, que era mi propia historia. Recordaba perfectamente cada dibujo, cada diagrama, cada sentimiento y cada sueño que se engendraron en cada página. Sentía un dolor profundo en lo más hondo de mi corazón, es más, diría en lo más profundo de mi urdimbre del alma. Iba introduciendo los libros en cajas de cartón y cada gesto representaba una despedida y un duelo, con una dosis de agradecimiento y la clara sensación de que todo lo que yo era estaba siendo almacenado en aquellas cajas. Mis sueños, mis anhelos, mis emociones, mis proyectos de vida y de profesión, mis amores, mis fantasías, todas estaban en aquellas páginas que yo almacenaba con profunda tristeza. Ahora la “Biblioteca del Alma”, no ocupa espacio físico en ningún anaquel, sino está presente en mi corazón y más que nunca en mi propia Alma.