Literatura

La dureza de la palabra: de Luca

Podría ser un escritor castellano, con la prosa de Delibes, pero es napolitano, curtido en miles de oficios, enjuto como un Don Quijote, con una zarca mirada penetrante. Su nombre Erri de Luca; su pasión la vida; su escusa, la literatura. Hace meses, en este mismo blog, referencié su penúltimo éxito: “Los peces no cierran los ojos” y ahora me encuentro con  “El contrario de uno”, un pequeñito libro de escasas 100 páginas, como todos los atributos del autor, que es el lenguaje duro y descarnado de un hombre que vuelca sus experiencias vitales que han marcado su vida, desde la revuelta callejera de su militancia en el partido comunista, los antidisturbios, las persecuciones políticas, sus fiebres en África, sus delirios y ensoñaciones, sus recuerdos de la juventud. La economía del lenguaje de este autor es impresionante, es prosa desnuda, contundente. Erri es un estudioso del lenguaje hebreo, sus significados, sus trazos, su armonía y belleza. Sin lugar a dudas él dice únicamente lo que quiere decir, sobran recursos estilísticos, sobra retórica de salón, la vida es sencilla, precisa. Para Erri la palabra es vida y la vida lenguaje. Animo a los lectores a compartir la vida de un sencillo hombre, que vive en una sencilla casa construida por él mismo y que generosamente comparte su vida con nosotros.

Accede al alma de la artista: “Cada palabra, una semilla”

Los que somos lectores empedernidos, o como nos llama Fernando Savater, «lectores omnívoros», tenemos en ocasiones el impulso de conocer el alma de los artistas que tocan nuestro ser. La belleza de la creación toca nuestro interior y nos sentimos en una comunión estrecha con el autor. Es como si el escritor, el pintor o el escultor, se comunicara directamente con nosotros. Ese es el mayor elogio para un artista, tocar el alma del espectador. Entonces, el espectador ansia conocer quién es ese ser que ha invadido su interior y que en muchos casos ha vivido en tierras y tiempos lejanos. Muchos creadores nos dejan pequeñas pistas de su propio mundo interno y a través de ellas, entendemos mejor sus propias vivencias y su actividad creadora. Eso hace la autora Italiana Susana Tamaro, con el excelente y siempre delicado texto de «Cada palabra es una semilla», donde en tono autobiográfico, nos relata su infancia, sus sentimientos, sus miedos y tristezas. No es una autobiografía al uso, es un bello y poético libro, donde su autora nos muestra pinceladas de su infancia, adolescencia y juventud. Después de su lectura entendemos mejor su ser en el mundo. Tamaro, es una artista que siempre me ha cautivado, por su sencillez y simplicidad, que es capaz de hacernos sentir la fuerza de la vida en cada latido de nuestro corazón. Cuando en alguna tertulia literaria alguien aboga por la escritura «espiritual» e intimista, de autores de moda y culto, como Paolo Coello, yo siempre saco a colación a Susana Tamaro, pues ella,  a través de los pequeños detalles, nos hace entrar en el eterno espectáculo  fascinante del «Anima Mundi» platónico. Es cierto Susana, que cada palabra es una semilla y tú siembras el espíritu de tus lectores.

Dolor y muerte como material literario…¿o terapeútico?

