Sociedad

¿Quién registra los registros?

Ya sabemos que en nuestro país, cuando los políticos no quieren avanzar de manera determinada en un área, nombran una comisión para el estudio del tema. De esa manera difieren la toma de decisiones, y por otro lado, delegan cualquier tipo de responsabilidad en el grupo de la comisión. Es un hecho de sobra conocido por los ciudadanos, pese al pretexto democrático del consenso. Ahora el Ministerio de Sanidad y la Agencia Española del Medicamento nos anuncian a bombo y platillo que existirá un Registro Nacional de Ensayos Clínicos. Esta idea es pertinente y necesaria y lo es aún más, si los ciudadanos pueden consultarlo. Lo comento fundamentalmente por aquellos ciudadanos aquejados de determinadas patologías, que quieran consultar cuáles son los últimos avances en el desarrollo de nuevos diagnósticos y tratamientos para sus dolencias. Creo que este tipo de registro, tendría que tener esa doble naturaleza, el poder ser consultado por los profesionales y por el ciudadano. No obstante, miedo me da cada vez que la Administración saca a colación el tema de que va a elaborar un registro, pues hasta ahora la experiencia demuestra que registro es sinónimo de disputa entre las CCAA, el consenso, la plataforma informática donde se vuelca, la protección de los datos, especificar quien registra y un largo etc. de pequeños y peculiares problemas que terminan por paralizar el proceso. Si quieren ejemplos, los hay muy variados: el registro de profesionales sanitarios, una larga idea acariciada más de 20 años, el registro de enfermedades raras, un proyecto de más de 10 años… Yo me pregunto, ¿qué tendremos los españoles para ser tan anárquicos en nuestros planteamientos y acciones?, ¿será el gen de la españolidad?

La dureza de la palabra: de Luca

Podría ser un escritor castellano, con la prosa de Delibes, pero es napolitano, curtido en miles de oficios, enjuto como un Don Quijote, con una zarca mirada penetrante. Su nombre Erri de Luca; su pasión la vida; su escusa, la literatura. Hace meses, en este mismo blog, referencié su penúltimo éxito: “Los peces no cierran los ojos” y ahora me encuentro con  “El contrario de uno”, un pequeñito libro de escasas 100 páginas, como todos los atributos del autor, que es el lenguaje duro y descarnado de un hombre que vuelca sus experiencias vitales que han marcado su vida, desde la revuelta callejera de su militancia en el partido comunista, los antidisturbios, las persecuciones políticas, sus fiebres en África, sus delirios y ensoñaciones, sus recuerdos de la juventud. La economía del lenguaje de este autor es impresionante, es prosa desnuda, contundente. Erri es un estudioso del lenguaje hebreo, sus significados, sus trazos, su armonía y belleza. Sin lugar a dudas él dice únicamente lo que quiere decir, sobran recursos estilísticos, sobra retórica de salón, la vida es sencilla, precisa. Para Erri la palabra es vida y la vida lenguaje. Animo a los lectores a compartir la vida de un sencillo hombre, que vive en una sencilla casa construida por él mismo y que generosamente comparte su vida con nosotros.

Accede al alma de la artista: “Cada palabra, una semilla”

Los que somos lectores empedernidos, o como nos llama Fernando Savater, «lectores omnívoros», tenemos en ocasiones el impulso de conocer el alma de los artistas que tocan nuestro ser. La belleza de la creación toca nuestro interior y nos sentimos en una comunión estrecha con el autor. Es como si el escritor, el pintor o el escultor, se comunicara directamente con nosotros. Ese es el mayor elogio para un artista, tocar el alma del espectador. Entonces, el espectador ansia conocer quién es ese ser que ha invadido su interior y que en muchos casos ha vivido en tierras y tiempos lejanos. Muchos creadores nos dejan pequeñas pistas de su propio mundo interno y a través de ellas, entendemos mejor sus propias vivencias y su actividad creadora. Eso hace la autora Italiana Susana Tamaro, con el excelente y siempre delicado texto de «Cada palabra es una semilla», donde en tono autobiográfico, nos relata su infancia, sus sentimientos, sus miedos y tristezas. No es una autobiografía al uso, es un bello y poético libro, donde su autora nos muestra pinceladas de su infancia, adolescencia y juventud. Después de su lectura entendemos mejor su ser en el mundo. Tamaro, es una artista que siempre me ha cautivado, por su sencillez y simplicidad, que es capaz de hacernos sentir la fuerza de la vida en cada latido de nuestro corazón. Cuando en alguna tertulia literaria alguien aboga por la escritura «espiritual» e intimista, de autores de moda y culto, como Paolo Coello, yo siempre saco a colación a Susana Tamaro, pues ella,  a través de los pequeños detalles, nos hace entrar en el eterno espectáculo  fascinante del «Anima Mundi» platónico. Es cierto Susana, que cada palabra es una semilla y tú siembras el espíritu de tus lectores.

