Humanidades

Da sentido a su vida… Residencias integradas

¿Quién no ha tenido la experiencia cercana o personal de tener algún conocido que tiene a su padre o madre en una residencia de la tercera edad?. También somos conscientes del escaso número de establecimientos públicos, pues gran parte de las residencias de mayores son concertadas o privadas. Hace algunas décadas los mayores formaban parte integrante y activa de las familias, pero avanzando los tiempos, las familias se han convertido en nucleares, constituidas por los padres y uno o dos hijos lo máximo. Atrás han quedado las familias extensas donde convivían padres, hijos, el abuelo e incluso tíos o primos. La trasformación de la sociedad ha conllevado una trasformación de la familia. En las culturas triviales y no occidentales, el papel del mayor es crucial para la estabilidad social; aporta sabiduría y sirve de correa de trasmisión entre generaciones. En el mundo occidentalizado y apresurado de la modernidad, el papel del mayor, no productivo laboralmente, es un estorbo para las familias y para la propia sociedad. Como afirmaba el psicólogo americano James Hillman, “el mayor es un estorbo, ni sirve para nada ni se siente útil y no le queda más remedio que demenciarse”. La institucionalización del mayor conlleva un alejamiento de las estructuras vivas de la sociedad. Incluso las propias residencias se convierten en guetos  desgajados del tejido social. Por ello y entre otras cosas, debemos tratar de integrar los centros residenciales en la estructura sociosanitaria de nuestro tejido social. Los centros de mayores son una importante oportunidad de integrar los cuidados de media y larga estancia sociosanitaria y se convierten en claros exponentes de coordinación sociosanitaria. ¿Por qué no lo vemos? Seguimos perdiendo oportunidades para la integración de un modelo que nunca debería haberse atomizado. Estas reflexiones y otras surgieron en el interesante debate del  V Congreso de Edad y Vida sobre Dependencia y Calidad de Vida.

Mirada y sentimiento

Algunas culturas y religiones acusan a la Católica de estar plagada de la crueldad de la Pasión de Cristo. Los signos de la  Pasión son vividos por algunos individuos, como elementos de gran crueldad y sadismo, donde la sangre y el sufrimiento desgarran la percepción y convierten el espectáculo de la flagelación o crucifixión de Cristo en un espectáculo cruel. Un amigo mío budista me recriminaba diciendo que no entendía cómo podíamos orar ante una imagen que representa dolor, sufrimiento, crueldad y sobretodo resignación. La imagen de Cristo en la Cruz o durante su largo calvario, ha sido una de las temáticas más representadas en la historia del arte en todas las épocas, culturas y estilos. En cierta manera, el rostro de Cristo siempre muestra dolor, tristeza, perdón y resignación…; pero, ¿alguien es capaz de perdonar con todo su alma a su verdugo y además es capaz de amarle como si su flagelo y sus clavos fueran caricias o signos de amor?. Me parece casi mágico poder reflejar tanto sentimiento en un rostro: humildad, valor, coraje, fuerza y un impulso más allá de lo cotidiano Y por ello me resulta aún más inquietante el rostro de esta maravillosa talla del escultor murciano, Francisco Salzillo. Mira detenidamente la mirada de este joven y  dime tu qué ves.

Un maestro sabio…Claudio Naranjo

Hace un cuarto de siglo (¡me produce pavor pensarlo!), mi interés por la psiquiatría era importante. Quería consagrar mi vida profesional a esta disciplina, como decía Ortega y Gasset, la menos medica de la medicina. Por ello comencé mi doctorado en psiquiatría y mi formación terapéutica  en sofrología y en terapia gestáltica. Tuve una enorme suerte de encontrar a los mejores, en un centro madrileño, que me abrieron los ojos hacia dos maestros del arte terapéutico Fritz Perls y su discípulo Claudio Naranjo. Los dos médicos, el primero centroeuropeo, heredero del psicoanálisis y reaccionario ante él, y el segundo chileno y amante de lo transpersonal y las antiguas tradiciones. Curiosamente, desde el principio, me sentí mas atraído por mi colega latinoamericano, le viví mas integrador y a la vez mas trasgresor. Acabo de leer un buen libro suyo: “Entre meditación y psicoterapia”, donde recoge, con una asombrosa facilidad y erudición, las bases fundacionales de las grandes tradiciones y religiones para aplicar sus  principios al arte de acompañar a las personas para que crezcan personal y  transpersonalmente. Lo que hace Claudio no es nuevo, al contrario, es tan antiguo como nuestra propia civilización y podemos verlo en la forma mediterránea de la Escuela Pitagórica o en la versión de los Terapeutas del desierto, con Filón de Alejandría a la cabeza. Mucho es lo que tenemos que aprender de este gran sabio posmoderno, pero sobretodo cabe destacar su gran capacidad humana, por haber  sintetizado e integrado lo mejor de Occidente y Oriente. Hace muchos años tuve el privilegio de asistir a un seminario que impartía el maestro y aún recuerdo cómo me atreví a  acercarme a él con respeto y cierto temor, como el discípulo que se acerca al sabio, para encontrar la clave de su existencia. De manera atropellada le relaté que era médico como él, que estudiaba psiquiatría y que estaba formándome en terapia gestáltica…, y además había iniciado mi formación en meditación y me aburría como una ostra. Cada vez que me sentaba para respirar y mantener mi postura corporal y mi distancia sobre mi bulliciosa cabeza, era un suplicio. Me escuchó y con su gran humanidad y tras una gran carcajada me respondió “No sufra hombre….,pruebe como he hecho yo con la meditación tibetana, es mas colorista y divertida”.      

