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Maneja los hilos de tu cuerpo: una historia de esclerosis

Son muchas las cosas que se mueven cuando una persona enferma. Toda enfermedad es una ruptura del equilibrio establecido; es decir, una ruptura de la homeostasis, como dirían los fisiólogos clásicos. El paradigma clásico de la enfermedad establece que el equilibrio fisiológico; es decir, la estructura y la función se alteran, porque alguna causa externa o interna al organismo, ha producido una convulsión o terremoto, que facilita la disfunción. En esta visión tan mecanicista del enfermar, la tarea del médico parece estar clara y perfectamente definida. El médico tendrá que averiguar si la causa es externa o interna y, una vez hecho esto, tendrá que establecer una solución para reestablecer el equilibrio. La pregunta es: ¿toda la realidad se establece y estructura entorno al principio acción-reacción, o causa-efecto? ¿Hay otras realidades fuera de las meramente científicas que los médicos debemos conocer para, ya no solo curar, sino aliviar y cuidar?  Parece que la respuesta es obvia. El mundo del enfermar es complejo y son muchos los factores que desencadenan el desequilibrio, pero son tantos como los factores que normalmente condicionan al ser humano. En este punto, sí podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que el microcosmos del individuo es una réplica del macrocosmos del universo. Aún en los casos en los que el enfermar se deba a acontecimientos físicos externos, los condicionantes internos, psicológicos, existenciales, familiares y sociales, condicionan la disfunción. En una frase “no existen enfermedades, sino enfermos”. Esto se hace más evidente en las enfermedades crónicas, y sobre todo en aquellas que van apareciendo de forma insidiosa, y desgastando al ser que las padece poco a poco, obligándolo a tomar las riendas de los hilos que mueven su cuerpo, sin que  éstos le obedezcan. Es el caso de la Esclerosis Múltiple (EM). El acercarnos al mundo de estos enfermos, es vital para el médico, pues podemos conocer mucho la enfermedad, pero sin duda, las necesidades nos las ensañan los propios enfermos. Acerquémonos a dos microscosmos distintos para aproximarnos al macrocosmos de la EM Y esta es su asociación más próxima: http://www.ademmadrid.com/

Cuando el cine hace historia: «Argo»

Siempre me he confesado un gran cinéfilo, omnívoro de la gran pantalla, pero con una gran exigencia en cuanto a los gustos, al menos en cuanto a pretensiones personales. Por eso me hubiera gustado que el cine tuviera más cabida en nuestro blog, pero por desgracia la cartelera cinematográfica actual, a mi criterio, deja bastante que desear. Es bastante frecuente que todas las semanas visionar 2 ó 4 films, según el tiempo me permita, y por ello, sobre todo en el fin de semana. Me gusta volver a ver algunos clásicos y trato de seleccionar de la actualidad, aquello que creo pueda merecer la pena. Es frustrante contemplar cómo pasan semanas y semanas sin que apenas logre encontrar, en el panorama actual, algún film que pueda merezca ser clasificado dentro del “séptimo arte”. Pero hoy me siento afortunado, pues he encontrado una pequeña pepita de oro entre las areniscas del celuloide. No creáis que voy a hablar de una cinta española, basada en la historia real de una tragedia natural, film muy meritorio, con buen oficio y manejando a la perfección las claves emocionales que la describen como “tsunami de emociones”. Y es que, pese a su gran facturación técnica, creo que se está ahogando, nunca mejor traída la metáfora, en su gran mercadotecnia marquetiniana. En este caso, voy a hablar de un aparente y discreto film, dirigido e interpretado por el actor Ben Affleck, “ARGO”. Argo, está basada también en una historia verídica, acontecida durante la revolución Iraní del Ayatollah Jomeini, en la convulsa Persia de los años 80. Este hecho conmocionó al mundo entero: el personal de la embajada americana en Teherán, es secuestrado por la guardia republicana del Ayatollah y seis funcionarios se escapan y refugian en la casa del embajador canadiense. Los servicios de inteligencia americanos mandan a un agente secreto, Toni Mendes (de origen hispano), para tratar de rescatar a estas seis personas, que ponen en peligro su vida y la de la familia del embajador de Canadá. Aunque la historia acontece durante la administración de Jimmy Carter, estuvo clasificado hasta finales de los años 90. El film está rodado con ritmo, de una manera muy inteligente, con gran proyección y lectura política e histórica y nos muestra una faceta de Affleck ya destapada en otros films en los que ha actuado como regidor. Creo sinceramente que el séptimo arte está desaprovechando un gran creador, en detrimento de un mediano actor. Ben rescata el cine-denuncia social y política de Alan Pakula o Costa Gavras, que durante muchas décadas nos mostraron verdaderas tesis doctorales de crónica social y política.  ¿Quién no recuerda “Todos los hombres del Presidente”, sobre el caso Watergate o “Missing”, sobre la dictadura de Pinochet? Me sorprendo ver en los títulos de crédito que la coproducción está realizada por George Clooney, que también ha abierto su tarro de las esencias con un cine muy similar, como demostró en su último título “Los Idus de Marzo”, también referida en este blog. En definitiva, no puedo más que recomendar este film a los amantes del cine denuncia, porque nos muestra, nos enseña y ante todo, nos viene a recordar, que el cine es algo más que efectos especiales, que también sirve para reflexionar y aprender… y a veces incluso para ¡salvar vidas humanas!, como es el caso.  

