Literatura

Arte reflexivo: alianza perfecta entre pintura y poesía

Hace unos días he realizado un descubrimiento de gran interés, que quiero compartir con vosotros y que ha sido posible a través del pintor americano Edward Hopper, uno de los grandes pintores de todos los tiempos. En este blog ya hemos reflexionado en alguna ocasión y con vuestra inestimable colaboración, sobre la pintura de Hopper y su gran impacto plástico e incluso sobre sus propios  escritos. Podría decir que es uno de los pintores que más me interesan, pues sus pinturas son algo más que expresiones plásticas, sus cuadros son pensamientos, reflexiones y sentimientos puestos en escena y compartidos con nosotros, los observadores. Hopper tiene muchas y grandes cualidades estilísticas, pero quizás su mayor cualidad, es que nadie como él ha sabido expresar una emoción y un sentimiento a través de la utilización del espacio y la luz. Cada cuadro suyo nos hace reflexionar sobre la soledad, las relaciones humanas, el amor y la indiferencia. Por eso Hopper es un maestro inigualable, que es capaz de arrastrarnos al vacío existencial de sus personajes y hacer que proyectemos sobre ellos nuestras propias vivencias. Por ello recomiendo leer con la tranquilidad debida, un estudio sobre Hopper, de la mano del escritor americano Mark Strand, que ha sido para mí un gran descubrimiento. Strand es un poeta y ensayista de origen canadiense, gran conocedor de la poesía y literatura española y profesor en la universidad de Columbia. Su texto es una meditación sobre la obra de Hopper, utilizando algunas de las pinturas más emblemáticas del pintor. Este texto es una clara simbiosis de poesía y pintura, donde un escritor que también es pintor, nos adentra en el rico y complejo mundo de un grande. Sirva este post para invitar a los lectores y a mí mismo a seguir profundizando en la obra de Strand y a seguir aprendiendo del mundo del gran Hopper.

Más ciencia que ficción

Cuando era  un niño de apenas 8 o 9 años, devoraba con verdadero placer unos libros bellamente ilustrados de la editorial Bruguera, que combinando texto y coloridas viñetas, nos iniciaba en la lectura de los grandes títulos de la narrativa de aventuras. Mis preferidos sin lugar a dudas, era Julio Verne y sus increíbles acontecimientos de la vida submarina, lunar y del centro de la tierra.  Le debo mucho a Verne, tanto como la mayoría de mi generación, él nos hizo soñar y nos alimentó el germen de la pasión por la literatura y por la vida de aventura y viaje. Con Verne, un jardín podía convertirse en la selva del Amazonas y un pequeño cerro, en el monte Everest. Desde hace más de un siglo, Verne nos ha preparado nuestras mentes para el asombro y para la lectura.   Soy un gran aficionado a la lectura de género “ciencia ficción”, para mí una denominación poco acertada y que es deudora del gran Verne. Por eso hace unos días volví a leer un clásico del género. Un libro escrito en los años 60, por un pequeño hombre con cierto aire intelectual, de nacionalidad Polaca, que había estudiado para médico -otro médico escritor, algún día hablaremos de estos interesantes personajes- y que, sin quererlo, se convirtió junto a Asimov y Clark, en el tercer padre del genero. Su nombre Stanislav Lem, su libro “Solaris”. Recomiendo a los lectores que visiten la estación espacial Solaris, de la mano de Lem, para poder llegar a comprender todo el género de ciencia ficción, desde Verne a la actualidad. La lectura de Lem es autentica, no da esa sensación artificiosa y forzada de la literatura actual, donde se mezcla el mundo de la robótica junto a la mecánica quántica y la teoría de las supercuerdas. Los libros de Lem y en especial Solaris, son un profundo estudio psicológico de los personajes expuestos a una situación limite y en un ambiente claustrofóbico. Leyendo a Lem, como nos pasaba con Verne, somos nosotros mismos los que paseamos por los pasillos de la estación Solaris, en busca de la solución a un enigma, que más que externo, es un enigma interno. Solaris, me trae a la memoria la famosa paradoja del filosofo chino Chuang Tse,  del siglo IV a.c. “Chuang  soñó que era una mariposa, pero no tenía muy claro quién soñaba, si él  que era una mariposa, o una mariposa soñando que era Chuang Tse”.

