Espacio cultural

La dureza de la palabra: de Luca

Podría ser un escritor castellano, con la prosa de Delibes, pero es napolitano, curtido en miles de oficios, enjuto como un Don Quijote, con una zarca mirada penetrante. Su nombre Erri de Luca; su pasión la vida; su escusa, la literatura. Hace meses, en este mismo blog, referencié su penúltimo éxito: “Los peces no cierran los ojos” y ahora me encuentro con  “El contrario de uno”, un pequeñito libro de escasas 100 páginas, como todos los atributos del autor, que es el lenguaje duro y descarnado de un hombre que vuelca sus experiencias vitales que han marcado su vida, desde la revuelta callejera de su militancia en el partido comunista, los antidisturbios, las persecuciones políticas, sus fiebres en África, sus delirios y ensoñaciones, sus recuerdos de la juventud. La economía del lenguaje de este autor es impresionante, es prosa desnuda, contundente. Erri es un estudioso del lenguaje hebreo, sus significados, sus trazos, su armonía y belleza. Sin lugar a dudas él dice únicamente lo que quiere decir, sobran recursos estilísticos, sobra retórica de salón, la vida es sencilla, precisa. Para Erri la palabra es vida y la vida lenguaje. Animo a los lectores a compartir la vida de un sencillo hombre, que vive en una sencilla casa construida por él mismo y que generosamente comparte su vida con nosotros.

Lo sagrado en lo cotidiano: luz y ternura ante los ojos

[vidDebo confesar que, desde que era pequeño y mi madre me llevaba los fines de semana, el Museo del  Prado, es uno de mis lugares preferidos para vagabundear y perderme por sus salas. El mejor plan es acudir un viernes en la mañana y deambular por sus salas en espera de que la belleza salga a nuestro encuentro. Después de estar imbuido de belleza, nada mejor que un  lento paseo por el Parque del Retiro, para sedimentar la saturación estética. Una vez confesado uno de mis planes favoritos, debo a su vez confesar que en mi errático deambular por las salas del Prado, siempre término sentado en tres de sus salas que, como un imán, atraen mi curiosidad y que no me canso una y otra vez de contemplar. Una de ellas es la sala dedicada al barroco español, presidida por Bartolomé Esteban Murillo, el pintor de la ternura, los niños y las vírgenes, como se le conocía. Allí sentado, mis ojos se clavan en una escena cotidiana captada por el pintor sevillano y que bien puede estarse reproduciendo en estos momentos en cualquier hogar. Un niño pequeño juega con su mascota, un pequeño perrillo, y para hacerle de rabiar le enseña en su puño un pequeño gorrión. El perro quiere que su joven amo le arroje el pajarito, pero el niño atenaza con fuerza el gorrión, no pretende soltarlo, solo hacerle de rabiar, provocarle…, engañarle. Ante la atenta mirada de su padre, este le protege, sin agarrarle y sigue el juego de su vástago, sonriendo y en eterna complicidad. Sin lugar a dudas, el juego de su hijo le recuerda los juegos de su infancia. El padre cansado de trabajar, ha dejado las herramientas y se ha puesto a jugar con su hijo con ternura y cariño. La madre, en un segundo plano esta tejiendo y, les observa con una mezcla de ternura y dulzura, producto sólo del amor incondicional por un hijo y de la admiración sin limites hacia un marido, que es su compañero y que pese a su masculinidad, es capaz de mostrar una sensibilidad tan acusada. Este maravilloso lienzo no es otro que “La sagrada familia del pajarito” y muestra a la a Jesús de niño y sus padre, María y José, en una extraña imagen, pocas veces representada. Como he dicho, podría representar a cualquier familia cotidiana y somos nosotros los que ponemos la sacralidad en las figuras que representa, pues lo mas sagrado esta en los más cotidiano. La luz anaranjada y tenue de la estancia y la figura colosal de José, llenan todo el lienzo, aunque la atención se centre en Jesús y su travesura. Una y mil veces que contemple el cuadro me produce el mismo sentimiento de ternura y cariño, quizás por la relación entre padre e hijo y porque en mi recuerdo aparece en mi memoria una y otra vez la colosal y tierna figura de mi padre.