Salud 2.0: Plancuidate+

Que estamos en el mundo de la tecnología es una obviedad. No hay más que reflexionar sobre algunos datos estadísticos, como que existen más móviles que habitantes, que Internet es una de las más importantes herramientas de trabajo y que los ordenadores controlan gran parte de nuestras vidas, en el trabajo y en nuestro hogar. La importante revolución tecnológica que supuso el avance del mundo de la computación y la robótica, hace que en estos últimos años se hayan producido unos cambios cualitativos que podrían expresarse como “saltos cuánticos”, pues su desarrollo no es proporcional a la suma de nuevos hallazgos y evidencias, sino que se producen “pequeñas revoluciones” que posibilitan cambios de paradigmas, modificación en la perspectiva de los problemas  y nuevos abordajes de los mismos. Desde el mundo sanitario echamos muchas veces de menos la utilización de las nuevas tecnologías en la aplicación de las ciencias de la salud y más concretamente el uso adecuado de las redes sociales para abordar problemas de salud pública con impacto sociosanitario. Y es que la labor de las redes sociales está más que demostrada como herramienta de movimiento de masas, a la hora de por ejemplo fijar una convocatoria de protestas, o para sensibilizar en tendencias, modas y opiniones,  pero les queda aún por recorrer el complejo camino de  la salud, a la hora de fomentar hábitos de vida saludables y generar y desarrollar lo que hemos dado en llamar cultura de la salud. Mi buena amiga y gran endocrinóloga la Dra. Pilar Riobó, gran comunicadora y sensibilizada en estos aspectos, está desarrollando, junto al Ministerio de sanidad, una interesante acción denominada:  “Plan cuídate +”, donde el lema es “la fórmula que eligen los que + se cuidan”. Bajo la experta dirección de Pilar y la Escuela Superior de Hostelería y Turismo de Madrid, el día 28 de noviembre tuvo lugar en la ciudad madrileña un encuentro con profesionales de la salud, blogueros, comunicadores y profesionales varios, cuyo objetivo sea servir de altavoz, a través de las nuevas tecnologías, de los hábitos saludables. Una vez que nos hemos registrado en el Plancuidate+ y  tras contestar a unas pocas preguntas sobre el perfil de cada uno, hábitos alimentarios y de actividad física, recibiremos de lunes a viernes, durante veinte días, toda la información necesaria para crear una “fórmula de salud” adaptada a nuestras necesidades, con recetario incluido. Sin duda este tipo de iniciativas encajan perfectamente con el espíritu de los nuevos tiempos. Ya sabes: «Plancuidate+», elije tu fórmula y  Pásalo. Puedes hacerlo a través de su web: www.plancuidatemas.es   o a través de twitter: @plancuidatemas      

