Humanidades

Palabras vitales en el Libro de horas

  Quien así susurra y escribe es el poeta Rainer Maria Rilke y el poema pertenece a su libro “El libro de horas”, que escribió entre los años 1890 y 1904. Si para conocer a cualquier autor, lo fundamental es leer su obra, en este caso, para conocer el alma de un poeta, solo se puede hacer a través de degustar su poesía. Si quieres conocer el espíritu de uno de los poetas más grandes de la historia, como es el caso de Rilke, lee sus poemas y en particular, este texto que te propongo. Debo confesar que no soy demasiado amante de la poesía, pero pienso que con Rilke hago una excepción. El texto que tenemos entre las manos hay que degustarlo como el buen vino y debe de paladearse con paciencia. Esto me recuerda que textos de tanta profundidad estética, no pueden leerse como el que lee una novela de Conan Doyle.  Estos textos se degustan como la Lectio Divina; es decir, se meditan y recitan internamente, apreciando la sonoridad, la profundidad de sus figuras estilísticas y, sobre todo, estando alerta a los ecos de los versos. La poesía en general y en especial la de Rilke se reza, no se lee; se mastica, no seengulle. En este libro de gran intensidad mística, Rilke habla, o mejor dicho “resuena“ , de Dios, de la Vida y de la Creación. No me gustaría dar más pistas al lector, porque la verdadera experiencia estriba en adentrarse en el mundo espiritual del autor y las imágenes que evoca. Releí hace tiempo el texto y siempre lo tengo a mano, para al azar, seleccionar una estrofa o una frase y rumiarla en mi ser. De esta forma Rilke remueve el mundo interno, y la lectura meditada de su libro se trasforma en oración, en profundidad, en Vida.

Más que ver…, lugares para sentir

Amigos blogueros, como bien sabéis los que sois habituales, en la sección de Qué VER de mi blog, suelo recoger algún lugar, obra de arte, museo…  que me han causado impresión. Por esta humilde sección han pasado artistas del pincel, del cincel, jardines, exposiciones… Todo aquello que ha hecho palpitar mi ya agitada alma. Pero en este momento me gustaría hacer una reflexión, no tanto al ver, sino más al sentir, pues a veces lo que vemos nos mueve el alma y lo recordamos para siempre. Como dice mi amigo Luis Mateo, “la literatura es el fermento de la memoria”, a lo cual yo contesto que “el arte y la propia existencia es el fermento de las sensaciones y percepciones”. De todos es conocido el fenómeno que está descrito de que muchos lugares, son lugares especiales.  A veces lo son por lo que allá aconteció, como si determinados acontecimientos fueran capaces de alterar el medio y perturbar el espíritu de los más sensibles.  Ríos de literatura se han vertido sobre la influencia de las fuerzas telúricas en lugares sagrados, en donde han vivido hombres santos, en zonas donde se han producido grandes batallas o actos heroicos y un largo etc. Una cierta explicación espiritualista relaciona estos fenómenos, que solo son captados por aquellos individuos con dotes especiales de percepción, con que estos acontecimientos producen una gran alteración espacio/temporal que hace vibrar las moléculas en unas frecuencias de ondas que pueden perdurar a lo largo de los siglos. Queridos amigos, espero que no penséis que se me ha ido la cabeza, muy al contrario, quiero explicar mi experiencia que es algo distinta. Yo no pienso que los grandes acontecimientos de la historia y los grandes personajes de la misma, sean capaces de alterar su entorno por mecanismos no conocidos, pero sí creo y estoy absolutamente convencido, de que algunos lugares de nuestro entorno tienen algo de especiales, lugares que quizás por eso son elegidos por determinadas personas para vivir o para realizar sus actividades. A lo largo de mi vida he viajado a muchos supuestos lugares ignotos y sagrados, desde las Pirámides de Egipto, Jerusalem, o navegando por el Ganges,…y curiosamente casi nunca he sentido nada de especial, y eso que considero que soy una persona muy perceptiva. A la percepción del lugar especial a la que me refiero, es aquella donde se siente algo difícil de describir, es como si el lugar fuera más denso, la atmósfera es espesa, podría tocarse y todo ello está envuelto en una sensación de profundo silencio, aunque exista ruido ambiente.Es difícil de describir, pero no se me ocurren otras palabras. Cuando una persona penetra estos lugares, el ser interno del individuo se detiene, los pensamientos cesan, la respiración parece armonizarse y se siente profunda paz. Es posible que muchos de los que estéis leyendo estas palabras lo reconozcáis e incluso que seáis capaces de describirlo mejor que yo. No es que me sienta incapaz, pero… me quedo con la sensación. Esta sensación no la he tenido contemplando grandes templos, construcciones de la humanidad o ríos sagrados, pero la recuerdo con nitidez.  Percibí cómo me envolvía una pequeña gruta de la isla griega de Patmos donde murió San Juan el Evangelista, o en un banco del parque la «Quinta de los Molinos«, mientras veía cómo unos gorriones jugaban con el agua de un aspersor… Y es que lo sagrado está más cercano a nosotros de lo que creemos. ¿Cuál es tu lugar sagrado?