Una nueva mirada a la Atención Primaria: ¡Tengo el 78!

Hace unos días me encontré con una solicitud gratificante: un compañero, médico de familia, me propone que me haga eco en mi blog de su nuevo proyecto ilusionante: una novela que nos hará ver de diferente manera a la Atención Primaria: «Tengo el 78». Enseguida me sentí identificado con Marcel Prats y su desembarco en el mundo literario con esta «nueva aventura» como él la describe. Como vienen buenas fechas para hacerse con ella y poder desgranarla, os invito a que lo hagais, como sin duda yo lo haré. Os anticipo cómo Marcel vive su obra: «TENGO EL 78!. Una joven adolescente nos relata desde el otro lado de la ventana, desde la calle, desde su experiencia, su familia, su barrio y su comunidad cómo vive nuestra historia desde 1978 hasta la actualidad. Nuestros viejos ambulatorios de 2,5 horas/día, nuestros antiguos médicos anteriores a la reforma, nuestros jóvenes médicos de familia que empezamos sin experiencia,  nuestros nuevos Centros de Salud. Trata sobre la frontera invisible entre las personas y los profesionales de la salud de Atención Primaria, aquel límite entre ambos de cuya relación emana un sentido a aquello que realizamos en el día a día en nuestro trabajo. Es una novela que intenta transmitir esperanza, valores, dudas y reflexiones, que transcurre en un barrio ficticio llamado El Raval de la Maurina y La Maurineta. En él habitan gente común con profesionales de la salud también comunes. No son anécdotas, tampoco un análisis crítico del momento actual. Es sólo una corta novela que habla del cambio constante de nuestra población y del cambio en nuestro sistema sanitario de Atención Primaria desde 1978 hasta la actualidad. Sólo en el encuentro entre ambos se produce nuestra razón de ser, nuestra aportación a un sistema que lo que pretende es mejorar la salud de las personas y su percepción de la misma. TENGO EL 78! intenta aportar otra mirada a la Atención Primaria, una mirada distinta desde fuera de las organizaciones, fuera de los centros, fuera de nuestro ámbito científico.  No encontré aún la palabra que lo define, quizás es una mirada de esperanza, una mirada ilusionada, poética, quizás cariñosa, bondadosa , entrañable, o amable. Es una mirada en definitiva distinta.»

¡Felicidades, padre¡

Escribo este texto con motivo del día del padre, 37 años después del fallecimiento de mi querido padre. Pero no puedo resistirme a decir: ¡Felicidades, papá! Curiosamente también en estos días he terminado de leer un fantástico libro de un gran autor de las letras españolas, Gustavo Martin Garzo, dedicado a su padre y en honor del padre de los padres, San José, titulado: “El lenguaje de las fuentes”. En este texto Gustavo Martin Garzo narra la vida, sentimientos y recuerdos del viejo José, ese carpintero mayor, que se desposó con la joven María y que ha pasado de puntillas por la historia evangélica, sin hacer ruido ni buscar protagonismo. Ese hombre maduro, que luchaba con sus dudas e incertidumbres, ese hombre habituado al contacto de la materia y que luchaba con lo sobrenatural. Curiosa coincidencia, no buscada, que finalizara este maravilloso libro en un día tan señalado. Dicen los psicólogos, que de eso saben mucho, que los padres reproducimos los hábitos, educación y costumbres de los nuestros. A mí por desgracia mi padre no me pudo enseñar a ser padre, pues lo perdí muy pronto, quizás demasiado pronto en la vida, aunque vislumbro que esto no es tan cierto porque él sigue vivo en mí. Ahora yo soy padre de dos maravillosos hijos y ellos me han enseñado a ser padre. No sé si soy buen padre, ni lo que se considera ser buen padre, pero lo que sé es que les quiero con locura y me deleito abrazándoles y besándoles, cuando ellos se dejan. Ellos me han ayudado a ser hombre, a ser padre, pues como decía Romain Rolland, “se necesita un instante para hacer un héroe y toda una vida para hacer un hombre”. En este instante aún puedo sentir las caricias de mi padre, su cálida mano, su sarcástico humor y su sabiduría práctica de la vida. Aún recuerdo, con viva intensidad, nuestros paseos por el campo, nuestras conversaciones sobre la vida, lo divino y lo humano. Mi héroe, mi amigo, mi guía, me dejó muy pronto, pero puedo ver que su desaparición no fue en vano, su ausencia es relativa, su germen está en mi interior, mi padre vive en mí. Y es que quizás esta complicada vida, pueda entenderse como una eterna continuación de unos a otros y cuando me miro en el espejo, es a él a quien veo, cuando gasto una broma, le siento a él y cuando le recuerdo, le traigo y materializo al aquí y al ahora. ¡Padre, cuántas cosas que decirte, cuántas que contarte, cuántos sentimientos y vivencias!. Recuerdo aquellos consejos tuyos sobre las mujeres, sobre la amistad, sobre el honor y la valentía de un hombre, sobre mi futuro. Soy lo que tú hiciste de mí en aquellos años, soy tu querido hijo que aun te llora en la noche oscura, perdido en la vida, buscando tu mano firme y tu abrazo universal. ¡Gracias y felicidades papá!.