Sociedad

«Mis viajes con Epicuro»,…adoración por la vida.

Este verano pasado ha caído en mis manos un libro fresco y vivificador, escrito con espontaneidad y humor,  por un anciano profesor de filosofía americano, Daniel Klein, que decide, en el ocaso de su vida, darse un garbeo por las islas griegas, en busca del sol y la sabiduría helena. Klein, gran conocedor del pensamiento occidental, se encuentra de frente con el carácter mediterráneo, sus gentes, sus tradiciones y, sobretodo su cultura ancestral, que lleva a estas gentes a una especie de sabiduría pragmática de la vida. Siendo Daniel un hombre mayor, con los achaques de su edad y esperando en cualquier momento que la muerte lo encuentre, decide refugiarse de manera consciente en el sano hedonismo, en vivir la vida en cada momento como viene y sobretodo, en encontrar el vitalismo y la vitalidad en los pequeños placeres de la vida. Es por ello que este, según Daniel, “Mis viajes con Epicuro” es un libro que glosa y alaba el epicureismo, esa corriente de pensamiento griego, contrapuesto al estoicismo y que impelido hace miles de años en unos jardines de Atenas, por un personaje curioso llamado Epicúreo, nos enseña a vivir con un talante fresco y animoso. A cada página me recuerda a Lao-Tse y su libro del TAO. Cuando lo terminé de leer me dije: “de mayor quiero ser como Daniel”… pues ¡ya va quedando menos para ello!.

Mi intimidad al descubierto: interpreta mi sueño

  Desde que leí, siendo estudiante “La interpretación de los sueños” de Sigmund Freud del año 1899, me han fascinado los materiales oníricos, como elementos del inconsciente que afloran a la conciencia durante el sueño, de manera traicionera y aprovechando que los mecanismos de censura están relajados. Es mucho lo que he leído sobre los sueños y muchos mis intentos por llegar a una cierta comprensión que me aporte significados coherentes y lógicos sobre mi estructura de la personalidad. Existen muchas teorías y técnicas sobre la interpretación de sueños, pero me quedo con la metodología gestáltica, que aborda el sueño como un todo, donde todos los elementos que afloran en el mismo son elementos pertenecientes al durmiente. Esta aproximación fenomenológica, está en estrecha relación con la “Teoría imaginal” de James Hillman, que ha centrado mi interés en los últimos años. No obstante y pese a teorías y métodos, aún no puedo atravesar una cierta barrera o dificultad para poder interpretar mi propio material  onírico. Por eso desde hace algunos años, trato de escribir  algunos de ellos y llevar, no sin cierta irregularidad, un cuaderno de  bitácora de los que, que a mi parecer, son más significativos. Esta noche pasada, he tenido el siguiente sueño, que reto a los lectores adiestrados, a que traten de interpretarlo: Estoy ingresado en un hospital antiguo. Tengo una dolencia, pero parece ser que es ficticia. En este hospital estoy encerrado y como si fuera una cárcel, no se me va a dejar salir bajo ningún concepto. Mi imagen continuamente se desdobla. En ocasiones soy yo y en otras soy una pálida muchacha joven, parecida físicamente a Ana Frank. En el interior hay muchas personas que me aprecian y me quieren, pero por un extraño imperativo no puedo escapar de allí y quiero hacerlo. Lo más curioso es que, y sin saber muy bien cómo, a veces salgo y algunas personas en el exterior planifican mi salida de manera minuciosa. La primera vez fracasan y la segunda vez, parece que con cierta convicción, será un éxito. Todo depende de que un pequeño ratón se introduzca en el hospital sin ser visto. Atado a su pequeño lomo, porta una llave, parece que es la llave de mi salida. Esa noche, parece que el ratón ha cumplido su objetivo y me confirman que mi salida será a la 1:30 de la madrugada. Me cambiarán la identidad y el hospital no se dará cuenta de mi ausencia. Marcho por los pasillos del hospital, con la clara intención de despedirme de mis amigos que también están allí. Entro en una sala y hay un viejo amigo, anciano que juega una partida de ajedrez con un joven. Caigo en sus rodillas y apoyado en su regazo, lloro de manera desconsolad;, pero según lloro, cada vez me encuentro mejor. El mirando a su joven contrincante solo dice: “!Fíjate bien y mira como llora!”. Este es mi pequeño tesoro onírico. Si alguien me da alguna pista, estaré me comprometo a mostrarle más vivencias que puedan complementar la interpretación.

