Desarrollo Personal

«La vida silenciosa». Yo soy silencio.

En mis manos  ha caído un interesante libro de los años 50, titulado » la vida silenciosa», de Thomas Merton, lo que es bastante probable que a muchos lectores no les diga mucho, pero voy a tratar de explicarlo breve y concisamente, pues no es un best seller, ni tampoco lo fue en su época. Se trata de un pequeño texto, de fácil lectura, pero de una profundidad, casi oceánica.  Si tuviéramos que empezar explicando quien es Thomas Merton, tenemos dos opciones, o bien la que a él le gustaría: es el Padre Louis, Monje Trapense de la Abadía de Getsemaní en USA, u otra, lo que realmente fue, ser uno de los mas importantes filósofos y místicos del siglo XX. Thomas Merton, fue un hombre inquieto, doctorado en literatura por la Universidad de Colombia, con una tesis sobre el místico y poeta William Blake, que recibió la fé católica y el sacerdocio en la tercera década de su vida y profesó los hábitos cistercienses de la Trapa en un monasterio de USA. Desde su celda y su pequeña ermita, fue un foco de regeneración espiritual para los jóvenes de todo el mundo, alguno de ellos, de la importancia del novicio Ernesto Cardenal. En definitiva, Thomas, que falleció en el año 1968, fue desde las desnudas paredes de su celda, un » hombre de Dios», es decir, que abandona el mundo para entregárse a Él. Su gran calidad literaria y su profundidad mística, le hacen ser acreedor de uno de los pensadores mas influyentes del siglo XX y por supuesto, un hombre que en plena modernidad, hace gala de ser un místico actual. Su vida y obra es ejemplo y motivo de estudio de expertos en literatura, misticismo, religión, filosofía e incluso sociología, en las más prestigiosas Universidades del mundo. Como no quiero eludir mi responsabilidad y compromiso, para con vosotros, debo de confesar, que Thomas Merton, para mi es un “Maestro de la Vida”, un referente de pensamiento y, sobre todo, un gran compañero de viaje. Y es así, como con este pequeño y sin lugar a dudas injusto preámbulo de un gran hombre, debemos enmarcar la lectura de su libro «La vida Silenciosa«, que habla sobre la importancia del silencio en el Ser Humano, algo que ya hemos venido tratando en este blog, en textos como «Peregrino 2.0» o bien el último libro de la escritora Susana Tamaro, o incluso cuando buceamos en  nuestra tradición en el texto «Eremitas», y es que el Ser Humano está hecho de silencio. Merton, desde su experiencia como monje trapense, nos habla sobre porqué un hombre como él, normal y corriente, un hombre «mundano», se hace monje y acoge el silencio como su herramienta de vida. Creedme, sobre todo los agnósticos y ateos, esta cuestión, no es religiosa…, muy al contrario, es perfectamente humana. Es mas, es demasiado humana. El Ser humano necesita conectarse con lo mas interno de su Ser, y ¿sabéis lo que hay allí?….SILENCIO.  Este silencio, es de tal magnitud, que no todo el mundo puede soportarlo, pues, muchos individuos no soportan el árido desierto interior, al vivir anclados en una imagen ilusoria de su Ser, de su Vida, de quiénes son y de lo que es el mundo. El contacto con el verdadero Yo, con aquello que solo nosotros sabemos, con aquello que es la fuente de la que brota nuestra esencia, nuestra vida y nuestra Alma, es una de las tareas mas complejas del Ser humano, es quizás la empresa más importante y tal vez la única empresa en la cual nuestro premio es “Ser nosotros mismos”. Leer a Thomas Merton es escuchar la voz autorizada de un hombre, con sus grandezas y debilidades, actual, moderno, inteligente… y, sobre todo entregado a la búsqueda del “silencio interior”. Enlace a la compra del libro: http://www.casadellibro.com/libro-la-vida-silenciosa/9788433023087/1254555

