Actualidad Social

«1 de noviembre»: día de encuentro

Al levantarme sobre las 10 de la mañana me he asomado a la ventana, el día estaba gris y por los atuendos que llevaba la gente por la calle parecía que hacía bastante frío. Es el tiempo ideal para un día como hoy, 1 de noviembre, el día de todos los santos. Como cada año desde 2006 voy al cementerio a dejar unas flores. Si os digo la verdad no entiendo muy bien esa manía, supongo que es para aliviar mi mala conciencia. Como habréis podido intuir en 2006 mi vida dio un cambio radical, empecé a ver las cosas de manera diferente, quizás me volví un poco más optimista, más despreocupada. En general, este día suele generar tristeza y desilusión por las personas a las que han perdido a alguien, en mi no. A mi este día me transmite vida, ilusión. La ilusión de poder volver a recordar a tus seres queridos, de sentirles, de quererles… Como todos los días, después de la ducha bajo a la cafeteria que hay en frente de mi casa, esa en la que el camarero del que nunca me acuerdo de su nombre siempre me pone un café con su simpático “buenos días”. Me tomo mi tiempo para desayunar, pienso en los problemas de la vida cotidiana, insignificantes si los comparamos con algo como la pérdida de un ser querido, e intento encontrarles una solución. Y aquí empieza mi viaje, me dirijo dando un paseo hacia el cementerio. Ese lugar que tanto atrae a los jóvenes que quieren pasar un Halloween especial y que tanta tristeza produce a los familiares que van a visitar a las personas que se han ido. En mi opinión, el cementerio es un remanso de paz. Es la casa de aquellos que no pueden vivir. No debería de transmitir ni miedo, ni tristeza, ni desilusión, deberías de sentirte un invitado. Como cuando visitas a un amigo, eso es señal de vida, de que aun ese no es tu sitio. Sin embargo, yo en el cementerio me siento como en casa, siempre me he considerado una chica un poco extraña, pero como decía mi madre hay que tener más miedo a los vivos que a los muertos. Por fin, llego a mi destino. Me paro frente a las grandes puertas negras cerradas con un enorme candado dorado. El candado esta forzado y las puertas entre abiertas, lógico el día después de Halloween. Los niños intentan hacerse los valientes con sus amigos o con sus novias, solo con el simple hecho de entrar en la noche de Halloween, como si los muertos cobrasen vida… Cuando entro, veo cientos y cientos de tumbas colocadas en filas, agrupadas en panteones o simplemente, por la falta de espacio, unas sobre otras. Impresiona saber que dentro de todas ellas hay alguien que en su día hablaba, pensaba, sentía… Cierro los ojos e intento respirar hondo y dejar la mente en blanco. Intento contagiarme de la serenidad y la paz que transmite ese silencio. El silencio de aquellos que ya no pueden vivir. Miro al cielo, el día sigue gris, y como intuí por la mañana hace mucho frío. Una nube se ha posado justo encima para descargar todo el agua que tiene dentro. Me gusta que llueva, mejor, es como si ella también llorase por la pérdida de un ser querido. Voy paseando por el cementerio observando los nombres que estan grabados en las tumbas e imaginandome como puede ser su dueño. Hay algunas que me llaman realmente la atención, niños de 6 años que han fallecido… ¿Cómo puede ocurrir algo tan horroroso? Esos niños no han tenido la oportunidad de amar, de vivir… Sigo caminando y me paro frente a una tumba. Esa será la elegida para dejar las flores este año. Realmente todos los años es la misma. Alrededor de ella hay caras conocidas, tristes, melancólicas… Ellos también llevan flores, para la misma tumba. De hecho, todos los años me cruzo con las mismas personas que vienen a ver la misma lápida que yo. Sigilosamente me siento en la tumba, últimamente se me da bien pasar desapercidiba, por lo que nadie se inmuta. Observo las caras de la gente, sus ojos ya no tienen ese brillo que las caracterizaba hace años, esas sonrisas han desaparecido. Intento controlar mis sentimientos, pero ante una situación así es imposible no derramar alguna lágrima. Me tiemblan las manos, no sé si es por el frío o por la emoción, dejo las flores al lado de la tumba y seguidamente todos los familiares hacen lo mismo. Miro a la tumba por última vez antes de irme, siempre me ha parecido curioso saber como quedaría mi nombre en una lápida. Miro a las caras conocidas e intento despedirme de ellas hasta dentro de un año, intento decirles que no esten tristes que estoy bien, que del accidente de tráfico no recuerdo nada. Que estoy feliz y en paz, que no les olvido…   SARA ZARCO RAMÍREZ ESTUDIANTE DE PERIODISMO Y COMUNICACIÓN AUDIOVISUAL URJC MADRID

Un gran salto para el hombre, ¿un pequeño paso para la humanidad?

