Divulgación científica

El misticismo en la escultura: pasión, amor y éxtasis

Cuando leemos detenidamente algún texto de la mística universal, nos percatamos de que el autor, incapaz de utilizar un lenguaje vulgar para expresar sus experiencias, recurre a la poesía o bien a la prosa exaltada, tratando de llevar nuestra conciencia hasta el mismo borde de lo cotidiano y a tiro de piedra de lo numinoso y sobrenatural. Además los textos místicos utilizan un lenguaje poético, embelesado de amor y erotismo por los cuatro costados. Como ejemplos véase la obra de San Juan de la Cruz o la prosa de Santa Teresa de Jesús, e incluso muchos Salmos. La frontera entre la erótica y la mística es un fino borde, o mejor dicho, una moneda con dos caras que están intrínsecamente unidas. Para la mística, el AMOR lo cubre todo; sin amor, no hay encuentro con Dios. El amor desbordado impregna el corazón del místico y le hace fusionarse con el Ser amado en un abrazo integrador, en un abrazo de entrega pura e incondicional, sin la cual no puede darse el éxtasis. Alcanzar el Reino de los Cielos, el Nirvana, la Iluminación, es una explosión de las emociones y los sentimientos, que asemeja un orgasmo metafísico. Mientras que la literatura mística universal es enorme en todas las tradiciones y tiempos, es menos frecuente observarla en otras artes plásticas, como la pintura y la escultura, pero quiero llamaros la atención de esta pequeña escultura escondida en un rincón del museo Thissen y que pasa desapercibida para la mayoría de los visitantes. Su título “Jesus y María Magdalena”; su autor, un coloso de la escultura de todos los tiempos, Auguste Rodin. De una roca informe, con cierto aspecto que remeda una cruz, surgen los cuerpos entrelazados de Cristo crucificado y Maria Magdalena abrazada a Él, con amor, con pasión, con erotismo y también con sexualidad. Es probable, que para algunos católicos ortodoxos esta representación de Cristo en la cruz, sea un sacrilegio y una blasfemia, un insulto a las Sagradas Escrituras y a la figura del Hijo de Dios, pero desde mi punto de vista, se trata de una escultura mística sobre Cristo, con gran fuerza primigenia que muestra cómo Cristo está crucificado, pero se entrega sin esfuerzo a los brazos de María, en un acto de confianza, de amor, de pasión, en una culminación de EROS. María, desnuda, se pierde en e l cuerpo de Cristo, se aferra a Él con pasión y ardor, pues sólo de la Unión Mística, del Hieros gamos, puede iniciarse la creación. El germen de la vida, de la creación, es un acto mágico, un encuentro de contrarios, de cuyo enlace emerge el todo, el universo y por ello Dios. Desconozco la fecha de esta reveladora escultura, pero no me extrañaría que fuera esculpida durante el tórrido amor entre el escultor y su ayudante, pues la tensión dialéctica que muestra la obra, solo es posible desde la experiencia más honda del amor profundo, pasional y reverencial. Te dejo con Rodin y un paseo por sus esculturas:

Un gran salto para el hombre, ¿un pequeño paso para la humanidad?