Lo que realmente nos hace humanos: El hombre bicentenario

La película de finales de los años 90, protagonizada por Robin Williams, “El hombre bicentenario”, es algo más que una película sobre robots, o ciencia ficción, es toda una reflexión sobre aquello que nos hace realmente humanos. El otro día la volví a ver, sin duda una gran película, protagonizada por el polifacético Robin Williams, que aborda la historia de un robot que quiere convertirse en humano. En esencia el argumento es sencillo, pero nos invita a una reflexión profunda acerca de la humanidad, los sentimientos y los grandes valores humanos. Esta película está basada en varios libros del padre de la ciencia ficción, el bioquímico ruso-americano, Isaac Asimov, uno de los escritores y ensayistas más prolijos que han existido en el siglo pasado y en lo que llevamos del actual. Aparte de su famoso “Yo robot” y la saga de la “Fundación”, son muchos los escritos de este vanguardista pensador sobre la incorporación de las máquinas en la sociedad humana y lo que las diferencia a los humanos. Cualquier ser humano reflexivo debe de realizar una atenta lectura de las novelas, ensayos y escritos en general, de este sabio. En este caso, y en lo que al hombre bicentenario se refiere, podemos comprender que una máquina es una máquina, y por muy perfecta que ésta sea y que imite las conductas humanas, hay algo que le falta para que pueda convertirse en humana, le falta chispa, le falta “Alma”. Pero como se narra en la película, Andru, el robot, no es como los demás, es único. Lo que le otorga esta distinción es el don de la curiosidad y por lo tanto de la búsqueda, el explorar continuamente el conocimiento, el sondeo del propio destino, la investigación sobre el propio Yo, y por último el deseo y búsqueda de la libertad. El contacto de Andru con el arte, le lleva a experimentar el placer de la belleza estética y por lo tanto lo acerca a la creatividad. La curiosidad y el ingenio, acompañado de la creencia de su dueño en él, son los motores del cambio. Interesante reflexión, decía Miguel de Unamuno que “lo que nos hace más humanos, no es la inteligencia, sino la conciencia de la mortalidad”. En esta película se aborda la muerte y el destino. A lo largo de ella observamos la transformación externa de Andru y a la vez contemplamos su metamorfosis interna. Al final asistimos a la conclusión de que muchos humanos son menos humanos que la máquina-Andru, pues para ser verdaderamente humano, el individuo debe de hacer gala de los más excelsos valores de la humanidad. Toda una metáfora del mundo contemporáneo y una clara misión: “re-humanizar la humanidad”.

El hombre en busca de sentido: reflexión sobre las experiencias humanas

La vida de toda persona está plagada de señales, signos, avisos y también advertencias. Lo más importante es no pasar como un zombi por la existencia, sino estar despierto, vivir con intensidad los momentos que nos depara la vida y saber interpretar esas señales, que nos indican el rumbo correcto, la dirección y velocidad a la que tenemos que dirigir la nave de nuestra existencia. Había terminado la carrera de medicina y había conseguido un trabajo como médico de una piscina privada en Madrid, mientras preparaba el acceso al MIR. Estaba hecho un lío, pensaba que había sido un error haber cursado 6 años de medicina, mis inquietudes artísticas y humanísticas me decían que cursara otra carrera, quizás filosofía; o por el contrario, que me presentara y preparara para ser un futuro psiquiatra. Mientras, simultáneamente estaba becado por la Universidad Complutense de Madrid, para la realización de mi tesis doctoral sobre las bases moleculares de la esquizofrenia y por si no fuera poco, tenía pendiente mi servicio militar obligatorio. Mi vida era un caos, nadaba en un mar de dudas y pensaba que mi vida carecía de sentido, nada parecía coherente y mi existencia era un péndulo, que a velocidad vertiginosa, se movía entre extremos irreconciliables. Una tarde, vagabundeando, ya sabéis una de mis aficiones favoritas, por la cuesta de Moyano de Madrid, en mis manos cayó un fino libro escrito por un médico austriaco que yo no conocía. No sé que me atrajo de él, pues la encuadernación en rústica era más bien fea, nada llamativa. Eso sí, el título era sugerente: «El hombre en busca de sentido». Por un momento el libro pareció dirigirse a mí, ¿era quizás yo ese hombre?, ¿estaba trazado allí mi destino?. Me acuerdo después de 25 años, que apenas leí el índice. Guiándome por un impulso irresistible, lo compré y a poco más de200 metros, sentado en una cafetería, devoré sus páginas, convencido que allí se hablaba de mí, de mi vida, la solución a mis problemas… Aún lo conservo, desgastadas y descoloridas sus páginas por el uso, envejeciendo junto a mí. Las arrugas de sus páginas, son las arrugas de mi rostro. Efectivamente, era una señal, hablaba de mí y el libro salió a mi encuentro y yo al suyo…; sin duda, mi vida cambió. Confié en el destino, me dejé llevar por mi instinto, no por mi cabeza sino por mi corazón. Solté amarras, no empuje mi vida, no interferí con nada que saliera a mi paso, viví el momento con intensidad, tanto la felicidad como el dolor y eso me hizo más humano. A mis alumnos de medicina y a muchos de mis pacientes les he recomendado la lectura de esta magnífica obra, que narra la verídica historia de un joven psiquiatra vienés, llamado Víctor Frankl, encarcelado con toda su familia en un campo de concentración nazi. Nunca más volvió a ver a su joven esposa, ni a sus padres y hermanos. A punto de sucumbir y morir en el campo de concentración, desesperado por el dolor físico y psíquico, abandonado a su suerte, resignado a su fin inminente, allí rodeado de muerte y dolor, encontró sentido a su vida y este hecho le hizo, no solo vivir, sino dar lo mejor de sí mismo y eso le hizo grande, auténtico y le ayudo a sobrevivir. Con el tiempo Frankl se convirtió en uno de los más famosos e importantes psiquiatras del mundo y sus experiencias florecieron en una técnica psicoterapéutica, utilizada por millones de seres desesperados en todo el mundo: la logoterapia. Hoy me siento más en deuda con Víctor Frankl que nunca, y quiero re-actualizar su recuerdo y su gran contribución al desarrollo del ser humano, no solo por haber sido un libro decisivo en mi vida (mi primer artículo científico fue un comentario a su trabajo), sino por haberme ayudado en momentos de dificultad. Hace unos días mi hija Sara, la pequeña se graduó con honores y gran éxito en su reciente cometido estudiantil, terminó el bachillerato. Su estado en estos momentos, antes de realizar la selectividad, me recuerda a mi estado en aquellos días de mi juventud. Mientras leía a petición de sus profesores un discurso de «padre emocionado», llegó a mí el recuerdo de Víctor, y por eso quiero decirle, desde estas páginas a mi querida hija, que confíe en ella, en su corazón, su Vida tiene sentido, ella sabrá leer las señales de su propia vida y encontrar el sendero menos serpenteante. Para nuestra familia, ella en sí misma ha sido el sentido de nuestras existencias. Gracias Sara. Acceso a compra: El hombre en busca de sentido

