Espacio cultural

Mirando con el «Ojo del Corazón»

Me encantan los atardeceres de otoño y primavera, me llenan de recogimiento meditativo y me infunden la vivencia y percepción de lo sobrenatural en lo cotidiano. Después  de muchos años, he llegado a la conclusión de que este efecto metafísico me lo proporciona la luz, la luz crepuscular del atardecer, esa luz naranja que se posa tangencialmente sobre los objetos y les dota de un aire irreal o más bien sobrenatural.  No soy buen fotógrafo y he tratado en múltiples ocasiones de plasmar en una fotografía, esta realidad mágica, aunque  nunca lo que conseguido. Esta luz naranja, tranquila, serena y a la vez profunda, anima los objetos y les da un aire onírico. Esta luz mágica vivifica el espíritu porque vivifica el  Anima Mundi, aquello espiritual que anima todo el mundo.  Desde Platón hasta nuestros tiempos, pasando por Plotino, Ficcino y los psicólogos arquetipales, se reivindica una visión poética de la realidad. Ya decía el poeta británico W. Blake, que donde unos ven al astro sol, él veía ángeles celestiales descendiendo a la tierra. Esta visión poética de la realidad consiste en ver más allá de lo material, para poder llegar a contemplar lo más interno e inmaterial, que es el espíritu que anima la vida. Muchos artistas tienen esa doble visión y son capaces de trascender lo material, para ver con los auténticos ojos del corazón; poetas como Whitman, Blake, Rilke o narradores como Hesse lo poseían. Esta visión poética de la Existencia, este Ojo del corazón también lo poseían pintores de la talla de Leonardo o Vermeer…  y, algunos no tan conocidos como el pintor norteamericano M. Parrish, que durante mucho tiempo fue conocido como ilustrador de calendarios y publicidad y cuya luz es la luz del Alma. Recréate con su obra y piensa que bueno sería  ver con el Ojo del corazón.      

Un ángel asustado: Susanna Tamaro

Es inevitable que muchos escritores a lo largo de su vida literaria plasmen situaciones biográficas propias en sus textos. Mi buen amigo Luis Mateo siempre dice que la narrativa es memoria fermentada y no le falta razón. No conozco ni un solo literato que no deslice anécdotas, situaciones vividas y hechos propios en sus trabajos, ellos se alimentan de su propia vida y como decía Ernesto  Hemingway, no se puede ser un buen escritor si no se ha vivido con intensidad. Aún así reconocemos que existen autores que se alimentan más de su mundo vivencial y otros más de su mundo imaginal. Lo que no es tan frecuente es que los autores, que por norma viven parapetados detrás de la máscara de sus personajes y de sus obras, hagan un alarde de estriptis personal y publiquen obras biográficas donde nos encontramos con el humus de urdimbre humana que  genera la obra literaria. Estos textos son la extraña especie de género que bucea en las pasiones y en los afectos del autor y nos impulsa a conocer, no sólo a la persona, sino los impulsos emocionales e inconscientes que van implícitas en sus obras. A este peculiar género pertenece la última obra de la escritora italiana Susanna  Tamaro “Todo Ángel  es terrible”. Tamaro es una escritora de las emociones, de los afectos, que es capaz de conmovernos moviendo los sutiles hilos del corazón. Muchas obras literarias deberían estudiarse en las Universidades de medicina, psicología y antropología, para arribar a los lugares más oscuros y recónditos del alma humana. Si fuese así,  los textos de Tolstoi, Hesse, Mishima… y otros muchos, adquirirían un significado y dimensiones nuevas. En esta línea se encuentran los textos de la autora Italiana, que con su gran profundidad humana amplia el zoom de la percepción para sentir lo humano. Y es aquí en este texto donde nos reencontramos con Susana niña, sus ilusiones y sueños y también sus fantasmas. Esta obra es una generosa invitación a penetrar en su vida, es una confesión sincera, ajena a las interpretaciones personales y, donde ella solo plasma su sentimiento y percepción. Me ha emocionado esta penetración en su mundo íntimo y personal y he podido contemplar cómo ese ser humano débil y asustadizo se ha convertido en una mujer sabia, generosa y tierna. ¡Gracias Susanna por tu generosidad!.

Mirada y sentimiento

Algunas culturas y religiones acusan a la Católica de estar plagada de la crueldad de la Pasión de Cristo. Los signos de la  Pasión son vividos por algunos individuos, como elementos de gran crueldad y sadismo, donde la sangre y el sufrimiento desgarran la percepción y convierten el espectáculo de la flagelación o crucifixión de Cristo en un espectáculo cruel. Un amigo mío budista me recriminaba diciendo que no entendía cómo podíamos orar ante una imagen que representa dolor, sufrimiento, crueldad y sobretodo resignación. La imagen de Cristo en la Cruz o durante su largo calvario, ha sido una de las temáticas más representadas en la historia del arte en todas las épocas, culturas y estilos. En cierta manera, el rostro de Cristo siempre muestra dolor, tristeza, perdón y resignación…; pero, ¿alguien es capaz de perdonar con todo su alma a su verdugo y además es capaz de amarle como si su flagelo y sus clavos fueran caricias o signos de amor?. Me parece casi mágico poder reflejar tanto sentimiento en un rostro: humildad, valor, coraje, fuerza y un impulso más allá de lo cotidiano Y por ello me resulta aún más inquietante el rostro de esta maravillosa talla del escultor murciano, Francisco Salzillo. Mira detenidamente la mirada de este joven y  dime tu qué ves.