  Confieso que en los últimos tiempos, mi temperamento algo melancólico, me ha llevado a una literatura más intimista, existencialista y sacra. Producto de esta situación vital personal, ha caído en mis manos uno de los libros más duros que jamás he leído. Este libro es el texto póstumo del escritor y ensayista británico afincado en USA, Christopher Hitchens. Hitchens ha sido un prolífico escritor y pensador, que se ha hecho famoso en todo el mundo por ser un ateo empedernido que polemizaba con la Iglesia y con los grandes pensadores de la fe y la creencia religiosa, y con especial ahínco, en los católicos. Durante muchas décadas ha sido el castigador de fieles de todas las creencias, escribiendo jugosos ensayos, llenos de humor ácido (propiamente británico), que eran capaces de desmontar argumentativamente cada palabra, por muy autorizada que fuera para la teología y la filosofía. Cuando uno lee los textos de Hitchens, le resulta inevitable el recuerdo de la frescura de Voltaire, o las potentes argumentaciones de Russell. Y es que Hitchens ha recuperado la tradición Volteriana y Russeliana de la contra argumentación lógico-racional contra la religión. El libro del que os hablo es el resultado vivencial de que a su autor se le diagnosticara un cáncer de esófago muy avanzado, que segó su vida en escasos meses. Hitchens, coge aire, reflexiona y decide hacer de su vivencia, materia literaria, publicando sus  experiencias regularmente en la revista Vanity Fair hasta su muerte. En primer lugar, Hitchens, nos demuestra su coherencia de vida. Mientras sus numerosos detractores esperaban una conversión in extremis, él se mantuvo firme a sus convicciones e ideas. En segundo lugar, demostró de una manera eficaz y clara, lo que significa en esencia ser un estoico, un estoico moderno, alguien que asume su dolor con valentía y lo integra en su proyecto vital. En tercer lugar, nuestro autor demostró lo que es morir con dignidad y morir con la plena conciencia de lo irremediable. Sin lugar a dudas, es un libro desnudo, duro, áspero, de una sinceridad desgarradora. Debo confesar que su lectura la tuve que interrumpir en múltiples ocasiones, por sentir angustia, ante la desnudez de la realidad. Por eso me parece un texto recomendable a estudiantes y profesionales de la medicina y la enfermería, como también el texto referenciado en este blog de “Sendino se muere”, un texto que rebosa fenomenología de la atención a pacientes terminales. El “Sendino” de Pablo Ors y “La mortalidad” de Hitchens, son textos antagónicos en sus presupuestos metafísicos y creenciales y por ello mismo, complementarios. No sé donde estará Hitchens, si en el paraíso, en el infierno o bien formado parte de la polución de Nueva York, lo que sí sé, es que nos ha dejado un legado literario original que ha marcado una tendencia estilística y de pensamiento, al igual que ha ejemplificado en su vida uno de los valores más importantes del ser humano: la libertad de pensamiento.

Última lección de un gran maestro: Hasta siempre José Luis

  Hace  tres semanas, nos sorprendía la repentina muerte de José Luis Sampedro  y digo repentina, porque pese a su edad y su delicado estado de salud, las almas grandes siempre se van de manera desgarradora y súbita, dejándonos huérfanos en nuestro sentimiento y en nuestra razón de ser. He preferido esperar un tiempo prudencial, para que mi agitado corazón encuentre algo de paz y sedimentara mis recuerdos y sentimientos. No pretende ser este humilde escrito, un homenaje al maestro, creo que soy pequeño, para tan gran empresa y no me siento capacitado, ni con fuerzas para aproximarme a este cometido. Tampoco quiero loar su intensa biografía, sus múltiples distinciones y cualidades, que de todos son conocidas, a través de sus escritos y los medios de comunicación. Solo quiero dejar constancia de mi último recuerdo, pocos días antes de su fallecimiento en su hogar, rodeado por su esposa Olga de Lucas y su hija, justo el domingo de resurrección, cuando una llamada, me comunicó el día antes, que José Luis había se encontraba mal. Acudí a su domicilio, como otras veces, pertrechado con mis utensilios médicos y con la esperanza de que la alarma fuera falsa o desmesurada. De las más de dos horas que estuve con él, no puedo dar cuenta en este texto, pues muchas vivencias, palabras y sentimientos, pertenecen al ámbito de lo privado, de lo íntimo. Pero sí destacaré algunos rasgos y palabras de José Luis, que definen al hombre. Cuando me vio aparecer por la puerta, sentí que sus ojos se iluminaron, sus músculos recobraron fuerza y con una energía que sorprendió a los presentes, se incorporó para abrazarme. Todos exclamaron, sorprendidos ante una reacción en aquel cuerpo agotado por la vida y que estaba siendo socavado por años recorridos con intensidad. Nos abrazamos con gran cariño. Sus largas y huesudas manos se aferraron a las mías y tiró de mi con una fuerza que me sorprendió, con sus claros ojos penetrándome el ser. Yo le había escrito una carta en donde le expresaba con cariño y devoción cómo me sentía en su presencia y donde hablaba de que él era mi Daimon, mi maestro y yo el humilde pupilo. A él siempre le gustaba contestar todas las cartas, aunque nos pudiéramos ver en múltiples ocasiones. En esta ocasión y después de muchos meses con dificultades de salud, no había podido cumplir con el ritual, mi carta no había sido contestada y sus primeras palabras fueron de intenso agradecimiento por la misma y de disculpas, por no haber podido coger la pluma y contestarme. Se deshizo en elogios por aquella iniciativa y a mí me ruborizó su generosidad y su gran afecto. Aquel día yo le hice el último reconocimiento médico y aquel día asistí a un gran ser humano. Hablamos de política, de religión, de filosofía, su fuerza era inaudita. Me regalo un libro sobre taoísmo, que dada la emoción, me dejé abandonado en su domicilio. «Julio, yo soy taoísta, el equilibrio y el dejarse llevar por la naturaleza han sido constantes en mi vida». Yo escuchaba extasiado. El maestro daba su última lección a su discípulo, en el lecho de muerte y yo, como tantas veces, concentré mi mundo en aquella pequeña estancia. El maestro en el lecho y yo sentado en la cama, nuestras manos cogidas y nuestros seres en comunión. La boca se le secaba por su animada discusión y aun así se esforzaba por hacerse entender con precisión y fuerza. La preguntaba, era inevitable, él era consciente y pleno de facultades: » José Luis, ¿tienes miedo a morir?», él mirándome con una expresión que me recordaba a los Santos de los lienzos del Greco, susurro: «Tengo miedo a morir sin dignidad». Sus deseos fueron respetados, murió dignamente, en su cama, rodeado de los suyos, sin sufrir, murió como un héroe, o como un Santo, yo creo más lo segundo. Aún, recuerdo sus caricias y su último beso en mi mejilla, agotado por la lección, por la enseñanza de lo que es una vida bien vivida. Gracias maestro, ahora vives más en mí.  