Los atletas del espíritu: “Eremitas”, la sabiduría del desierto

A pesar de las modas orientales y del gran auge del budismo e incluso el Islam en el mundo occidental, es bueno, deseable e imprescindible volver a los orígenes de nuestra propia tradición, la Cristiana. Si quieres conocer a los gigantes del espíritu humano, a los verdaderos atletas del espíritu, te aconsejo «eremitas», un libro de gran interés para conocer los principios de la tradición Cristiana. Cuando alguien habla de sabios-eremitas que han perfeccionado su espíritu, a la mente acuden los estereotipos de un sabio oriental en un templo budista, en posición de meditación, conocedor de los secretos del universo, capaz de adiestrar a cualquier alumno que supera una serie de retos que le capacitan como el elegido para ser depositario de un saber ancestral. Esta imagen es la más recurrente en las mentes occidentales, sin conocer que en la tradición occidental, tenemos una ritualidad propia, ancestral, que plasma los mismos objetivos, la misma metodología y la misma estética. Estamos hablando de los llamados «padres del desierto», los eremitas del antiguo Cristianismo, que formularon las bases y los pilares del Cristianismo Universal, sin cismas, integrador y más actual que nunca. Esta tradición está basada en el desarrollo que tubo el Cristianismo a partir del siglo I después de Cristo, sobretodo a lo largo del desierto de Palestina y Egipto, por parte de individuos que querían encontrar por encima de todo la verdad. Para ello, se retiraron al desierto, vivieron en cuevas, en contacto con la naturaleza y se ensimismaron en una vieja tradición que les servía de unión consigo mismos, y por lo tanto con Dios. Esta vieja tradición consistía en la repetición incesante de una plegaria, que les servía como mantra para focalizar la mente, acompañado de una aptitud corporal, de una respiración determinada y de una forma anacarética de entender la existencia. Estos viejos cristianos, que son comparables a los venerables sabios taoístas y los patriarcales maestros zen de los monasterios budistas del Japon medieval, pertenecen a nuestra tradición, son los que han puesto las bases de nuestra cultura y deberíamos conocer su sapienza. El gran literato británico  G. K. Chesterton argumentaba que la matriz de nuestra cultura está en los bosques de la antigua Europa, la cultura romana y el Cristianismo primitivo. Por ello, para conocer la verdadera naturaleza de nuestro compromiso europeo, debemos volver y conocer los orígenes. Aquí existen grandes gigantes espirituales, como Antonio Abad, Juan Clímaco, Juan Crisóstomo, Evagrio Pontico y un interesante personaje como el Origenes. Si acude a la lectura enciclopédica y amena del libro «Eremitas» del profesor de oratoria Isidro Juan Palacios, tendrá una visión global y a la vez detallada de estos orígenes. Palacios es, probablemente, uno de los expertos más destacados que existen en nuestro país, sobre la mística Cristiana, misticismo y el movimiento eremítico, lo cual le ha llevado a  colaborar con la Universidad de estudios místicos de Ávila. Es saludable física, psicológica y espiritualmente, sumergirse en el estudio y en la práctica de nuestra propia tradición, pues no es necesario buscar en el budismo, lo que ya tenemos en la tradición Cristiana.  Acceso a compra:  http://www.librerialuces.com/libro/Eremitas/isbn/978-84-96665-24-8  