El domingo 14 de octubre las televisiones, medios de comunicación y redes sociales de todo el mundo, estuvieron expectantes por una hazaña heroica que llevó acabo un austriaco de 43 años, experto piloto y paracaidista, llamado Félix  Baumgartner. Este hombre, subió con un globo de helio hasta la estratosfera terrestre, a casi 40 Kms de altura, y desde allí se precipitó en caída libre, rompiendo la barrera del sonido, para aterrizar delicadamente en el desierto de Nuevo México. La semana anterior recibí la llamada de varios medios de comunicación, interesándose por cuales eran los efectos fisiológicos de tal caída y las posibilidades de éxito. Félix saltó con un traje especial presurizado que contenía múltiples sensores que recogían fielmente algunas variables fisiológicas y ambientales. El éxito de esta hazaña, patrocinada por una conocida casa comercial dedicada a los refrescos “que dan alas”, no se hizo esperar y Félix culminó con éxito lo que parecía imposible, batiendo varios récord mundiales y convirtiéndose en el primer hombre que rompe la barrera del sonido en caída libre. Las preguntas de los ávidos periodistas, relacionadas con los aspectos médicos y científicos de  la proeza, me han hecho reflexionar sobre este asunto, y me gustaría compartir con vosotros estos pensamientos. Este tipo de retos, siempre han adornado las páginas gloriosas del deporte extremo, de la aventura e incluso de la historia y también es cierto que muchos de estos hitos han sido el primer paso para conseguir avances en la investigación y el descubrimiento de nuevos retos para el ser humano. Recordemos las míticas inmersiones en las Fosas de las Marianas del primer batiscafo, a mitad del siglo pasado, las inmersiones iniciales con las rústicas escafandras del comandante Cousteau, los viajes a los polos, las travesías por el desierto, los primeros vuelos tripulados supersónicos y un largo etc. Estas hazañas han sido y serán necesarias para poner de manifiesto la increíble capacidad de adaptación del ser humano y sobretodo, su gran capacidad de innovación técnica para resolver cuantos problemas técnicos se le pongan por delante. Sin embargo, tengo mis serias dudas de que los hallazgos que encontremos en los parámetros fisiológicos de Félix sean determinantes para la medicina aeroespacial y, mucho menos que sea una información vital sobre las capacidades del hombre en el espacio. Las verdaderas y consistentes investigaciones sobre la capacidad de adaptación del hombre en el espacio se han realizado en callado silencio a lo largo de décadas, en las estaciones orbitales soviéticas y americanas. Sin duda la gran experticia de esta iniciativa quedará una vez más en el avance tecnológico para mantener las constantes fisiológicas del hombre en  las condiciones más adversas, a través de mecanismos diversos, ya sean máquinas, trajes, sensores… Ahora bien, con lo que no estoy en absoluto de acuerdo es en el afán marketiniano de la hazaña, que es lo que ha dejado pingues beneficios, tanto a la empresa promotora, como al propio Félix y compañía, de forma que se nos ha estado machacando la mente durante mas de dos semanas, con este “colosal salto para la humanidad”. Mientras millones de habitantes del planeta estábamos absortos durante 2 horas y media en el salto de este héroe austriaco, no pensábamos en rescates económicos, primas de riesgo, independientes catalanes, ni otros problemas que nos acucian a nosotros y a millones de habitantes del orbe terrestre. De la misma manera que no podemos comparar a nuestro héroe saltador con los miles de héroes anónimos que luchan contra la pobreza, la guerra y la violencia. Todo un despropósito, producto de una existencia mercantilizada responsable en gran parte de los problemas que nos acucian.