Muy necesario… «Mujeres sin maquillar»

Dentro de mi incongruencia sempiterna se encuentra que, pese a utilizar las redes sociales, siento un poco de pudor a la hora de contactar directamente con posibles lectores desconocidos. No obstante Facebook y Twitter han traído a mi vida actual a viejos amigos de la infancia, compañeros de colegio o de la universidad. Así ha sido con este feliz encuentro de una compañera de la juventud del Hospital Clínico: Elsa Marti Barcelo, médico de familia en una zona rural de Madrid, con amplia formación y experiencia en la psique del ser humano. En este caso me siento doblemente feliz, porque me la ha traído Twitter con un  interesante proyecto literario, titulado “Mujeres sin maquillar”, un proyecto que describe vivencias y sentimientos y donde varias mujeres nos hablan de sus vidas, sus frustraciones, pero sobre todo, del optimismo y la vitalidad, la superación y la esperanza. Este interesante y altruista proyecto destina parte sus fondos a la Fundación O´Belén, del psiquiatra Javier San Sebastian, que trabaja con niños en riesgo de exclusión social. Pero mejor os dejo con lo que ellas mismas nos dicen de su obra: “Nuestro objetivo es hacer llegar un mensaje de que el sufrimiento hace crecer y que el tsusami de nuestra vida sea positivo y superado”, aunque os aconsejo leer el libro.

Palabras vitales en el Libro de horas

  Quien así susurra y escribe es el poeta Rainer Maria Rilke y el poema pertenece a su libro “El libro de horas”, que escribió entre los años 1890 y 1904. Si para conocer a cualquier autor, lo fundamental es leer su obra, en este caso, para conocer el alma de un poeta, solo se puede hacer a través de degustar su poesía. Si quieres conocer el espíritu de uno de los poetas más grandes de la historia, como es el caso de Rilke, lee sus poemas y en particular, este texto que te propongo. Debo confesar que no soy demasiado amante de la poesía, pero pienso que con Rilke hago una excepción. El texto que tenemos entre las manos hay que degustarlo como el buen vino y debe de paladearse con paciencia. Esto me recuerda que textos de tanta profundidad estética, no pueden leerse como el que lee una novela de Conan Doyle.  Estos textos se degustan como la Lectio Divina; es decir, se meditan y recitan internamente, apreciando la sonoridad, la profundidad de sus figuras estilísticas y, sobre todo, estando alerta a los ecos de los versos. La poesía en general y en especial la de Rilke se reza, no se lee; se mastica, no seengulle. En este libro de gran intensidad mística, Rilke habla, o mejor dicho “resuena“ , de Dios, de la Vida y de la Creación. No me gustaría dar más pistas al lector, porque la verdadera experiencia estriba en adentrarse en el mundo espiritual del autor y las imágenes que evoca. Releí hace tiempo el texto y siempre lo tengo a mano, para al azar, seleccionar una estrofa o una frase y rumiarla en mi ser. De esta forma Rilke remueve el mundo interno, y la lectura meditada de su libro se trasforma en oración, en profundidad, en Vida.

Soledad preñada de riqueza: “Diario de un ermitaño”

 Hace 13 años cayó en mis manos un libro que desde entonces me acompaña, pero lo que me más me seduce de él es el espíritu de su autor. Ya saben los lectores asiduos de este humilde blog, que soy un omnívoro de la lectura y en muchas ocasiones he encontrado los mejores tesoros en mis incursiones en géneros literarios, o autores que nunca racionalmente hubiera elegido. Este pequeño y humilde libro, escrito en los años 50 (ya del pasado siglo, ósea del mío), por un humilde monje americano del Cister, que obtuvo permiso de sus superiores para vivir en la más estricta soledad, en una pequeña ermita, en los terrenos de la abadía de Getsemaní en los Estados Unidos. En aquel libro, que era un diario íntimo donde el monje recogía sus impresiones y percepciones, sus luchas internas y su búsqueda de la VERDAD, se recogía algo más profundo y ese algo era una gran generosidad y amor a los demás, pues aquel hombre estaba abriendo su alma y sus entrañas a “los otros”, para darse al mundo. Aquellas vivencias me capturaron de tal manera que desde entonces profundicé en su persona: el Padre Louis, nacido en Francia, convertido al catolicismo ya siendo adulto y que se convirtió y sigue siendo  uno de los mayores maestros espirituales de todos los tiempos, no solo para los católicos, sino para todas las creencias  religiosas. Todo el mundo lo reconoce por su verdadero nombre: Thomas Merton. No quiero aquí desentrañar las interioridades de Merton, pues pienso que a los grandes hombres hay que irlos descubriendo poco a poco, seguir sus pistas, buscar sus señales y sobre todo, contemplar cómo sus vidas ayudan a otras vidas a seguir los sinuosos caminos de la existencia. En mi caso, Merton me llevó suavemente por campos y territorios inexplorados, convirtiéndose para mí en un maestro de vida. Cuando algún amigo me pregunta cómo definiría a Merton, siempre comento lo mismo: “un eterno buscador,  lleno de pasión y de amor”. Y es que su efímera vida, truncada bruscamente por un accidente, es como si juntáramos en su mismo ser a “los padres del desierto” con dosis de Emerson, Thoreau y Whitman y aliñado con la tradición Zen y Taoísta……y todo ello sin dejar de ser auténtica y profundamente Cristiano.