Los falsos amigos… en terminología médica

 Hace unos días estaba buscando entre las baldas de la librería algún recurso documental, que pudiera ser de utilidad para la redacción final de su tesis doctoral a una amiga y compañera. Por cierto, la tesis, que como casi todas las tesis, disfruta de un sencillo y comprensible título “Estudio de marcadores de transición epitelio-mesénquima en neoplasias renales” tiene como objetivo el de validar la sustancia que segregan los tumores renales mas frecuentes y asociarla a ciertos genes, o algo así. De confirmarse la hipótesis de trabajo seguro que va a contribuir de forma importante en la mejora del tratamiento de los tumores renales. La cuestión es que, rebuscando entre libros y carpetas encontré algo que estuve a punto de tirar sin mirar, por su gran parecido a uno de esos programas de mano de cualquier congreso médico, que solemos conservar sin saber muy bien por qué ni para qué y, obstinadamente se empeña en ir pasando de balda en balda de nuestra estantería, como resistiéndose a terminar sus días en el contenedor de papel reciclado. El folleto en cuestión, lo denominaré así, aunque como veremos más adelante, el propio folleto se revelaría ante tal denominación y me acusaría de una mala utilización del lenguaje. El texto del folleto trata sobre las incorrecciones frecuentes en los textos científicos, con especial énfasis en errores gramaticales, de léxico, de sintaxis y redacción, signos de puntuación etc. Pero uno de los temas que más me llamó la atención fue el de los “falsos amigos”. Estos “falsos amigos” abundan en la literatura médica y la mayoría son resultado de una mala traducción de voces inglesas y, menos frecuentemente francesas, con grafía muy parecida a la de palabras castellanas. A continuación expongo algunos ejemplos que me han resultado  interesantes o especialmente llamativos: Agresivo; este término se emplea a veces, por la influencia del inglés aggresive para calificar a un tratamiento ¿Quién de nosotros no la ha utilizado en alguna ocasión?. En español, agresivo significa que falta al respeto o ataca. En consecuencia, deberíamos decir que un tratamiento es radical o intensivo, pero no agresivo. Convencional; se utiliza para referirnos a estudios o tratamientos convencionales, y lo que queremos decir es que se llevan utilizando de la misma manera desde hace tiempo, que es en realidad lo que significa es tradicional. Convencional, en cambio, quiere decir “fruto de un acuerdo”. Patología; se utiliza frecuentemente como sinónimo de enfermedad, debido a la influencia del término inglés pathology, que significa “trastorno o enfermedad”. Sin embargo, en español, patología es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, la “parte de la medicina que estudia las enfermedades”. Por tanto es incorrecto decir “El paciente presentaba una patología cardiaca”, siendo lo correcto “El paciente presentaba una enfermedad cardiaca”. Etiología; la palabra etiología se utiliza, debido a la influencia del inglés etiology como sinónimo de causa. Sin embargo, en español, etiología es la descripción o el estudio de las causas de la enfermedad. Por tanto, es incorrecto escribir “La etiología de la enfermedad es desconocida”. Debemos decir “No se conocen las causas de la enfermedad”. Sin embargo, en caso de que estemos ante un informe sobre las causas de la alergia alimentaria, sí que lo podemos titular “Etiología de la alergia alimentaria”. Aunque sea de todos conocido y admitido, la lengua española es muy rica, y no es necesario recurrir a la utilización de vocablos adaptados de otras lenguas, por muy extendida e internacionalizada que esté la utilización de éstas. Nada mejor para finalizar que unas palabras de Gregorio Marañón “El médico no tiene por qué escribir con la retórica de los escritores, sino con el mismo lenguaje que le sirve para contar a los demás lo que ha visto y lo que le parece que ha visto. Pero, bien entendido, ha de escribirse como se habla, con la palabra escueta y cepillada del que habla a solas y delante de ese gran instrumento de depuración del lenguaje que es la cuartilla.”. Nacho Cantero, médico de familia

Accede al alma de la artista: “Cada palabra, una semilla”

