Sociedad

Un buen médico… un médico bueno

Aunque la expresión que da origen a esta pequeña reflexión tiene apariencia de redundancia, encierra dos conceptos totalmente diferentes. De hecho puede haber, también, un buen médico malo y un mal médico bueno. El buen médico es aquel que tiene los conocimientos y las destrezas necesarias para atender los problemas de salud curativa y preventiva. En general es eso lo que persiguen las escuelas de medicina y los sistemas de acreditación de especialistas: la formación de buenos médicos. El médico bueno se caracteriza por cualidades fundamentales, entre otras: humanidad, compasión y amor. A pesar de las modificaciones que han surgido en el ejercicio de la medicina actual, sigue siendo válido el concepto que expresó en la edad media el médico y filósofo judeo-español, el rabí Mosé ben Maimón, más conocido con el nombre de Maimónides: «la medicina es algo más que una ciencia o un arte, es una misión totalmente personal». Esto significa que nuestra profesión sigue siendo la ciencia y el arte creados para aliviar el sufrimiento. Todos tenemos claro que el médico necesita conocimientos teóricos y habilidades prácticas para ejercer la medicina con eficiencia. El médico tiene la obligación ética de adquirir una preparación suficiente en calidad y en cantidad para brindar lo mejor a su paciente. El mayor incremento resolutivo del médico de familia, con el objetivo de cubrir las expectativas del ciudadano, lleva aparejada una mayor valoración del papel que representa y el impacto en su entorno. Esta mayor dimensión de la figura del médico de familia conlleva una mayor capacidad de gestión y de control de calidad de sus actividades, funciones y procesos.  Es el propio médico el que se encuentra embargado en un continuo proceso de formación continuada y de exigencia, a la hora de verificar la calidad de los servicios que presta a los ciudadanos. Por todo ello hay que dotar al médico de familia de herramientas útiles para que pueda, él mismo, y no otros, realizar este control y garantía de calidad de su actividad, de la de sus compañeros y del equipo de Atención Primaria en general. Pero hay algo de lo que en las Facultades de Medicina aún queda mucho por hacer y desarrollar, que es la enseñanza como médico humanitario, para hacer que los futuros médicos no sólo lo sean, sino que también se «sientan médicos«, porque como recientemente manifestaba: «no es mejor médico el que más conocimientos tiene, sino aquél que más mejora el sufrimiento de sus pacientes».

Palabras vitales en el Libro de horas

  Quien así susurra y escribe es el poeta Rainer Maria Rilke y el poema pertenece a su libro “El libro de horas”, que escribió entre los años 1890 y 1904. Si para conocer a cualquier autor, lo fundamental es leer su obra, en este caso, para conocer el alma de un poeta, solo se puede hacer a través de degustar su poesía. Si quieres conocer el espíritu de uno de los poetas más grandes de la historia, como es el caso de Rilke, lee sus poemas y en particular, este texto que te propongo. Debo confesar que no soy demasiado amante de la poesía, pero pienso que con Rilke hago una excepción. El texto que tenemos entre las manos hay que degustarlo como el buen vino y debe de paladearse con paciencia. Esto me recuerda que textos de tanta profundidad estética, no pueden leerse como el que lee una novela de Conan Doyle.  Estos textos se degustan como la Lectio Divina; es decir, se meditan y recitan internamente, apreciando la sonoridad, la profundidad de sus figuras estilísticas y, sobre todo, estando alerta a los ecos de los versos. La poesía en general y en especial la de Rilke se reza, no se lee; se mastica, no seengulle. En este libro de gran intensidad mística, Rilke habla, o mejor dicho “resuena“ , de Dios, de la Vida y de la Creación. No me gustaría dar más pistas al lector, porque la verdadera experiencia estriba en adentrarse en el mundo espiritual del autor y las imágenes que evoca. Releí hace tiempo el texto y siempre lo tengo a mano, para al azar, seleccionar una estrofa o una frase y rumiarla en mi ser. De esta forma Rilke remueve el mundo interno, y la lectura meditada de su libro se trasforma en oración, en profundidad, en Vida.