Ojos de vida

 Por lo general, el sufrimiento se hace incomprensible, tanto si nos afecta directamente, como si lo vemos reflejado en la cara de un familiar, un amigo…, o cualquier semejante. Cuando nos afecta directamente buscamos “un por qué”, indagamos en lo más profundo de nuestra razón para justificarlo, para entenderlo… en definitiva, para aliviarlo. Pero si hay un sufrimiento difícil de entender es el de un niño. Hay niños que sufren a diario las injusticias sociales, el hambre, la guerra, el maltrato, la persecución… Consideramos que son aspectos inherentes al mundo en que vivimos, y que creemos que pocas vecesestá en nuestra mano mejorarlo; aunque no pienso lo mismo, pues como decía Mahama Gandhi: «Si quieres cambiar al mundo, cámbiate a ti mismo.» Lo que suele pasarnos desapercibido es cuando el sufrimiento se esconde detrás de los ojos de una niña  llenos de vida, de esperanza… de ilusión por luchar. Y es lo que pasa en muchas enfermedades infantiles, algunas conocidas como “enfermedades raras”, otras ni siquiera conocidas. Hoy este post está dedicado a esos ojos, los de Jimena. Como veis sobran las palabras cuando los miras. LA MIRADA DE JIMENA  

La ciencia sobrepasa a la bioética

Todos los teletipos de las agencias de comunicación estallaron ante la noticia de que por fin y tras muchos años de investigación, los científicos de una de las sociedades mas puritanas que existen en la actualidad, la americana, habían conseguido clonar células embrionarias madres, que eran capaces de regenerar cualquier tejido u órgano dañado. Esta noticia, que hace años saltó a la palestra científica de la mano de la oveja Dolly, ahora era capaz de trasladarse a los humanos. La bioingeniería embrionaria, había conseguido un gran logro para la ciencia y para el ser humano, un gran paso para la humanidad. Acto seguido y de manera inmediata, aportaron su visión algunos científicos y esa especie nueva de divulgadores de la ciencia, afirmando que esto no significaba la posibilidad de clonación de un ser humano al completo. Hasta aquí parece todo correcto, salvo por el hecho, siempre complejo, de que lo que los científicos hacen en sus laboratorios es crear embriones humanos en fase de mórula, es decir una “pelota de células”, que son utilizadas para regenerar el tejido u órgano que quiere reproducirse, destruyendo el resto de células inservibles o no utilizables. Es aquí donde los antiabortistas, muchos bioéticos y claro está las autoridades religiosas, protestan, entrando en escena y alegando que esa mórula es un ser humano en potencia, que es eliminado una vez que ha servido para el efecto de aportar las células que sean necesarias. Mi reflexión no pretende ir en el sentido estrictamente ético ni legal de la investigación con embriones humanos, pues es evidente que en este punto, como en otros que interviene la conciencia humana, es algo personal e intransferible. Mi reflexión va dirigida a la necesidad de apoyar y fomentar el pensamiento y la reflexión ética al respecto. Una vez más, se ha demostrado que los avances en ciencia y  sobrepasa en  años luz, a la reflexión ética, deontológica y jurídica. Una vez más el cuerpo de conocimientos de la ciencia adelanta con muchos cuerpos de ventaja al humanismo. ¿Cuando se darán cuenta nuestras, mal llamadas “autoridades” académicas y políticas, que hay que potenciar el pensamiento humanístico?, ¿podrá avanzar la técnica y la ciencia de manera adecuada sin una base ética y humanista?.Yo tengo mi respuesta, no muy optimista de momento, ¿cuál es la tuya?

Percepciones de la eternidad

 El ARTE, con mayúsculas, es decir, la clara y diáfana expresión estética de la belleza, mueve el alma. Quizás sea por eso, por lo que los terapeutas lo utilizan como herramienta de trabajo. Hace no demasiado leí un interesante libro del psicoterapeuta  Piero Ferrucci,  titulado «Belleza para sanar el alma«, donde hablaba de la importancia de la educación estética en nuestras vidas, en la capacidad de entrenar la percepción para apreciar la belleza de nuestro entorno, de nuestra vida cotidiana y como no, del arte. Si fuéramos capaces de percibir la belleza en toda su amplia dimensión, nuestro espíritu sería tocado por la divinidad. Todos sabemos que nuestro ideal de belleza es muy particular, tanto como nuestra idea de felicidad, nuestra idealización del amor, e incluso del sentimiento religioso, pero también es cierto que hay sensaciones de lo eterno que son universales. La inmersión en una obra de arte que nos hace sentir que allí hay algo eterno, imperecedero y claramente atemporal. Esta sensación de lo eterno, de lo intemporal, de la belleza, yo siempre la he experimentado contemplando algunos lienzos de Leonardo como «La virgen, el niño Jesús y Santa Ana» y leyendo algunos libros de Hermann Hesse como “Peter Camenzind». No sé lo que será, pero  reconfortan mi espíritu y mi agitada alma. ¡Deseo que también la tuya!