El señor de la guerra y la Señora Matute

Hace muchos años vi una película que tuvo gran impacto en mi vida. Era una película de los años 60, protagonizada por el mítico Charlton Heston y que recreaba la edad media, sus luchas, sus vasallajes, sus justas y sus feudos. Su titulo es “El señor de la guerra” y fue dirigida con maestría por Franklin Schaffner. A cualquier amante del periodo del medievo, se la recomiendo, porque creo que pocos Films como este reflejan con tan profunda épica y lirismo, este desconocido periodo de nuestra historia. Es curioso, que este film inspirara toda la obra de un gran poeta español, Juan Eduardo Cirlot (1916-1973), que recreó, a lo largo de su vida, todo un ciclo de su obra, que se fundamenta en la visualización de una imagen, la de la bella doncella celta Bronwyn, que emergía de un lago. Esta visualización de la dama del lago, impacto la obra de Cirlot, como si esa imagen tocara su ánima y se hubiera encontrado, cara a cara, con el significado más oculto de la experiencia poética. En los grandes poetas, siempre podemos rastrear, esta suerte de apariciones espectrales o quizás estas percepciones sutiles, que son capaces de activar toda la imaginaria creativa. Saco a relucir esta cuestión, por la grata sensación producida por el libro “La torre vigía”, de la maravillosa Ana María Matute, que acaba de dejar el mundo de la materia para formar parte de las constelaciones planetarias. Según me sumergía en la lectura de este texto, golpeaba una y otra vez, la película de Schaffner en mi memoria. Y es que el libro de Matute recrea, con gran lirismo, a la par que un realismo descarnado, los espacios y tiempos del medievo. En un lugar indeterminado y en un tiempo indefinido, se recrea la historia del aprendizaje de un joven vasallo que iba para caballero. Espectacular hasta el delirio, la recreación de la quema de unas brujas o la muerte en combate. Leyendo este texo, que abrió la trilogía de Matute sobre la Edad Media, nos hace reconciliarnos con las obras de arte de lenguaje puro, sin adornos, pero con un poderoso imaginario que te lanza directamente hacia el mito. De su autora, ¿qué puedo decir?. Es una grande de la literatura universal, pero sobretodo y ante todo, era un gran ser humano, una mujer sabia, que rezumaba bondad y creatividad…

25 años siendo héroes

Uno de los textos mas queridos por mi, fue un modesto relato que humildemente escribí hace algunos años, y titulé “El camino de los héroes” y que incluí en un libro de relatos sobre experiencias en salud y enfermedad. Narra este texto, mi experiencia con un paciente de 14 años, llamado Israel, que me obligó a replantearme múltiples aspectos de mi profesión y de mi vida. El título procede de la clara y nítida creencia de que los pacientes de cáncer y sus familias, y más concretamente, los pacientes infantiles, son verdaderos héroes, héroes anónimos que se enfrentan a la enfermedad y a su destino final, con la heroicidad y fortaleza de quien sabe que no hay tiempo para relativismos y pequeñeces. Cuando falleció Israel, les regalé a sus padres un pequeño relato de la Dra. Elizabeth Kübler-Ross, que es todo un clásico, titulado “carta a un niño que va a morir de cáncer”. Se trata de un texto de Elizabeth a un niño que padecía la enfermedad y que, a su vez, le escribió una carta donde le preguntaba por qué él tenía que pasar por esta situación,  por qué tenía que sufrir; y si moría, qué es lo que le ocurriría. La Dra. Ross, construyó una hermosa metáfora de la crisálida que se metamorfosea en bella mariposa, una metáfora sobre la transformación, en la que ella afronta las preguntas de su pequeño escritor con amor, cariño y siempre veraz. Cuando entregué este relato a los padres de Israel, les comenté que debían ayudar a los padres que soportaban esta terrible vivencia que ellos habían transitado con dolor y angustia, que tendieran sus manos a otros. Nunca supe que hicieron, ni cuál fue su vida posterior, pues mis derroteros profesionales me llevaron a perder todo contacto. Era el año 1992 y desconocía que tan sólo 3 años antes, la heroicidad de seis madres con hijos que padecían cáncer, había cristalizado en la fundación de la asociación ASION, para ayudar a los niños oncológicos y sus familias. Hace unos días asistí en calidad de invitado a la celebración de su 25 aniversario y allí públicamente y con emoción recordé a Israel y su testimonio de vida; y allí, mirando a los ojos a los padres de los niños con cáncer, les di mi palabra de que haría todo lo posible por ayudarles a mejorar sus condiciones de vida. Gracias ASION por vuestro trabajo y compromiso, nunca os abandonaremos.

