Espacio cultural

Última lección de un gran maestro: Hasta siempre José Luis

  Hace  tres semanas, nos sorprendía la repentina muerte de José Luis Sampedro  y digo repentina, porque pese a su edad y su delicado estado de salud, las almas grandes siempre se van de manera desgarradora y súbita, dejándonos huérfanos en nuestro sentimiento y en nuestra razón de ser. He preferido esperar un tiempo prudencial, para que mi agitado corazón encuentre algo de paz y sedimentara mis recuerdos y sentimientos. No pretende ser este humilde escrito, un homenaje al maestro, creo que soy pequeño, para tan gran empresa y no me siento capacitado, ni con fuerzas para aproximarme a este cometido. Tampoco quiero loar su intensa biografía, sus múltiples distinciones y cualidades, que de todos son conocidas, a través de sus escritos y los medios de comunicación. Solo quiero dejar constancia de mi último recuerdo, pocos días antes de su fallecimiento en su hogar, rodeado por su esposa Olga de Lucas y su hija, justo el domingo de resurrección, cuando una llamada, me comunicó el día antes, que José Luis había se encontraba mal. Acudí a su domicilio, como otras veces, pertrechado con mis utensilios médicos y con la esperanza de que la alarma fuera falsa o desmesurada. De las más de dos horas que estuve con él, no puedo dar cuenta en este texto, pues muchas vivencias, palabras y sentimientos, pertenecen al ámbito de lo privado, de lo íntimo. Pero sí destacaré algunos rasgos y palabras de José Luis, que definen al hombre. Cuando me vio aparecer por la puerta, sentí que sus ojos se iluminaron, sus músculos recobraron fuerza y con una energía que sorprendió a los presentes, se incorporó para abrazarme. Todos exclamaron, sorprendidos ante una reacción en aquel cuerpo agotado por la vida y que estaba siendo socavado por años recorridos con intensidad. Nos abrazamos con gran cariño. Sus largas y huesudas manos se aferraron a las mías y tiró de mi con una fuerza que me sorprendió, con sus claros ojos penetrándome el ser. Yo le había escrito una carta en donde le expresaba con cariño y devoción cómo me sentía en su presencia y donde hablaba de que él era mi Daimon, mi maestro y yo el humilde pupilo. A él siempre le gustaba contestar todas las cartas, aunque nos pudiéramos ver en múltiples ocasiones. En esta ocasión y después de muchos meses con dificultades de salud, no había podido cumplir con el ritual, mi carta no había sido contestada y sus primeras palabras fueron de intenso agradecimiento por la misma y de disculpas, por no haber podido coger la pluma y contestarme. Se deshizo en elogios por aquella iniciativa y a mí me ruborizó su generosidad y su gran afecto. Aquel día yo le hice el último reconocimiento médico y aquel día asistí a un gran ser humano. Hablamos de política, de religión, de filosofía, su fuerza era inaudita. Me regalo un libro sobre taoísmo, que dada la emoción, me dejé abandonado en su domicilio. «Julio, yo soy taoísta, el equilibrio y el dejarse llevar por la naturaleza han sido constantes en mi vida». Yo escuchaba extasiado. El maestro daba su última lección a su discípulo, en el lecho de muerte y yo, como tantas veces, concentré mi mundo en aquella pequeña estancia. El maestro en el lecho y yo sentado en la cama, nuestras manos cogidas y nuestros seres en comunión. La boca se le secaba por su animada discusión y aun así se esforzaba por hacerse entender con precisión y fuerza. La preguntaba, era inevitable, él era consciente y pleno de facultades: » José Luis, ¿tienes miedo a morir?», él mirándome con una expresión que me recordaba a los Santos de los lienzos del Greco, susurro: «Tengo miedo a morir sin dignidad». Sus deseos fueron respetados, murió dignamente, en su cama, rodeado de los suyos, sin sufrir, murió como un héroe, o como un Santo, yo creo más lo segundo. Aún, recuerdo sus caricias y su último beso en mi mejilla, agotado por la lección, por la enseñanza de lo que es una vida bien vivida. Gracias maestro, ahora vives más en mí.  

Tu ánima no siempre espera, sal a su encuentro.

