EL HUMANISMO DEL ÁRBOL, HACIA UN HUMANISMO ECOLOGICO

Los arboles siempre me han fascinado. Me parecen seres majestuosos, serenos, sabios, seres que concentran todas las verdades de la vida. Nos observan desde su infinita profundidad y nos protegen. Albergan cientos de vidas y nos dan vida a los demás. Los arboles van más allá de los placeres estéticos y ornamentales, como el sabio de Herman Hesse cantaba: “los árboles son templos de sabiduría”. Recuerdo los diarios de mi mentor Thoreau, cuando describía con exaltación que se había enamorado de una encina. Y es que los arboles tiene no solo vida, sino que sus recios y pétreas cortezas albergan alma. Quizás por ello Tolkien ensalza en su comunidad de los sabios árboles. Los arboles no solo viven, sino que sienten, piensan y aman. Los modernos estudios sobre botánica nos muestran claramente que los arboles ayudan y cooperan para que los más débiles crezcan y los enfermos sanen. Esto se denomina compasión. Los bosques son seres vivos complejos donde los arboles constituyen una sociedad integrada y colaborativa donde toda la vida se organiza de una manera armoniosa. Ahora se acuña el termino de HOLOBIONTE. Vidas que albergan otras vidas en comunidades integradas. Los árboles y los bosques son holobiontes y los seres humanos somos holobiontes, pues albergamos gérmenes, bacterias, parásitos y multitud de vidas que cooperan en nuestro vivir. Que intuición tuvieron las grandes poetas como Whitman cuando hablaba de las multitudes que albergamos.

Árboles y hombres vivimos juntos en armonía desde hace miles, millones de años. Hemos compartido historia, mitología y religión. No es casualidad, pero si causalidad que el árbol del conocimiento se encuentre en el paraíso y debamos respetarlo, así como el árbol de la vida sea el símbolo más sagrado de la ancestral tradición judía. Pero ya los antiguos y Platón describieron con detalle el árbol de la vida con sus raíces en el cielo y sus ramas hacia abajo para dar los frutos de los vivos. El origen está en los cielos y como James Hillman describió tan metafóricamente, nuestro nacimiento es un descenso desde los cielos hasta la tierra, igual que nuestro crecimiento exige profundizar en nuestro interior.

Qué maravilla deleitarme con el maravilloso libro del poeta español Carlos Edmundo de Ory donde recoge todas las dimensiones del árbol y esa larga relación entre los seres humanos y los seres arboriformes. Quizás por eso título su libro, “Humanismo del árbol” y eso me da que pensar que en un mundo globalizado donde la dimensión ecológica ha penetrado con fuerza despertando nuestras conciencias, nuestro humanismo no puede ser tan cicatero de pensar que es de hombre a hombre, sino muy al contrario debemos transitar hacia un humanismo ecológico, pues como afirma Ory: “El árbol criatura emotiva, reacciona vivamente…posee entrañas, corazón y mente. Lo oiremos gemir, llorar y hasta dirigirse al hombre con palabras claras y sencillas”. Preparémonos para escuchar a nuestros amigos los árboles.