Una de marcianos: Bradbury abandonó la tierra

Hace escasos meses dábamos cuenta de la desaparición (momentánea diría Él) del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, escritor de culto, uno de los padres espirituales de este difícil genero. Este hecho, junto la reciente hazana del hombre saltando desde la extratosfera superando la barrera del sonido y con la necesidad de cambiar las temáticas de mis últimas lecturas, me ha llevado a retomar la lectura de algunos clásicos y en este caso, tenía reservada la lectura por segunda vez del libro que consagró a Ray, al estrellato de la ciencia ficción: “Crónicas marcianas”. Siempre recomiendo los libros que leo, pero especialmente este texto lo recomiendo por varios motivos. El principal de ellos, es porque marcó un cambio de estilo y dimensión en la ciencia ficción, que fue heredado por sus hijos intelectuales, como Asimow y Lem. El segundo motivo es porque el lector se percatará de cómo en un género tan dado a los tópicos como es la ciencia ficción, también se puede hacer poesía y crítica social. “Crónicas marcianas”, es un libro escrito en los años 40 pero podría corresponderse con el año 2012, ya que no ha perdido para nada su aroma fresco. En el texto se recogen relatos de cómo los terrestres colonizamos Marte, un planeta habitable, donde una cultura milenaria de marcianos es radicalmente diezmada por la codicia y las pulsiones humanas más míseras. Este texto recoge una ácida crítica social y un cuidadoso estudio del género humano, de tal suerte que el texto de Ray se convierte en un libro de antropología, donde observamos cómo una cultura colonizadora avasalla y somete a otra, más ancestral, a través de la inyección de sus vicios, debilidades, vilezas…. El humor inteligente y sarcástico de Ray convierte a Marte en un planeta plagado de quioscos de salchichas, granjas, fiestas populares y todo aquello que, siendo terrestre, va socavando una cultura milenaria sabia que se oculta en las arenas rojas de Marte. Termino con un diálogo entre dos terrestres, el capitán de una expedición y su subordinado, que decide tomar partido por la civilización marciana y, por supuesto y debido a esto, su final estaba sentenciado. Cuando el capitán le pregunta sobre cuál es el significado de la existencia y si la sabia civilización marciana había encontrado su explicación al objetivo de la vida, el insurrecto le contesta: –  El éxito de ellos ha sido saber combinar el arte, la ciencia y la religión. El sentido de la vida, es la propia vida. Este es Badbury en estado puro. Ahora Ray ha abandonado la tierra y estoy seguro que en las rojas tierras marcianas pasea riéndose de todos nosotros.  

¿Síndrome post-vacacional?… ¡menos mal!

Queridos amigos, os escribo en los últimos días de mis vacaciones veraniegas, planificando ya la vuelta al duro trabajo del próximo año. No es momento de lamentaciones, ni de tristeza y mucho menos de tomar una pastilla para superar el trago, es momento sólo de cierre de ciclo y planificación de uno nuevo. En estos días, como ya va siendo una mala costumbre, nos suelen acribillar desde varios medios de comunicación escritos y también desde TV y radio, preguntándonos sobre el tan temido síndrome posvacacional. Y es que ya se sabe, en esta sociedad tendemos a medicalizarlo todo, tratando de explicar mediante complejas teorías bioquímicas o psicológicas que el ser humano es una máquina muy especial a la que fundamentalmente no le gusta sufrir, pues es hedonista por naturaleza.  ¿A quién no le gusta vivir bien?…  Los profesionales sanitarios junto con los medios de comunicación hemos inventado una nueva enfermedad, el síndrome posvacacional, para explicar cómo el fin de las vacaciones y la vuelta al trabajo, a la rutina diaria, a madrugar, a los atascos de tráfico, a llevar a los niños  al colegio…, nos produce una suerte de melancolía con ciertos tintes dramáticos, desajustes horarios, apatía, sensación de sobrecogimiento y, sobretodo,  muy mal humor. Los medios de comunicación nos preguntan y nosotros avanzamos nuestras maravillosas hipótesis serotoninergicas, dopaminergicas, síndrome de adaptación…,. y luego establecemos pautas de prevención sobre cómo cambiar poco a poco nuestros hábitos, planificar el regreso, que si relajación y visualización para hacernos una idea…, en esencia exageradas justificaciones que nos llevan a la medicalización de un proceso fisiológico, y patologizamos de nuevo lo normal. El sentido común debe de imponerse y el ser humano no es una fría máquina cibernética, es un conjunto de emociones, músculos, nervios, arterias y venas, que necesita sus ajustes;  lo único que debemos hacer es dejar que fluya, dejar estar, no forzar nada y esperar a que los ajustes de nuestra sabia naturaleza hagan su efecto. Esto me recuerda la máxima de un famoso médico y filósofo que deberíamos estudiar más durante la carrera, Paracelso, que decía que “el mejor médico es aquél que distrae al paciente hasta que la naturaleza ejerce su acción”. Pues bien, apliquemos lo que Paracelso hace siglos nos dictaba, dejemos que nuestra naturaleza haga lo que tiene que hacer y no impongamos más fricciones, ni tensiones innecesarias. Por mi parte, nos volvemos a encontrar después del verano, ya sí, con nuevos temas para la reflexión y para el debate tras estas semanas donde mi blog ha sido, siguiendo el ritmo de la mayoría de nosotros, más sosegado y recreativo. ¡Nuevos temas nos esperan!.