Tu ánima no siempre espera, sal a su encuentro.

Toda la literatura iniciática y romántica establece unos cánones precisos de funcionamiento, que hacen alusión a temas de gran profundidad psicológica y espiritual, el encuentro entre los amados, las sensaciones y percepciones, el espacio mágico, etc. Toda la literatura de amor, está plagada de este tipo de situaciones, donde se produce un encuentro mágico entre dos seres, hombre y mujer, un encuentro de opuestos, una boda o hyerogasmos, donde a través de la conjunción de los opuestos, se es capaz de poner en marcha el ciclo del cielo y de la tierra, la alquimia de la vida. Todos los poetas románticos de la literatura universal han puesto de manifiesto con gran maestría ese encuentro especial y único, donde la amada y el amado se encuentran por primera vez, se miran, el tiempo se detiene y el universo conspira a su favor. Mi poeta romántico español preferido, Gustavo Adolfo Bécquer, lo narra con la misma maestría con la que Dante nos relataba su encuentro con Beatriz, en «el monte de las ánimas«. El Señor feudal atraído por el misterio profundo de la existencia, penetra sin saber muy bien por qué, en el profundo bosque, el bosque ignoto, luminoso, repleto de emoción, misterioso y colmado de las fuerzas de la tierra. Allí, tras sortear peligros, dificultades y otros obstáculos de tipo personal, con miedo, incertidumbre y duda. Allí, en el lugar más recóndito del bosque, en ese lugar apartado, inexpugnable, donde nadie es capaz de llegar, hay un bello lago y esperándolo a él, una bella dama. Esta dama, nunca vista por el caballero, de extraordinaria belleza, misteriosa y sobrenatural, no está allí por causalidad, ella está allí esperándolo a él y solo a él. Esa es la magia del encuentro, es un encuentro mágico lleno de contenidos, donde el caballero es engullido por el espíritu del alma femenina. Este tipo de encuentros también los estudió Jung hace muchos años, reflejando en ellos, que es un encuentro entre “anima y animas”, es el hyerogasmo, la unión sagrada de los dos seres, que genera una integración universal. Quien piense que este tipo de encuentros son solo encuentros ficticios, sobrenaturales y novelescos, debo de decirle que está muy equivocado. Hace ahora 33 años, un joven estudiante de medicina penetró tímidamente en la gran aula magna de la facultad de medicina de la Universidad Complutense. Había  sorteado varias pruebas, había luchado por estar allí, pese a que el destino se encargó de resistirse una y otra vez, pero por fin él consiguió su objetivo, ser estudiante de medicina, ser el elegido y allí estaba, después de arduas luchas morales, personales e internas que le habían producido muchas heridas. Desde la entrada del anfiteatro de la universidad, tímido, nervioso y a la vez ufano por lo conseguido, miró a su alrededor, aspiró aire profundamente, hincho sus pulmones, subió los hombros y expandió el tórax. Miró sin mirar, a todos sus compañeros como una masa ingente, sin discriminar a nadie ni a nada. Pero sus ojos se detuvieron en las primeras filas, en una joven morena, de belleza singular, cuyo rostro estaba iluminado por una luz irreal y especial. Los dos repararon en el encuentro, ella tímida, apenas quería mirarle, él hipnotizado por el encuentro. El, sintió que ella estaba allí para él, no era una muchacha cualquiera, ella era su ánima, ella era su alma gemela. Sus ojos se encontraron y en menos de un mes sus manos se fusionaron en un encuentro estrecho, que después de 30 años sigue día a día repitiéndose con la misma magia, el mismo misterio. Ella es mi amor, ella ha estado esperándome durante tiempo y seguirá haciéndolo, ella es la que es y esta es mi gesta, donde mi doncella forma la parte fundamental de mi vida. Gracias al universo por habernos hecho encontrar y gracias al destino porque nuestros caminos transiten por la misma senda.