Desarrollo Personal

Y tú, ¿qué ves?…, una imagen para la reflexión

 La vida es tensión dialéctica: vida y muerte, dolor y alegría, salud y enfermedad. El ser humano se debate entre pulsiones cíclicas, con una incapacidad total para la integración y unificación de sus vidas. La mente lógica y racional, funciona como un computador binario, sino es blanco, es negro, si hay salud, hay dolor. Este funcionamiento mental, nos ayuda a estructurar una percepción del mundo coherente y estable. Pero ¿la vida es así?, ¿no es cierto que todo es de una manera determinada, dependiendo de nuestra percepción concreta y puntual?. Dice un proverbio hindú que el mundo y nuestra percepción del mismo, es como cuando un grupo de ciegos, que nunca han visto ni saben lo que es un elefante, tratan de definir como es este animal. Algunos dicen que se mueve, es alargado y  fino (pues está tocando la trompa), otros robusto como una columna (porque  una pata), otros ovalado y delgado (…una oreja). Pero todos sabemos que un elefante es eso, pero no es así. Proverbio hindú e imagen hindú: Una calle de Calcuta, la vida mostrándose de manera descarnada y brotando con fuerza explosiva. ¿A quién miras más?, ¿tu vista se centra más en el rostro alegre e iluminado del niño o en rostro catastrófico, que representa la enfermedad, el dolor y la muerte de su abuelo leproso?. Una imagen similar, precipitó a Siddhartha Gautama a buscar el sentido de la vidas.

Más que ver…, lugares para sentir

Amigos blogueros, como bien sabéis los que sois habituales, en la sección de Qué VER de mi blog, suelo recoger algún lugar, obra de arte, museo…  que me han causado impresión. Por esta humilde sección han pasado artistas del pincel, del cincel, jardines, exposiciones… Todo aquello que ha hecho palpitar mi ya agitada alma. Pero en este momento me gustaría hacer una reflexión, no tanto al ver, sino más al sentir, pues a veces lo que vemos nos mueve el alma y lo recordamos para siempre. Como dice mi amigo Luis Mateo, “la literatura es el fermento de la memoria”, a lo cual yo contesto que “el arte y la propia existencia es el fermento de las sensaciones y percepciones”. De todos es conocido el fenómeno que está descrito de que muchos lugares, son lugares especiales.  A veces lo son por lo que allá aconteció, como si determinados acontecimientos fueran capaces de alterar el medio y perturbar el espíritu de los más sensibles.  Ríos de literatura se han vertido sobre la influencia de las fuerzas telúricas en lugares sagrados, en donde han vivido hombres santos, en zonas donde se han producido grandes batallas o actos heroicos y un largo etc. Una cierta explicación espiritualista relaciona estos fenómenos, que solo son captados por aquellos individuos con dotes especiales de percepción, con que estos acontecimientos producen una gran alteración espacio/temporal que hace vibrar las moléculas en unas frecuencias de ondas que pueden perdurar a lo largo de los siglos. Queridos amigos, espero que no penséis que se me ha ido la cabeza, muy al contrario, quiero explicar mi experiencia que es algo distinta. Yo no pienso que los grandes acontecimientos de la historia y los grandes personajes de la misma, sean capaces de alterar su entorno por mecanismos no conocidos, pero sí creo y estoy absolutamente convencido, de que algunos lugares de nuestro entorno tienen algo de especiales, lugares que quizás por eso son elegidos por determinadas personas para vivir o para realizar sus actividades. A lo largo de mi vida he viajado a muchos supuestos lugares ignotos y sagrados, desde las Pirámides de Egipto, Jerusalem, o navegando por el Ganges,…y curiosamente casi nunca he sentido nada de especial, y eso que considero que soy una persona muy perceptiva. A la percepción del lugar especial a la que me refiero, es aquella donde se siente algo difícil de describir, es como si el lugar fuera más denso, la atmósfera es espesa, podría tocarse y todo ello está envuelto en una sensación de profundo silencio, aunque exista ruido ambiente.Es difícil de describir, pero no se me ocurren otras palabras. Cuando una persona penetra estos lugares, el ser interno del individuo se detiene, los pensamientos cesan, la respiración parece armonizarse y se siente profunda paz. Es posible que muchos de los que estéis leyendo estas palabras lo reconozcáis e incluso que seáis capaces de describirlo mejor que yo. No es que me sienta incapaz, pero… me quedo con la sensación. Esta sensación no la he tenido contemplando grandes templos, construcciones de la humanidad o ríos sagrados, pero la recuerdo con nitidez.  Percibí cómo me envolvía una pequeña gruta de la isla griega de Patmos donde murió San Juan el Evangelista, o en un banco del parque la «Quinta de los Molinos«, mientras veía cómo unos gorriones jugaban con el agua de un aspersor… Y es que lo sagrado está más cercano a nosotros de lo que creemos. ¿Cuál es tu lugar sagrado?