“Nido vacío”: Aprendiendo a volar

Todos los padres vivimos a nuestros hijos como una prolongación de nuestro ser y de nuestras vidas. Queremos que sean según nuestros deseos, mejores que nosotros, que realicen los sueños que no hemos alcanzado y, en definitiva, que sus vidas sean perfectas, carentes de dolor y sufrimiento. Cuando son mayores (situación que se produce de manera imperceptible a nuestra atenta mirada), adquieren autonomía, encuentran parejas, tienen  sus primeras relaciones amorosas y sexuales y se abren a la vida,  porque la vida les llama y es imposible renunciar a esa llamada.  En nuestro afán por poner nombre a lo que siempre fue y existió, conocemos este hecho como “síndrome del nido vacío”, que acontece cuando nuestros hijos se independizan y marchan de casa. Mis hijos aun viven conmigo, pero su edad les permite ser autónomos y poco a poco dar los primeros y temerosos pasos hacia su propio futuro. Mi primer impulso es retenerlos junto a mí. Mi egoísmo me hace desear que formen parte de mi vida, de mi amor y mi cotidianidad, pero la experiencia dicta que hay que soltar amarras y ayudarles con un pequeño empujón, para que su barca no encalle en los fondos arenosos de la playa de la vida. En este último año, mis hijos, miran al horizonte con fuerza y necesidad de echarse a la mar. Sus corazones buscan afecto y pasión lejos del amor parenteral. La primera percepción y sensación es de perdida, inmediatamente la del temor a que sufran los avatares y desencantos del amor y casi simultáneamente a que ya nunca serán los mismos, aquellos niños con los que echabas luchas y peleas de cosquillas, enseñabas a nadar y jugabas a piratas y aventuras en la selva. Aquellos niños que abrazabas y comías a besos, en un intento caníbal de introducirlos para ti, carne de tu carne, sangre de tu sangre. Ahora los besos y abrazos, se los dan otras personas ajenas, unos extraños, que son vividos como inteligentes ladrones que entran por la noche por la puerta trasera de tu hogar y encandilan sus sentimientos ocultos.  Pero esa es la vida y nosotros tenemos la obligación de vivirla con intensidad y pasión y aprender que este acto de entrega, es solo el comienzo de otros más duros, como el del último suspiro de vida. Eres tú mismo el que debe soltar las amarras de su propia existencia. Quiero aprender, pese a que no puedo evitar una punzada de dolor, que es la angustia la que nubla mi entendimiento. Confío en vosotros, queridos hijos y vaya por delante mi impulso generoso y firme para que venzáis las resistencias del arrecife y saltéis las olas de la vida con la pasión que vuestra madre y yo os hemos dado.

Mi hospital es una escuela

Si preguntáramos a cualquier persona cual es su opinión sobre su hospital, o mejor aun, qué concepto tiene de un hospital, es bastante probable que refiera conceptos y percepciones como dolor, enfermedad, muerte, cáncer………..y otros relacionados con la salud, o por ser más explícitos, con la ausencia de salud. Quizás por ello me congratulo cuando, tras la reforma sanitaria que propicio la Ley General de Sanidad, la medicina general se ejerce en los “centros de salud”, un establecimiento sanitario que, igual que en el hospital, se trata a personas enfermas, con dolor, con cáncer…..pero con una connotación muy diferente, pues aquí la palabra SALUD, cobra una dimensión muy distinta y hace referencia a otras dimensiones, como la prevención, la promoción de la salud y la educación en hábitos saludables. ¿Porque un hospital no puede adquirir otras dimensiones más positivas entorno a la salud?, ¿qué lo impide? Hace unas semanas, asistí con agrado a “una escuela de pacientes”, donde se trabaja con enfermos y sus familiares para mejorar la calidad de sus vidas y, sobre todo para responsabilizar al ciudadano en la preservación de su salud. Allí se trabaja con los cuidadores de los pacientes con patologías crónicas, se enseña a que hay que luchar por la salud como el tesoro más preciado que tiene el ser humano. Lo más sorprendente, es que esta escuela, no está en un centro de salud, no se encuentra en una universidad, ni en ninguna estructura municipal o administrativo-sanitaria, esta escuela se encuentra en un hospital y más concretamente en el Hospital de Torrejón de Ardoz. Allí pude comprobar en primera persona cómo el hospital abría sus puertas a la comunidad y las abría para acoger a los ciudadanos y para implicarse de manera activa en su cuidado. Disfruté muchísimo con el equipo de la Gerencia del hospital y el equipo de psiquiatría, viendo como trabajaban con niños hiperactivos y con sus padres y percibí que aun hay esperanzas para cambiar las cosas…….Por eso he de manifestar mi agradecimiento, por permitirme, modestamente, participar de su ilusión.