La coherencia de una vida…

Hace más de dos milenios, un anciano de 70 años era juzgado en la ciudad de Atenas. Sus acusadores le recriminaban que adoraba a otros dioses y que corrompía a la juventud ateniense con sus reflexiones éticas y su independencia de pensamiento. Estas falsas acusaciones escondían y maquillaban un crimen de Estado de un ciudadano ejemplar, patriota… Había defendido valientemente a su patria en múltiples batallas (como la guerra del  Peloponeso frente a Esparta) y había demostrado con su vida ejemplar que no solo era insobornable e incorruptible, sino que aportaba a la vida política y social de la ciudad su gran sabiduría, sin lucrarse. Es cierto que este venerable anciano no creía en la galería politeísta y supersticiosa de los dioses griegos. Se atrevía públicamente a afirmar que él tenía una relación estrecha y especial con un poder divino, un Daimon, que percibía, sentía y le guiaba en sus decisiones. No obstante, la acusación principal escondía la venganza de una sociedad corrupta y decadente, que no podía tolerar la continua puesta en evidencia de este hombre virtuoso. Se le condenó a muerte por un escaso margen de votos y pese a que podía haberse salvado, eligiendo él mismo el destierro, prefirió acatar la sentencia y ajustarse a las leyes atenienses, para demostrar con su ejemplo vivo que la justicia y las leyes están para acatarlas, pese a ser injustas. Murió, tomándose una copa de veneno, animando a familiares y discípulos y sobretodo murió con valentía, entereza, coherencia y sarcasmo (sus últimas palabras fueron a un discípulo para animarle a que hiciera una ofrenda al dios de la salud por él). El nombre de este gran hombre fue Sócrates, el padre de la filosofía, maestro de Platón. Sin duda, al comparar estos hechos con la vida política y social de hoy parece ficción…

Los precipuos de mi vida…ahora serán realidad.

Estoy leyendo un libro que estudia la vida y obra de Sócrates, el padre de la filosofía, maestro de Platón y prototipo de Sabio. La primera reflexión que quiero compartir y quizás la conclusión más importante, es que Sócrates fue un hombre coherente en su vida, un hombre en el que sus actos y su pensamiento coincidía, por eso era un hombre virtuoso. No es fácil que lo que decimos y pensamos se integre en nuestra vida de manera coherente y que coincida con nuestros actos y manera de vivir, con nuestro estar-en-el-mundo, que dirían los pensadores existencialistas. También es cierto que los seres humanos coherentes, tienen en muchos casos, finales penosos, por ser aniquilados por la sociedad, hablando de forma metafórica. Este fue el final de Sócrates y de tantos otros, como Gandhi, Jesucristo, Tolstoi, Lincoln…… La vida es la mayor obra de arte que el ser humano puede realizar, por ello desde que nacemos hasta que morimos, vivimos perfeccionándonos, puliéndonos, tratando, no de ser más perfectos, sino más coherentes, más unificados. He pasado gran parte de mi vida luchando por ser el mejor, trabajando denodadamente para demostrar a los demás y a mí mismo, que soy el más grande, el más listo, el más sabio….En definitiva, para demostrarme a mí mismo que mi vida tenía una justificación y por lo tanto, que mi muerte tendrá un sentido existencial y metafísico que llenará el vacio nihilista. De esa manera, cuando yo ya no esté en este mundo, en cierta manera, yo seguiré existiendo, a través de mis obras y mis acciones. Formaré parte de la enciclopedia de los grandes hombres del pensamiento, mis reflexiones, mis libros y mi pensamiento serán estudiados y seguidos por multitud de acólitos seguidores que gracias a su pensamiento, me mantendrán «vivo». !Que error más colosal!. Nuestras vidas no pueden estar centradas en el exterior, hacia el boato y los honores, hacia el reconocimiento y el olor de las multitudes. En este momento, en el ecuador de mi vida, aún sin saber cuánta más me queda por delante, necesito reorientar mi existencia, replegarme y ser coherente en mi vida. En muchas ocasiones, a mi familia les trasmito y arrastro a mis escarpados precipuos: me gustaría meditar, me gustaría pintar, me gustaría escribir una novela, me gustaría viajar a la Antártida, me gustaría colaborar con una ONG, me gustaría hacer algo de verdad por los demás, me gustaría, me gustaría……. Mi hijo Moisés siempre me mira con cara escéptica y con gran aplomo me dice:¡PUES HAZLO!. Gracias Moisés, …sigo tu consejo.

Haiku: la mística de la poesía oriental

Este pequeño poema lo escribió el día de su muerte, uno de los más grandes poetas japoneses, Matsuo Basho en el año 1694. La técnica utilizada se denomina Haiku y es un pequeño texto que pretende captar el concepto y percepción en el aquí y el ahora de una realidad. Para la mente racional y occidental, este tipo de textos se hacen  muchas veces ininteligibles, por su concisión, su ausencia de verbos y pronombres y porque para su aprehensión es necesaria una estructura mental nada similar al lenguaje dialéctico occidental, sino que se necesita un lenguaje que integre y que no divida. La quintaesencia del Haiku es el libro de Basho: «Haiku de las cuatro estaciones«, un texto que rezuma experiencia directa de la naturaleza. Basho fue un Samurái, que tras la muerte de su señor feudal, optó por formarse en meditación Zen con un famoso maestro y recorrer Japón en peregrinación continua. Es por ello que la técnica del Haiku está inextinguiblemente unida al despertar de la conciencia, al desarrollo personal máximo, que nos hace percibir la realidad tal cual es, sin aditamentos, en su pura y descarnada explicitación fenomenológica. El arte del Haiku exige una disposición determinada del alma para escribirlo y para leerlo, por eso podríamos hablar de que el Haiku es la poesía mística oriental más profunda. Me viene a la mente otro afamado poeta coetáneo de Basho, Samurái y maestro de espada, que mitificó las artes marciales y se dedicó a la meditación y la poesía, Miyamoto Musashi y que afirmaba: «Una cosa es exactamente todo, todo es exactamente una cosa».