Los que somos lectores empedernidos, o como nos llama Fernando Savater, «lectores omnívoros», tenemos en ocasiones el impulso de conocer el alma de los artistas que tocan nuestro ser. La belleza de la creación toca nuestro interior y nos sentimos en una comunión estrecha con el autor. Es como si el escritor, el pintor o el escultor, se comunicara directamente con nosotros. Ese es el mayor elogio para un artista, tocar el alma del espectador. Entonces, el espectador ansia conocer quién es ese ser que ha invadido su interior y que en muchos casos ha vivido en tierras y tiempos lejanos. Muchos creadores nos dejan pequeñas pistas de su propio mundo interno y a través de ellas, entendemos mejor sus propias vivencias y su actividad creadora. Eso hace la autora Italiana Susana Tamaro, con el excelente y siempre delicado texto de «Cada palabra es una semilla», donde en tono autobiográfico, nos relata su infancia, sus sentimientos, sus miedos y tristezas. No es una autobiografía al uso, es un bello y poético libro, donde su autora nos muestra pinceladas de su infancia, adolescencia y juventud. Después de su lectura entendemos mejor su ser en el mundo. Tamaro, es una artista que siempre me ha cautivado, por su sencillez y simplicidad, que es capaz de hacernos sentir la fuerza de la vida en cada latido de nuestro corazón. Cuando en alguna tertulia literaria alguien aboga por la escritura «espiritual» e intimista, de autores de moda y culto, como Paolo Coello, yo siempre saco a colación a Susana Tamaro, pues ella,  a través de los pequeños detalles, nos hace entrar en el eterno espectáculo  fascinante del «Anima Mundi» platónico. Es cierto Susana, que cada palabra es una semilla y tú siembras el espíritu de tus lectores.

Fotopintura de lo cotidiano: “La lechera de Vermeer”

Siempre había pensado que el  famoso cuadro del pintor holandés Johannes Vermeer era de grandes dimensiones, quizás porque los libros donde había visto reproducida esta escena, se centraban en algunos detalles, el delantal de ese color “azul Vermeer”, la jarra de la leche, el pan,… y en definitiva la descomposición de la luz en múltiples átomos y corpúsculos de luz, que hacen vibrar el ambiente, es decir que dotan a la atmósfera de profundidad, dimensión y realidad. Este verano acudí con mi familia a Holanda y entre los objetivos estaba visitar los trabajos de Rembrandt, van Gogh y Vermeer. Han sido tantas las veces que he visto la fotografía de uno de sus cuadros más famosos  “La lechera”, que en mi mente era capaz de recordar cada uno de sus detalles. En el museo del pintor en Ámsterdam, este cuadro ocupa una pared junto a otros lienzos del autor. Es un lienzo pequeño, discreto. Lo primero que pensé, es que se estaba produciendo una ofensa a este lienzo y que debería ocupar por sí solo toda una pared. Cuando entro en la sala, lo hago d una manera reverencial, como cuando entras en una iglesia y te dispones a rezar. Me quedé parado delante del lienzo: “lo he visto tantas veces en fotografía”. Nunca se me olvidara la primera vez que reparé en él por casualidad y me quedé prendado de su sencillez y complejidad, a la vez. Tendría unos 9 años y mis padres me habían regalado una enciclopedia de la editorial Salvat. Pretendía buscar en ese tomo a mi autor preferido por entonces, Jules Verne, y allí, al lado del mago francés, se encontraba la “Lechera de Vermeer”. Casi no pude leer lo que venía en el texto sobre el escritor francés, por la fascinación que me producía el lienzo. Fascinación que recreé delante del mismo, y en fracciones de segundo toda mi infancia pasó por mi memoria y mis sentidos. Por aquellos entonces pensé que se trataba de una lechera asturiana, más tarde me enteré que era holandesa, pero las diferencias eran pequeñas. Una muchacha joven y fornida, del campo, que acaba de ordenar a sus vacas. En sus ropas y, sobretodo en su delantal, aún se puede oler el aroma del estiércol, el olor agrio de la leche y esa actitud cansada y entregada a la rutina de la mañana. Prepara un desayuno a base de pan y leche. El pan de hogaza espera a ser consumido, está recién sacado del horno y su corteza rugosa hace pensar en un pan trabajado en el mismo lugar.  Vermeer  fue un  “fotógrafo” de su época, sus lienzos se convierten en instantáneas de lo cotidiano, en pequeños escenas de lo diario, donde sus personajes, envueltos en esa luz especial, las transforman en algo entre sobrenatural y onírico. Este verano paseando por las viejas calles de Delft, pude llegar a entender lo que el maestro había captado, la luz espesa, anaranjada y densa de sus rincones y calles.