«Peregrino 2.0»: Encuentra tu camino

Hace unos días en este blog hablaba acerca de un libro emblemático del escritor americano Henry David Thoreau, “El arte de caminar”. En este libro se aborda el caminar, el deambular o bien el vagabundear como un arte; hablando también especialmente del “peregrinar”. Y es que en este mismo instante, mientras escribo estas líneas, soy un peregrino haciendo el Camino de Santiago. Después de recorrer 30 kms diarios por los caminos de Castilla y León, de haber soportado las inclemencias del tiempo, el viento, la lluvia e incluso el granizo, libero mis pies del férreo calzado, tomo una ducha y, antes de cenar, me dispongo a escribir una reflexiones entorno al peregrinar, dentro del marco conceptual de Thoreau; es decir, sintiéndome miembro de la antigua y noble Orden de los Caballeros Andantes. Los motivos para hacer una peregrinación pueden ser muy diversos, aunque ancestralmente han sido de tipo religioso o espiritual. Pero también pueden ser con ánimo aventurero, con afán artístico, con interés histórico, o incluso por motivos gastronómicos. Si tuviéramos que escoger un denominador común de todos los peregrinos, sería el de la necesidad de “encontrarse consigo mismos”. Aunque parezca algo paradójico, el deambular para buscar la esencia más íntima de uno mismo, ha sido durante milenios el motor del peregrinaje. Si me lo permitís, y tratando de evitar los desvaríos propios del agotamiento físico y del quebrantamiento general, voy a tratar de explicar esta situación, desde una zona de introspección máxima. Estos últimos días he atravesado los eternos campos del Mar de Castilla. La jornada comienza al alba, cuando aún no clarea el sol por el horizonte. Si todo va bien, ésta concluye en el atardecer, llegando a recorrer entre 30 y 40 km diarios, donde escasamente se atraviesan 2 o 3 poblaciones de casas de adobe, desiertas de habitantes, y donde sólo salen al encuentro los curiosos gatos y perros solitarios. A mis espaldas una mochila y acompañando el equipo, mis inseparables botas y mi seguro báculo, con el que marco el acompasado paso. Comida frugal, descanso escaso. Sólo algunos peregrinos te adelantan a toda prisa, apretando el paso como si los persiguiera el diablo lanzando el consabido saludo del peregrino: “¡Buen camino!”. El paso es firme y regular. El caminante amolda todo su cuerpo, todo su ser, a las ondulaciones del terreno, hasta el punto de llegar a mimetizarse con el paisaje. La cabeza ligeramente agachada, los ojos entreabiertos, viendo pasar las piedras del camino como una sucesión eterna. De vez en cuando se levanta la mirada, se otea el horizonte, se realiza un barrido gran angular y se prosigue. No se habla, no se canta, no se silva, solo se camina. Al comienzo el peregrino trata de ordenar sus pensamientos, en un intento de organizar su vida interior. Antes de iniciar el camino, traemos una larga lista de temas para la reflexión: los hijos, el nuevo trabajo, la relación de pareja…. Según avanzamos en nuestro peregrinar, la mente en vez de clarificarse se desestructura. Los pensamientos se fragmentan, las imágenes acuden a la mente a una velocidad vertiginosa. Apenas nos da tiempo a fijarlas cuando éstas son desplazadas por otras de mayor intensidad, y así una y otra vez. Súbitamente, sin darnos cuenta, de manera insospechada, no hay imágenes, no hay pensamientos, solo soy yo y mi caminar. En la pantalla de mi conciencia, en ocasiones una idea o una imagen cruzan mi espacio como una estrella errante, la contemplo con serenidad y desaparece. Sólo hay silencio, sólo vacío, sólo yo. Solo por esto, sólo por experimentar de manera súbita cómo la mente puede funcionar de otra manera, merece la pena peregrinar. Me impulsará mi fe, mi afán de aventura, mi idealismo romántico, pero en el fondo, solo es la necesidad tan humana y tan desgarradora de estar conmigo mismo. Busca tú tu forma de hacerlo, encuentra tu camino.