La enfermedad de los médicos

Aser García Rada, no necesita introducción ni presentación en el mundo de la blogosfera, ni de la comunicación en salud y otras cosas de nuestros días. La mayoría conocemos de él su faceta reivindicativa, crítica, de luchador constante, pero somos menos los que también conocemos su lado más sensible y afectivo Hoy Aser nos transmite en este relato un día de los muchos que como profesionales de la medicina hemos sentido, vivido, percibido. Una enfermedad que no nos enseñan a curar en la facultad de medicina, ni tampoco en el postgrado. Gracias de nuevo, Aser por compartirlo con todos nosotros.  La enfermedad de los médicos Una mujer llora en la consulta mientras explica que está enamorada de un hombre casado. El hombre le dice que va a dejar a su esposa, pero eso dista de ocurrir. Su médico, sin mediar palabra, realiza ese gesto barato pero altamente terapéutico de acercarle una caja de pañuelos de papel -lo que me recuerda que debe haber una en toda consulta para enjuagar lágrimas ajenas o propias de cuando en cuando-. «Disculpe, porque estoy desperdiciando su tiempo», dice ella. «No, usted está sufriendo», responde el doctor. Como en esta ocasión, La maladie de Sachs (Las confesiones del doctor Sachs, Michel Deville, 1999) refleja con austera precisión la cotidianeidad de muchos profesionales. Con plano fijo y pocas palabras, Deville capta magníficamente docenas de demandas habituales, cuestiones más o menos trascendentes de carácter social y económico mezcladas con problemas emocionales o discapacidades físicas, a través de las cuales muestra el perfil cinematográfico más cercano que recuerdo de lo que a mi juicio es un médico. Esto es, el de una persona normal. Una que ni siquiera tiene la profesión más importante del mundo, cómo si alguna lo fuera… Mientras se ducha, Bruno Sachs (Albert Dupontel) se queja de que ya no se le levanta por las mañanas como antaño. Descubrimos sus preocupaciones, su cansancio y su compromiso con los pacientes que critican indiscriminadamente su pelo descuidado o cómo ha afrontado sus problemas esta vez. No es un héroe ni un villano, nada extraordinario le sucede, no se despierta un día para darse cuenta de que tiene un grave cáncer que le lleve a replantearse su relación con los demás, probablemente nunca publicará en una revista de impacto y ciertamente no va a ganar un Nobel ni a salvar el mundo. Solo intenta realizar y sobrellevar lo mejor que puede su trabajo como médico general en una pequeña localidad francesa donde todos se conocen. Aunque aún percibo a muchos médicos sentirse por encima del bien y del mal –quizás incluso de forma inadvertida-, Sachs nos recuerda que fornicamos, hacemos caca, necesitamos vacaciones, amamos y queremos ser amados, tenemos nuestras expectativas, mediocridades y, en fin, todo ese tipo de cosas que pretendemos ocultar tras una bata o un pijama de quirófano. También tenemos diferentes maneras de lidiar con nuestra vicisitud cotidiana. Nuestro protagonista, por ejemplo, se reconcilia consigo mismo escribiendo un relato sobre sus pacientes. En una elocuente escena su pareja lee parte mientras él duerme. La mayoría de las enfermedades, dice, se denominan con el nombre del médico que las describe, no el de la persona que las sufre. Es decir, los médicos son los dueños de la enfermedad. Sin embargo, la enfermedad de Sachs es la de cada una de las personas que acuden a su consulta y la que, a su vez, descubre su propia fragilidad y también su fortaleza. Viene al caso rememorarlo porque en una sociedad donde el sufrimiento, la muerte, o la frustración se entienden inaceptables y en la que se nos enseña sistemáticamente a ocultarlos, probablemente nuestro mayor privilegio como médicos es conocer a las personas en el momento en que son más vulnerables. Ese en el que no hay lugar donde ocultarse porque la enfermedad derriba nuestras fachadas de atrezo con la misma facilidad con la que el viento arrastra las hojas secas para revelar el desamparado rostro de los solares en ruinas. Una magnífica oportunidad para aprender sobre nosotros mismos que personalmente confío en que, si tengo una mente suficientemente abierta y sensible, puede que me sirva cuando eventualmente pase a ocupar el otro lado del escritorio. Y es que en esta época de decadencia y alienación, de alguna manera similar a la precedente a las grandes Guerras Mundiales, debemos recordar estas cosas sencillas para continuar entre los márgenes del camino. Sin dejar de esgrimirla, que no nos despiste nuestra queja. Tengamos presente nuestra esencia y nuestros valores no tanto por ser médicos, sino principalmente porque somos seres humanos, en este caso a cargo de otros seres humanos. Probablemente nuestro aprendizaje más importante deba ser el que nos permita afrontar nuestro propio dolor y reivindicar justicia y razón sin dejar de ayudar a los demás de manera eficiente. Ese que en algún momento puede que también nos ayude a no acabar de nuevo matándonos los unos a los otros. Aser García Rada. Pediatra, periodista, actor y bailarín. Todo en proceso