De la FMC al DPC. ¿Un cambio inevitable?

Todos conocemos la importancia que tiene la formación continua en todas las profesiones y máxime en aquellas cuyos avances y descubrimientos son constantes. Clásica es la imagen del médico que siempre estudia, la del científico que continuamente revisa y contrasta sus trabajos, y la del especialista que pasa grandes periodos de su tiempo leyendo literatura especializada en busca de avances, nuevos hallazgos y cambios de paradigma. Voy a centrar el tema, personalizándolo en mi experiencia, la experiencia de un médico de familia que lleva ejerciendo la medicina 26 años y que es docente universitario. El tiempo promedio que dedico  diariamente, para tratar de estar “un poco al día”, es de tres horas de lectura analítica al día. Esto no es mucho, si no tenemos a su vez en cuenta un tema tan importante como es la adquisición de habilidades nuevas, mantener las adquiridas y trabajar la aptitud. La mayor parte de la formación médica continuada en nuestro país se ha realizado de manera solitaria e individual, con el riesgo que conlleva de sesgar nuestros conocimientos hacia lo que realmente nos gusta, y desviándonos de las verdaderas necesidades y lagunas de conocimiento. Otra vía de acceso a la formación continuada son las sociedades científicas, que en su mayor parte ofrecen una amplia y variada gama de posibilidades de formación, pero dejando igualmente al arbitrio del interesado la elección de las opciones formativas. Nuevamente en este caso volvemos a elegir las opciones formativas más atrayentes para nuestros gustos. Yo fui ocho años presidente de una sociedad científica de médicos de familia y pude comprobar cómo la inmensa mayoría de mis compañeros hacían año tras año las mismas elecciones. Esto pude comprobarlo cuando era capaz de averiguar, sin información previa, quiénes eran los docentes de un taller práctico y quiénes eran los discentes que año tras año acudían a ellos. Por otra parte, los médicos seguimos imbuidos del espíritu escolástico y nos encanta la adición de conocimientos, siendo algo más perezosos y reticentes a la adición de habilidades, de aptitudes y actitudes, y no digamos a la evaluación. Existe un dicho popular que reza que “es más difícil que un médico se evalúe que un político diga la verdad”. En el momento actual, en pleno siglo XXI, donde la medicina está sometida a vertiginosos y rápidos cambios y donde la sociedad demanda un perfil de médico altamente cualificado desde el punto de vista técnico, con una gran dosis de humanismo y grandes dotes de comunicador y de habilidades en la gestión, ya no es útil la formación médica clásica y  “decimonónica”, impartida en lección magistral en formato taller, simposium o seminario. Necesitamos que estructuras e instituciones de prestigio velen por nuestra competencia profesional, por sentirse ética y moralmente responsables de nosotros. En la actualidad, esta función está siendo desempeñada con eficacia en el mundo occidental por los colegios profesionales y las universidades. Véase los magníficos ejemplos de Reino Unido, Canadá, Estados Unidos o el norte de Europa. Apostar por una mejora continua del ejercicio profesional en ciclos de cinco años, autorizados por expertos y certificados por estas instituciones, parece lo más adecuado, máxime porque este proceso no debe de efectuarlo ni el individuo, ni la administración sanitaria, pues ambas opciones están aquejadas de la misma perversidad, el sesgo del interés personal o institucional. Ese ciclo de mejora continua del ejercicio debe anclarse en los principios del profesionalismo y en los valores profesionales que rigen el código ético y deontológico de la profesión. Llevo más de quince años hablando, desde todas las tribunas que han solicitado mi participación, de la importancia de este cambio de paradigma, de la implementación del desarrollo profesional continuo y sobre todo del cambio radical que debe operarse en las instituciones para poder llevar a cabo este proceso, pero sabemos que los cambios son lentos, que la resistencia al cambio siempre aparece del lado de las instituciones y de los mismos profesionales. ¿Cómo vamos a cambiar los médicos si las instituciones que nos representan se dedican a todo menos a  garantizar, preservar y fomentar la excelencia y los valores profesionales? ¿Cómo vamos a cambiar los médicos, si la Universidad es para nosotros el bello y remoto recuerdo de los  seis años de nuestra adolescencia y juventud? El diagnóstico está hecho, hace mucho tiempo y por muchos más sabios que yo: necesitamos liderazgo, compromiso y creatividad, tres dones que hoy por hoy no tenemos los médicos, y necesitamos la democratización, la ética y la excelencia de nuestras instituciones, ¿Por dónde empezamos? Publicado en conecta elservier. 24 de marzo de 2014 http://conectaelsevier.es/articulos/formacionmedicacontinuadaydesarrolloprofesionalcontinuo/