Percepciones de la eternidad

 El ARTE, con mayúsculas, es decir, la clara y diáfana expresión estética de la belleza, mueve el alma. Quizás sea por eso, por lo que los terapeutas lo utilizan como herramienta de trabajo. Hace no demasiado leí un interesante libro del psicoterapeuta  Piero Ferrucci,  titulado «Belleza para sanar el alma«, donde hablaba de la importancia de la educación estética en nuestras vidas, en la capacidad de entrenar la percepción para apreciar la belleza de nuestro entorno, de nuestra vida cotidiana y como no, del arte. Si fuéramos capaces de percibir la belleza en toda su amplia dimensión, nuestro espíritu sería tocado por la divinidad. Todos sabemos que nuestro ideal de belleza es muy particular, tanto como nuestra idea de felicidad, nuestra idealización del amor, e incluso del sentimiento religioso, pero también es cierto que hay sensaciones de lo eterno que son universales. La inmersión en una obra de arte que nos hace sentir que allí hay algo eterno, imperecedero y claramente atemporal. Esta sensación de lo eterno, de lo intemporal, de la belleza, yo siempre la he experimentado contemplando algunos lienzos de Leonardo como «La virgen, el niño Jesús y Santa Ana» y leyendo algunos libros de Hermann Hesse como “Peter Camenzind». No sé lo que será, pero  reconfortan mi espíritu y mi agitada alma. ¡Deseo que también la tuya!

Soledad preñada de riqueza: “Diario de un ermitaño”

 Hace 13 años cayó en mis manos un libro que desde entonces me acompaña, pero lo que me más me seduce de él es el espíritu de su autor. Ya saben los lectores asiduos de este humilde blog, que soy un omnívoro de la lectura y en muchas ocasiones he encontrado los mejores tesoros en mis incursiones en géneros literarios, o autores que nunca racionalmente hubiera elegido. Este pequeño y humilde libro, escrito en los años 50 (ya del pasado siglo, ósea del mío), por un humilde monje americano del Cister, que obtuvo permiso de sus superiores para vivir en la más estricta soledad, en una pequeña ermita, en los terrenos de la abadía de Getsemaní en los Estados Unidos. En aquel libro, que era un diario íntimo donde el monje recogía sus impresiones y percepciones, sus luchas internas y su búsqueda de la VERDAD, se recogía algo más profundo y ese algo era una gran generosidad y amor a los demás, pues aquel hombre estaba abriendo su alma y sus entrañas a “los otros”, para darse al mundo. Aquellas vivencias me capturaron de tal manera que desde entonces profundicé en su persona: el Padre Louis, nacido en Francia, convertido al catolicismo ya siendo adulto y que se convirtió y sigue siendo  uno de los mayores maestros espirituales de todos los tiempos, no solo para los católicos, sino para todas las creencias  religiosas. Todo el mundo lo reconoce por su verdadero nombre: Thomas Merton. No quiero aquí desentrañar las interioridades de Merton, pues pienso que a los grandes hombres hay que irlos descubriendo poco a poco, seguir sus pistas, buscar sus señales y sobre todo, contemplar cómo sus vidas ayudan a otras vidas a seguir los sinuosos caminos de la existencia. En mi caso, Merton me llevó suavemente por campos y territorios inexplorados, convirtiéndose para mí en un maestro de vida. Cuando algún amigo me pregunta cómo definiría a Merton, siempre comento lo mismo: “un eterno buscador,  lleno de pasión y de amor”. Y es que su efímera vida, truncada bruscamente por un accidente, es como si juntáramos en su mismo ser a “los padres del desierto” con dosis de Emerson, Thoreau y Whitman y aliñado con la tradición Zen y Taoísta……y todo ello sin dejar de ser auténtica y profundamente Cristiano.

Un arco iris de valores…, un arca contemporánea

Mi buen amigo Javier Sádaba, catedrático de ética de la Universidad Complutense, alega que estamos en un periodo de “sobre humanismo”. Con ello quiere indicar que todos buscamos una exaltación de los valores humanos con gran intensidad y desgarro, con motivo de paliar la intensa desertización  de lo social, lo moral, lo sacro, la crisis financiera…. La humanidad ha sobrevivido en muchas otras ocasiones a situaciones devastadoras, caídas de civilizaciones, guerras mundiales, cataclismos…, pero el ser humano siempre ha sobrevivido a todas ellas. ¿Os acordáis del diluvio bíblico?. En uno de los pasajes más conocidos del Antiguo Testamento, Noé y su familia, personas nobles y cercanas a Dios, son salvados de la destrucción del mundo, pues Iahvé les anuncia el gran cataclismo. Él y su familia eran los encargados de salvar a la fauna y la flora, a la vida en todas sus manifestaciones. El agua purificadora lo inunda todo y ellos son capaces de abrir un nuevo ciclo de vida, donde se establece una alianza entre Dios y el hombre. Noé, un hombre corriente, no perfecto (era cojo) poseía grandes valores morales y humanos, que les hicieron navegar por las indómitas aguas, sin destino fijo durante meses. Esta metáfora podría ser aplicada a la actualidad, pues el cambio de paradigma sobre la  faz de la tierra, nos lleva por las aguas turbulentas de las finanzas, la economía, la pobreza, la violencia, las guerras, la globalización… El relativismo moral, el “todo vale”, la amoralidad, la corrupción, las perversiones sociales y personales…, todo ello barrunta tempestades. ¿Quedaran personas como Noé, capaces de agarrarse a sus principios y valores humanos para sobrevivir a la debacle? Todos tenemos la obligación de revitalizar la poesía del mundo, todos tenemos el deber de  reanimar la vida y la belleza, potencia el SER y despojarnos del tener, todos debemos poner nuestro granito de área, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, conserven su humanidad más profunda. Se debe de huir de la cosificación y convertirnos en “ángeles anunciadores” de los dioses. La naturaleza, el mundo, el universo, el hombre, tiene la obligación moral de hacer algo por su propia estirpe y por la vida más intima de cada célula y cada átomo.