Toda la literatura iniciática y romántica establece unos cánones precisos de funcionamiento, que hacen alusión a temas de gran profundidad psicológica y espiritual, el encuentro entre los amados, las sensaciones y percepciones, el espacio mágico, etc. Toda la literatura de amor, está plagada de este tipo de situaciones, donde se produce un encuentro mágico entre dos seres, hombre y mujer, un encuentro de opuestos, una boda o hyerogasmos, donde a través de la conjunción de los opuestos, se es capaz de poner en marcha el ciclo del cielo y de la tierra, la alquimia de la vida. Todos los poetas románticos de la literatura universal han puesto de manifiesto con gran maestría ese encuentro especial y único, donde la amada y el amado se encuentran por primera vez, se miran, el tiempo se detiene y el universo conspira a su favor. Mi poeta romántico español preferido, Gustavo Adolfo Bécquer, lo narra con la misma maestría con la que Dante nos relataba su encuentro con Beatriz, en «el monte de las ánimas«. El Señor feudal atraído por el misterio profundo de la existencia, penetra sin saber muy bien por qué, en el profundo bosque, el bosque ignoto, luminoso, repleto de emoción, misterioso y colmado de las fuerzas de la tierra. Allí, tras sortear peligros, dificultades y otros obstáculos de tipo personal, con miedo, incertidumbre y duda. Allí, en el lugar más recóndito del bosque, en ese lugar apartado, inexpugnable, donde nadie es capaz de llegar, hay un bello lago y esperándolo a él, una bella dama. Esta dama, nunca vista por el caballero, de extraordinaria belleza, misteriosa y sobrenatural, no está allí por causalidad, ella está allí esperándolo a él y solo a él. Esa es la magia del encuentro, es un encuentro mágico lleno de contenidos, donde el caballero es engullido por el espíritu del alma femenina. Este tipo de encuentros también los estudió Jung hace muchos años, reflejando en ellos, que es un encuentro entre “anima y animas”, es el hyerogasmo, la unión sagrada de los dos seres, que genera una integración universal. Quien piense que este tipo de encuentros son solo encuentros ficticios, sobrenaturales y novelescos, debo de decirle que está muy equivocado. Hace ahora 33 años, un joven estudiante de medicina penetró tímidamente en la gran aula magna de la facultad de medicina de la Universidad Complutense. Había  sorteado varias pruebas, había luchado por estar allí, pese a que el destino se encargó de resistirse una y otra vez, pero por fin él consiguió su objetivo, ser estudiante de medicina, ser el elegido y allí estaba, después de arduas luchas morales, personales e internas que le habían producido muchas heridas. Desde la entrada del anfiteatro de la universidad, tímido, nervioso y a la vez ufano por lo conseguido, miró a su alrededor, aspiró aire profundamente, hincho sus pulmones, subió los hombros y expandió el tórax. Miró sin mirar, a todos sus compañeros como una masa ingente, sin discriminar a nadie ni a nada. Pero sus ojos se detuvieron en las primeras filas, en una joven morena, de belleza singular, cuyo rostro estaba iluminado por una luz irreal y especial. Los dos repararon en el encuentro, ella tímida, apenas quería mirarle, él hipnotizado por el encuentro. El, sintió que ella estaba allí para él, no era una muchacha cualquiera, ella era su ánima, ella era su alma gemela. Sus ojos se encontraron y en menos de un mes sus manos se fusionaron en un encuentro estrecho, que después de 30 años sigue día a día repitiéndose con la misma magia, el mismo misterio. Ella es mi amor, ella ha estado esperándome durante tiempo y seguirá haciéndolo, ella es la que es y esta es mi gesta, donde mi doncella forma la parte fundamental de mi vida. Gracias al universo por habernos hecho encontrar y gracias al destino porque nuestros caminos transiten por la misma senda.

De Safari con Ernesto

Toda mi familia ha tenido una gran afición por la caza, y aunque yo nunca he disfrutado con el acto de dar muerte a las criaturas del campo, prefiriendo verlas corretear, volar, nadar o lo que fuera que hagan, sí que he vivido las sensaciones transmitidas por mi padre y mis tíos, sobre el rito de la caza, las anécdotas, la comida después de haberse cobrado las piezas, los acechos interminables en rotundo silencio, las pesquisas tras las huellas de un animal herido…. Todas estas sensaciones, hechos e impresiones, las conozco de primera mano y me las ha vuelto a traer a la memoria el sensacional libro de Hemingway “Las verdes colinas de África”. Como de todos es sabido, Ernest Hemingway vivía al límite su existencia, nunca terminaba de saciarse de la vida, aunque la bebía a borbotones. Era amante de los deportes, de los toros, la caza y la pesca, también boxeo en sus tiempos jóvenes. En este libro, se narra las apasionantes jornadas de cacería de Hemingway con sus amigos en los años 30. Cuando uno realiza la lectura de este libro, inmediatamente se sumerge en el mundo de plasticidad de imágenes del autor, donde el lector puede casi oler la carne de los antílopes, o escuchar el rugido lejano de un león. Si algo tiene de mágico Hemingway, es su soltura en la descripción de ambientes, personajes y las percepciones que sus protagonistas experimentan. Leyendo este libro, no solo recuerdo las anécdotas familiares de caza, sino que me viene al pensamiento ese otro gran libro de Miguel Delibes,” La caza”, llevado a la pantalla por Carlos Saura. Y dado que hablamos de la relación del cine con la literatura, leyendo este apasionante libro, que podríamos calificar de “Diario de viajes”, al estilo de Bruce Chadwin (otro grande del que hablaremos en nuestro blog), se me vienen a la mente las románticas películas ambientadas en el África colonial, donde todo es aventura, pasión, lucha. Este texto de Hemingway inspiró obras cinematográficas como “Las nieves del Kilimanjaro”, “Pasión en la selva” y muchas más. No podemos abstraernos del “Tarzán de los monos” de principios de los años 30 con Johnny Weissmuller, o incluso de “memorias de África” de los años 90. Todos estos films son deudores del texto de Ernesto, como le gustaba que le llamaran en su querida España. Por cierto, a lo largo del texto, podemos ver cómo el americano recuerda y añora las tierras españolas, hasta el extremo que, cuando recorre una inhóspita región del África central, le recuerda el paisaje pedregoso de Aragón y sus gentes, pero en vez de baturros con cachirulo, aquí le acompañan watusis con lanza.