Más que ver…, lugares para sentir

Amigos blogueros, como bien sabéis los que sois habituales, en la sección de Qué VER de mi blog, suelo recoger algún lugar, obra de arte, museo…  que me han causado impresión. Por esta humilde sección han pasado artistas del pincel, del cincel, jardines, exposiciones… Todo aquello que ha hecho palpitar mi ya agitada alma. Pero en este momento me gustaría hacer una reflexión, no tanto al ver, sino más al sentir, pues a veces lo que vemos nos mueve el alma y lo recordamos para siempre. Como dice mi amigo Luis Mateo, “la literatura es el fermento de la memoria”, a lo cual yo contesto que “el arte y la propia existencia es el fermento de las sensaciones y percepciones”. De todos es conocido el fenómeno que está descrito de que muchos lugares, son lugares especiales.  A veces lo son por lo que allá aconteció, como si determinados acontecimientos fueran capaces de alterar el medio y perturbar el espíritu de los más sensibles.  Ríos de literatura se han vertido sobre la influencia de las fuerzas telúricas en lugares sagrados, en donde han vivido hombres santos, en zonas donde se han producido grandes batallas o actos heroicos y un largo etc. Una cierta explicación espiritualista relaciona estos fenómenos, que solo son captados por aquellos individuos con dotes especiales de percepción, con que estos acontecimientos producen una gran alteración espacio/temporal que hace vibrar las moléculas en unas frecuencias de ondas que pueden perdurar a lo largo de los siglos. Queridos amigos, espero que no penséis que se me ha ido la cabeza, muy al contrario, quiero explicar mi experiencia que es algo distinta. Yo no pienso que los grandes acontecimientos de la historia y los grandes personajes de la misma, sean capaces de alterar su entorno por mecanismos no conocidos, pero sí creo y estoy absolutamente convencido, de que algunos lugares de nuestro entorno tienen algo de especiales, lugares que quizás por eso son elegidos por determinadas personas para vivir o para realizar sus actividades. A lo largo de mi vida he viajado a muchos supuestos lugares ignotos y sagrados, desde las Pirámides de Egipto, Jerusalem, o navegando por el Ganges,…y curiosamente casi nunca he sentido nada de especial, y eso que considero que soy una persona muy perceptiva. A la percepción del lugar especial a la que me refiero, es aquella donde se siente algo difícil de describir, es como si el lugar fuera más denso, la atmósfera es espesa, podría tocarse y todo ello está envuelto en una sensación de profundo silencio, aunque exista ruido ambiente.Es difícil de describir, pero no se me ocurren otras palabras. Cuando una persona penetra estos lugares, el ser interno del individuo se detiene, los pensamientos cesan, la respiración parece armonizarse y se siente profunda paz. Es posible que muchos de los que estéis leyendo estas palabras lo reconozcáis e incluso que seáis capaces de describirlo mejor que yo. No es que me sienta incapaz, pero… me quedo con la sensación. Esta sensación no la he tenido contemplando grandes templos, construcciones de la humanidad o ríos sagrados, pero la recuerdo con nitidez.  Percibí cómo me envolvía una pequeña gruta de la isla griega de Patmos donde murió San Juan el Evangelista, o en un banco del parque la «Quinta de los Molinos«, mientras veía cómo unos gorriones jugaban con el agua de un aspersor… Y es que lo sagrado está más cercano a nosotros de lo que creemos. ¿Cuál es tu lugar sagrado?

Percepciones de la eternidad

 El ARTE, con mayúsculas, es decir, la clara y diáfana expresión estética de la belleza, mueve el alma. Quizás sea por eso, por lo que los terapeutas lo utilizan como herramienta de trabajo. Hace no demasiado leí un interesante libro del psicoterapeuta  Piero Ferrucci,  titulado «Belleza para sanar el alma«, donde hablaba de la importancia de la educación estética en nuestras vidas, en la capacidad de entrenar la percepción para apreciar la belleza de nuestro entorno, de nuestra vida cotidiana y como no, del arte. Si fuéramos capaces de percibir la belleza en toda su amplia dimensión, nuestro espíritu sería tocado por la divinidad. Todos sabemos que nuestro ideal de belleza es muy particular, tanto como nuestra idea de felicidad, nuestra idealización del amor, e incluso del sentimiento religioso, pero también es cierto que hay sensaciones de lo eterno que son universales. La inmersión en una obra de arte que nos hace sentir que allí hay algo eterno, imperecedero y claramente atemporal. Esta sensación de lo eterno, de lo intemporal, de la belleza, yo siempre la he experimentado contemplando algunos lienzos de Leonardo como «La virgen, el niño Jesús y Santa Ana» y leyendo algunos libros de Hermann Hesse como “Peter Camenzind». No sé lo que será, pero  reconfortan mi espíritu y mi agitada alma. ¡Deseo que también la tuya!

Soledad preñada de riqueza: “Diario de un ermitaño”

 Hace 13 años cayó en mis manos un libro que desde entonces me acompaña, pero lo que me más me seduce de él es el espíritu de su autor. Ya saben los lectores asiduos de este humilde blog, que soy un omnívoro de la lectura y en muchas ocasiones he encontrado los mejores tesoros en mis incursiones en géneros literarios, o autores que nunca racionalmente hubiera elegido. Este pequeño y humilde libro, escrito en los años 50 (ya del pasado siglo, ósea del mío), por un humilde monje americano del Cister, que obtuvo permiso de sus superiores para vivir en la más estricta soledad, en una pequeña ermita, en los terrenos de la abadía de Getsemaní en los Estados Unidos. En aquel libro, que era un diario íntimo donde el monje recogía sus impresiones y percepciones, sus luchas internas y su búsqueda de la VERDAD, se recogía algo más profundo y ese algo era una gran generosidad y amor a los demás, pues aquel hombre estaba abriendo su alma y sus entrañas a “los otros”, para darse al mundo. Aquellas vivencias me capturaron de tal manera que desde entonces profundicé en su persona: el Padre Louis, nacido en Francia, convertido al catolicismo ya siendo adulto y que se convirtió y sigue siendo  uno de los mayores maestros espirituales de todos los tiempos, no solo para los católicos, sino para todas las creencias  religiosas. Todo el mundo lo reconoce por su verdadero nombre: Thomas Merton. No quiero aquí desentrañar las interioridades de Merton, pues pienso que a los grandes hombres hay que irlos descubriendo poco a poco, seguir sus pistas, buscar sus señales y sobre todo, contemplar cómo sus vidas ayudan a otras vidas a seguir los sinuosos caminos de la existencia. En mi caso, Merton me llevó suavemente por campos y territorios inexplorados, convirtiéndose para mí en un maestro de vida. Cuando algún amigo me pregunta cómo definiría a Merton, siempre comento lo mismo: “un eterno buscador,  lleno de pasión y de amor”. Y es que su efímera vida, truncada bruscamente por un accidente, es como si juntáramos en su mismo ser a “los padres del desierto” con dosis de Emerson, Thoreau y Whitman y aliñado con la tradición Zen y Taoísta……y todo ello sin dejar de ser auténtica y profundamente Cristiano.