El voluntariado: la medicina del espíritu

El ser humano es de las pocas especies que presentan un claro instinto de ayuda al prójimo de manera desinteresada. También algunos mamíferos superiores, como algunos primates, presentan esta extraña cualidad dentro de su naturaleza. La evolución y los procesos de selección natural hablan de que todas aquellas facetas que sirven, ayudan y facilitan la supervivencia de la especie son seleccionadas genéticamente y se adquieren como rasgos peculiares de la misma. Pero qué decir cuando las acciones de los individuos, no sólo no favorecen la supervivencia de su género, sino que pone en peligro la vida de los sujetos que las ejercen. Si analizamos de manera pormenorizada la actitud de ayuda al prójimo en sus facetas más excelsas, no podemos encuadrar esas acciones dentro de la lógica darwiniana de la evolución. ¿Cómo podríamos entender pues la lógica interna de algunos individuos que han dado su vida de manera altruista por otros seres humanos, sin tan siquiera conocerlos?. El famoso filósofo Rumano Mircea Eliade hablaba de que el ser humano posee un anhelo de trascendencia, es decir, persigue “el absoluto”, el más allá, el anhelo de acercarse a Dios. De ahí surge la religión, como un rasgo inherente a la persona y que nos diferencia de las demás especies. ¿Será la ayuda al prójimo otro rasgo similar? Lo que sí podemos aventurar es que el salto cualitativo individuo en su evolución le ha llevado más lejos que ninguna otra especie animal, aportando el anhelo de trascendencia y la ayuda al prójimo. Han sido muchos los hombres que han dado su vida por los demás, muchos de ellos han pasado por santos, otros por grandes hombres del pensamiento y la humanidad, pero todos ellos tienen algo en común: “la satisfacción de una vida bien vivida, a través de la ayuda a los demás”. No hay nada que pueda hacernos sentir mejor y mejores que ayudar a los demás, nos produce felicidad, plenitud, da sentido a nuestra existencia y, sin lugar a dudas, nos hace más humanos. El voluntariado, entendido en sus múltiples formas, desde la ayuda ocasional a los demás, hasta la participación en estructuras como ONGs, donación de órganos, movimientos de ayuda…, nos da esa oportunidad. Y no tenemos que ser santos para ejercer esta ayuda. Cada uno dentro de sus posibilidades y capacidades puede, sin duda aportar un grano de arena, que puede resultar para otro todo un mar de dunas. En tiempos como los que corren, sin duda necesitamos de esta medicina, nuestro espíritu saldrá beneficiado, y si no lo apreciamos, es que deberemos subir la dosis en la medicación.