Fotopintura de lo cotidiano: “La lechera de Vermeer”

Siempre había pensado que el  famoso cuadro del pintor holandés Johannes Vermeer era de grandes dimensiones, quizás porque los libros donde había visto reproducida esta escena, se centraban en algunos detalles, el delantal de ese color “azul Vermeer”, la jarra de la leche, el pan,… y en definitiva la descomposición de la luz en múltiples átomos y corpúsculos de luz, que hacen vibrar el ambiente, es decir que dotan a la atmósfera de profundidad, dimensión y realidad. Este verano acudí con mi familia a Holanda y entre los objetivos estaba visitar los trabajos de Rembrandt, van Gogh y Vermeer. Han sido tantas las veces que he visto la fotografía de uno de sus cuadros más famosos  “La lechera”, que en mi mente era capaz de recordar cada uno de sus detalles. En el museo del pintor en Ámsterdam, este cuadro ocupa una pared junto a otros lienzos del autor. Es un lienzo pequeño, discreto. Lo primero que pensé, es que se estaba produciendo una ofensa a este lienzo y que debería ocupar por sí solo toda una pared. Cuando entro en la sala, lo hago d una manera reverencial, como cuando entras en una iglesia y te dispones a rezar. Me quedé parado delante del lienzo: “lo he visto tantas veces en fotografía”. Nunca se me olvidara la primera vez que reparé en él por casualidad y me quedé prendado de su sencillez y complejidad, a la vez. Tendría unos 9 años y mis padres me habían regalado una enciclopedia de la editorial Salvat. Pretendía buscar en ese tomo a mi autor preferido por entonces, Jules Verne, y allí, al lado del mago francés, se encontraba la “Lechera de Vermeer”. Casi no pude leer lo que venía en el texto sobre el escritor francés, por la fascinación que me producía el lienzo. Fascinación que recreé delante del mismo, y en fracciones de segundo toda mi infancia pasó por mi memoria y mis sentidos. Por aquellos entonces pensé que se trataba de una lechera asturiana, más tarde me enteré que era holandesa, pero las diferencias eran pequeñas. Una muchacha joven y fornida, del campo, que acaba de ordenar a sus vacas. En sus ropas y, sobretodo en su delantal, aún se puede oler el aroma del estiércol, el olor agrio de la leche y esa actitud cansada y entregada a la rutina de la mañana. Prepara un desayuno a base de pan y leche. El pan de hogaza espera a ser consumido, está recién sacado del horno y su corteza rugosa hace pensar en un pan trabajado en el mismo lugar.  Vermeer  fue un  “fotógrafo” de su época, sus lienzos se convierten en instantáneas de lo cotidiano, en pequeños escenas de lo diario, donde sus personajes, envueltos en esa luz especial, las transforman en algo entre sobrenatural y onírico. Este verano paseando por las viejas calles de Delft, pude llegar a entender lo que el maestro había captado, la luz espesa, anaranjada y densa de sus rincones y calles.

Un arco iris de valores…, un arca contemporánea

Mi buen amigo Javier Sádaba, catedrático de ética de la Universidad Complutense, alega que estamos en un periodo de “sobre humanismo”. Con ello quiere indicar que todos buscamos una exaltación de los valores humanos con gran intensidad y desgarro, con motivo de paliar la intensa desertización  de lo social, lo moral, lo sacro, la crisis financiera…. La humanidad ha sobrevivido en muchas otras ocasiones a situaciones devastadoras, caídas de civilizaciones, guerras mundiales, cataclismos…, pero el ser humano siempre ha sobrevivido a todas ellas. ¿Os acordáis del diluvio bíblico?. En uno de los pasajes más conocidos del Antiguo Testamento, Noé y su familia, personas nobles y cercanas a Dios, son salvados de la destrucción del mundo, pues Iahvé les anuncia el gran cataclismo. Él y su familia eran los encargados de salvar a la fauna y la flora, a la vida en todas sus manifestaciones. El agua purificadora lo inunda todo y ellos son capaces de abrir un nuevo ciclo de vida, donde se establece una alianza entre Dios y el hombre. Noé, un hombre corriente, no perfecto (era cojo) poseía grandes valores morales y humanos, que les hicieron navegar por las indómitas aguas, sin destino fijo durante meses. Esta metáfora podría ser aplicada a la actualidad, pues el cambio de paradigma sobre la  faz de la tierra, nos lleva por las aguas turbulentas de las finanzas, la economía, la pobreza, la violencia, las guerras, la globalización… El relativismo moral, el “todo vale”, la amoralidad, la corrupción, las perversiones sociales y personales…, todo ello barrunta tempestades. ¿Quedaran personas como Noé, capaces de agarrarse a sus principios y valores humanos para sobrevivir a la debacle? Todos tenemos la obligación de revitalizar la poesía del mundo, todos tenemos el deber de  reanimar la vida y la belleza, potencia el SER y despojarnos del tener, todos debemos poner nuestro granito de área, para que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, conserven su humanidad más profunda. Se debe de huir de la cosificación y convertirnos en “ángeles anunciadores” de los dioses. La naturaleza, el mundo, el universo, el hombre, tiene la obligación moral de hacer algo por su propia estirpe y por la vida más intima de cada célula y cada átomo.