Una habitación en Nueva York: ¿cuál es tu historia?

En estos días se está exponiendo una interesante colección pictórica del artista americano Edward Hopper en el museo Thyssen y esto siempre es una buena ocasión para acercarnos al alma de este increíble artista, que como nadie en la época contemporánea, supo reflejar la vida cotidiana de los americanos del siglo XX. Edward Hopper. Óleo sobre lienzo Además esta retrospectiva hace un guiño al mundo del cine y a la estrecha relación entre el artista y el mundo del celuloide, pues no sólo muchos grandes cineastas se han inspirado en la producción artística de Hopper, sino que muchos de ellos, como Alfred Hitchcock basaron su estética en los planos y ambientes de Hopper. Por ejemplo, la que fuera famosa casa de Norman Bates en “Psicosis”, es un lienzo de nuestro artista, denominada “Casa al lado de la via”; o el film “La ventana indiscreta” esta inspirado en las numerosas pinturas del artista. Y es que el mundo visto a través de una ventana, sitúa al observador en una posición interesante, donde somos participes de una acción, pero al mismo tiempo, nos convertimos en observadores fortuitos que espiamos las interioridades de los otros. La perspectiva de observador “indiscreto”, nos genera un sentimiento de morbo, acompañado de curiosidad de intruso antropólogo. Compruébalo tú mismo en este vídeo sobre su obra, pero conecta el altavoz: Por ello, y aunque la producción pictórica de Hopper es increíblemente vasta y sus óleos y grabados son magníficos, me gustaría poner la atención a un lienzo, no extremadamente conocido del pintor, pero que estimo puede resumir la filosofía conceptual del artista; es decir, nos acerca a su mirada, a la forma en la que Hopper mira, contempla y observa la realidad que le rodea. El lienzo fue pintado en 1932, se titula “La habitación de Nueva York” y la escena que refleja es una sencilla y doméstica imagen cotidiana, donde a través de una ventana abierta a la noche de Nueva York, contemplamos a una pareja, que aparentemente no tiene nada de peculiar. Él lee el periódico y ella teclea desganadamente el piano, aparentemente todo es anodino y sencillo. Pero observemos con más detalle la escena. Es un matrimonio, él expresa una gran tensión leyendo la prensa, literalmente se vuelca en el periódico que tiene entre manos, no está en este mundo, lee con atención algo que centra su interés, y hace caso omiso a su esposa. Su mujer, se siente abandonada, está acostumbrada a estar aburrida, teclea con desgana el piano y es poseedora de un secreto. De un  momento a otro le dará una noticia a su esposo, solo está esperando el mejor momento. El cuerpo de la esposa está relajado, por lo que suponemos que la noticia no será negativa, es posible que sea una buena nueva, quizás un posible embarazo. El marido, lee con avidez una página de deportes o quizás sea el estado de la bolsa después del  descalabro del año 1929. Es un matrimonio acomodado, tienen  hasta  un piano y la decoración denota cierto gusto y sofisticación, es decir se trata de un matrimonio burgués, de clase media alta, por lo que me inclino a pensar que nuestro ávido lector es un empedernido jugador de bolsa que contempla  expectante los movimientos bursátiles, que condicionaran los movimientos suyos en la próxima mañana. Casi puedo palpar la situación: ella le confiesa su embarazo, él casi no la  mira y no se percata de la situación, apenas le hace caso, ella se enfada y dando un portazo sale de la habitación para dar un paseo y sofocar su rabia contenida. Este es Hopper, un artista capaz de crear escenas, capaz de crear ambientes, historias y capaz de estimular nuestra imaginación, dotando a sus personajes de un escenario, que casi siempre tiene una fuerza expresiva que nos arrastra a una imaginación desenfrenada, es más, este cuadro podría servir de comienzo para la base de un guión cinematográfico. Y, tú ¿cómo te lo imaginas?, ¿podría ser ésta una continuación de la historia del cuadro?