Un maestro sabio…Claudio Naranjo

Hace un cuarto de siglo (¡me produce pavor pensarlo!), mi interés por la psiquiatría era importante. Quería consagrar mi vida profesional a esta disciplina, como decía Ortega y Gasset, la menos medica de la medicina. Por ello comencé mi doctorado en psiquiatría y mi formación terapéutica  en sofrología y en terapia gestáltica. Tuve una enorme suerte de encontrar a los mejores, en un centro madrileño, que me abrieron los ojos hacia dos maestros del arte terapéutico Fritz Perls y su discípulo Claudio Naranjo. Los dos médicos, el primero centroeuropeo, heredero del psicoanálisis y reaccionario ante él, y el segundo chileno y amante de lo transpersonal y las antiguas tradiciones. Curiosamente, desde el principio, me sentí mas atraído por mi colega latinoamericano, le viví mas integrador y a la vez mas trasgresor. Acabo de leer un buen libro suyo: “Entre meditación y psicoterapia”, donde recoge, con una asombrosa facilidad y erudición, las bases fundacionales de las grandes tradiciones y religiones para aplicar sus  principios al arte de acompañar a las personas para que crezcan personal y  transpersonalmente. Lo que hace Claudio no es nuevo, al contrario, es tan antiguo como nuestra propia civilización y podemos verlo en la forma mediterránea de la Escuela Pitagórica o en la versión de los Terapeutas del desierto, con Filón de Alejandría a la cabeza. Mucho es lo que tenemos que aprender de este gran sabio posmoderno, pero sobretodo cabe destacar su gran capacidad humana, por haber  sintetizado e integrado lo mejor de Occidente y Oriente. Hace muchos años tuve el privilegio de asistir a un seminario que impartía el maestro y aún recuerdo cómo me atreví a  acercarme a él con respeto y cierto temor, como el discípulo que se acerca al sabio, para encontrar la clave de su existencia. De manera atropellada le relaté que era médico como él, que estudiaba psiquiatría y que estaba formándome en terapia gestáltica…, y además había iniciado mi formación en meditación y me aburría como una ostra. Cada vez que me sentaba para respirar y mantener mi postura corporal y mi distancia sobre mi bulliciosa cabeza, era un suplicio. Me escuchó y con su gran humanidad y tras una gran carcajada me respondió “No sufra hombre….,pruebe como he hecho yo con la meditación tibetana, es mas colorista y divertida”.      

¿Cuándo la ficción es ciencia… y la ciencia, ficción?

Como ya he reflejado en otros lugares de este blog, me encanta la ciencia ficción. Es posible que sea una reminiscencia de mi infancia, tanto de mis lecturas de Julio Verne, que cimentaron mi afición por la literatura, como de algunas series televisivas de la entonces incipiente televisión,  tales como  “Viaje al fondo del mar” o “Planeta prohibido”. Aquellas series motivaron todo un mundo de posibilidades,… todo era posible en la existencia, porque la existencia es tan prolija, que es imposible de aprisionar a golpe de los sentidos convencionales. Mis lecturas de la juventud se centraron en los llamados maestros de la ciencia ficción, los clásicos, a saber: Isaac Asimov, Stalislav Lem y Arthur C. Clark. Este trió de ases presenta una tónica común que les avala y es que los tres son científicos y ponen a disposición del lector sus profundos conocimientos en física, bioquímica u otras materias. El ruso-americano Asimov era bioquímico, el polaco Lem era médico (creo que no llego a terminar la carrera) y Clark era ingeniero. Ellos eran inigualables, su ciencia era ficción o mejor dicho “su ficción era ciencia” y los mundos que habitaban eran productos del enorme desarrollo científico y tecnológico del siglo XX. Pero  este trió no podría estar del todo completo, sin un cuarto escritor, un escritor atípico, no científico, que mas que la ciencia le preocupaba lo ontológico, la filosofía, la religión y en definitiva, la existencia. Podríamos llamarle, el más metafísico de los escritores de ciencia ficción. Si hablamos de uno de sus libros más conocidos “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”, casi nadie sabrá a quién me estoy refiriendo. Si decimos que este libro inspira el gran film de Rydley Scott  “Blade Runner” o inspira otros films de culto como “Matrix”, podremos tener más pistas.  Estamos hablando del americano Philip K. Dick, uno de los grandes de la literatura, que elevó  el género de la ciencia ficción a género literario con mayúsculas. Tengo este recuerdo de él, porque leí el otro día un texto suyo, quizás de los más enigmáticos y filosóficos:  “La transfiguración de Timothy Archer” y eso me llevó a releer “Los androides sueñan con ovejas mecánicas”. Dick, que murió en la más absoluta de las indigencias, olvidado y denostado por los suyos en la California del movimiento hippy, las drogas y la ruptura de valores tradicionales, siempre se pensó que podía ser un esquizofrénico. Cuando yo oigo tales sandeces, solo puedo imaginarme a Dick, con su risa de niño terrible y murmurando “pobres seres insignificantes”.