Cuando ayudar es más fácil que ser ayudado

Tal y como vive el hombre así muere. La muerte sólo es el acto apoteósico de una existencia plagada de momentos estelares. En el capítulo “El camino de los héroes”, que figura en mi libro “La sombra del dolor” ya he hablado de la vivencia de la pérdida y muerte de Israel, aquel pequeño de 14 años que falleció de un carcinoma de Ewing y de cómo a todos nos enseñó cómo vivir la vida plena, en el aquí y el ahora, la entrega, la valentía y, cómo no, la fe y la confianza. Esta experiencia la tengo grabada en mis huesos de manera indeleble. Ahora he vuelto a reencontrar un texto vivencial de características similares, titulado: “Sendino se muere», que narra, a modo de diario, el fallecimiento por un cáncer de mama, de una médico, llamada África Sendino. Lo que hace peculiar el texto es que está escrito a la limón por la paciente, mientras ella se valía por sí misma y estaba consciente, ayudada y apoyada por el capellán de su hospital, el padre Pablo d´Ors, gran erudito, nieto del gran filósofo Eugenio d´Ors. Es posible que a Pablo no le guste que haga esta mención biográfica, porque Pablo es un acompañador de almas y de almas que, como la de Sandino, están a punto de abandonar nuestro mundo. Es un hombre sabio en su juventud y nos muestra un testimonio real y desgarrador de una mujer excepcional que, agarrada a su fe católica, quiere dejar a los demás su experiencia, su vivencia y su amor a la vida….y por ello a la muerte. Este libro sencillo debería de ser de uso obligatorio en los estudios de las ciencias biomédicas. Se trata de una antropología de la muerte y un canto de esperanza a ese momento de transición. Independientemente de las creencias del lector, el libro aporta detalles, pequeños y sencillos asuntos, que todo médico y enfermera deberíamos tener presentes. No conozco a Pablo, se que después de una gran formación teológica y filosófica en Europa, tomó la decisión de ser capellán de un hospital madrileño, pero dado que somos de la misma quinta y de la misma ciudad y nos une el cuidado de los espíritus moribundos, me encantaría que el destino nos uniera en alguna ocasión. Mientras tanto, les dejo con este exquisito, bello y delicado texto, de una vida bellamente vivida.

Un trabajo más que literario: la escritura terapéutica

Como conocéis, amigos lectores, soy un gran privilegiado por contar entre mis relaciones con importantes hombres de la creación artística, desde Antonio Gala, pasando por José Luis Sampedro, Luis Mateo Díaz, Alberto Vázquez Figueroa, Fernando Sabater, y el desaparecido José Saramago. Frecuentar a estos grandes artistas me ha hecho apreciar la realidad desde una perspectiva más metafórica, me han enseñado a fabular y ser señor y dueño de mis pensamientos y mis sueños. Posiblemente con ellos haya aprendido más cosas, como por ejemplo, apreciar la belleza, respetar el trabajo artístico y llegar a comprender la grandeza del corazón humano en toda su plenitud. Por circunstancias personales y vivenciales, he terminado por convertirme en médico-amigo de la mayoría de ellos, he asistido a sus dolencias, he paliado sus miedos y también he combatido algunas de sus angustias. Uno de mis mejores amigos literarios, pasa por un mal momento anímico, está triste, depresivo y nunca le he visto de una manera tan desarraigada, incluso llegándome a confesar que ya no quiere vivir más, que prefiere morir. Yo aprecio en lo humano a ese hombre y le admiro en lo literario, y he tenido que tomar cartas en el asunto, por lo que, además de recomendarle el medicamento más adecuado, le he instado a que se enfrente a sus propios miedos y escriba sobre el motivo de sus penas…eso sí, sin metaforizar, siempre real y crudo como el viento de la mañana: una terapia a base de la escritura Él lo ha entendido, ese trabajo solo lo puede hacer él, ha entendido que ese trabajo le reportará paz y comprensión. Este post es hoy para desearte mucho ánimo, amigo. Presentación: La escritura como terapia