El domingo 14 de octubre las televisiones, medios de comunicación y redes sociales de todo el mundo, estuvieron expectantes por una hazaña heroica que llevó acabo un austriaco de 43 años, experto piloto y paracaidista, llamado Félix  Baumgartner. Este hombre, subió con un globo de helio hasta la estratosfera terrestre, a casi 40 Kms de altura, y desde allí se precipitó en caída libre, rompiendo la barrera del sonido, para aterrizar delicadamente en el desierto de Nuevo México. La semana anterior recibí la llamada de varios medios de comunicación, interesándose por cuales eran los efectos fisiológicos de tal caída y las posibilidades de éxito. Félix saltó con un traje especial presurizado que contenía múltiples sensores que recogían fielmente algunas variables fisiológicas y ambientales. El éxito de esta hazaña, patrocinada por una conocida casa comercial dedicada a los refrescos “que dan alas”, no se hizo esperar y Félix culminó con éxito lo que parecía imposible, batiendo varios récord mundiales y convirtiéndose en el primer hombre que rompe la barrera del sonido en caída libre. Las preguntas de los ávidos periodistas, relacionadas con los aspectos médicos y científicos de  la proeza, me han hecho reflexionar sobre este asunto, y me gustaría compartir con vosotros estos pensamientos. Este tipo de retos, siempre han adornado las páginas gloriosas del deporte extremo, de la aventura e incluso de la historia y también es cierto que muchos de estos hitos han sido el primer paso para conseguir avances en la investigación y el descubrimiento de nuevos retos para el ser humano. Recordemos las míticas inmersiones en las Fosas de las Marianas del primer batiscafo, a mitad del siglo pasado, las inmersiones iniciales con las rústicas escafandras del comandante Cousteau, los viajes a los polos, las travesías por el desierto, los primeros vuelos tripulados supersónicos y un largo etc. Estas hazañas han sido y serán necesarias para poner de manifiesto la increíble capacidad de adaptación del ser humano y sobretodo, su gran capacidad de innovación técnica para resolver cuantos problemas técnicos se le pongan por delante. Sin embargo, tengo mis serias dudas de que los hallazgos que encontremos en los parámetros fisiológicos de Félix sean determinantes para la medicina aeroespacial y, mucho menos que sea una información vital sobre las capacidades del hombre en el espacio. Las verdaderas y consistentes investigaciones sobre la capacidad de adaptación del hombre en el espacio se han realizado en callado silencio a lo largo de décadas, en las estaciones orbitales soviéticas y americanas. Sin duda la gran experticia de esta iniciativa quedará una vez más en el avance tecnológico para mantener las constantes fisiológicas del hombre en  las condiciones más adversas, a través de mecanismos diversos, ya sean máquinas, trajes, sensores… Ahora bien, con lo que no estoy en absoluto de acuerdo es en el afán marketiniano de la hazaña, que es lo que ha dejado pingues beneficios, tanto a la empresa promotora, como al propio Félix y compañía, de forma que se nos ha estado machacando la mente durante mas de dos semanas, con este “colosal salto para la humanidad”. Mientras millones de habitantes del planeta estábamos absortos durante 2 horas y media en el salto de este héroe austriaco, no pensábamos en rescates económicos, primas de riesgo, independientes catalanes, ni otros problemas que nos acucian a nosotros y a millones de habitantes del orbe terrestre. De la misma manera que no podemos comparar a nuestro héroe saltador con los miles de héroes anónimos que luchan contra la pobreza, la guerra y la violencia. Todo un despropósito, producto de una existencia mercantilizada responsable en gran parte de los problemas que nos acucian.

Una de marcianos: Bradbury abandonó la tierra

Hace escasos meses dábamos cuenta de la desaparición (momentánea diría Él) del escritor de ciencia ficción Ray Bradbury, escritor de culto, uno de los padres espirituales de este difícil genero. Este hecho, junto la reciente hazana del hombre saltando desde la extratosfera superando la barrera del sonido y con la necesidad de cambiar las temáticas de mis últimas lecturas, me ha llevado a retomar la lectura de algunos clásicos y en este caso, tenía reservada la lectura por segunda vez del libro que consagró a Ray, al estrellato de la ciencia ficción: “Crónicas marcianas”. Siempre recomiendo los libros que leo, pero especialmente este texto lo recomiendo por varios motivos. El principal de ellos, es porque marcó un cambio de estilo y dimensión en la ciencia ficción, que fue heredado por sus hijos intelectuales, como Asimow y Lem. El segundo motivo es porque el lector se percatará de cómo en un género tan dado a los tópicos como es la ciencia ficción, también se puede hacer poesía y crítica social. “Crónicas marcianas”, es un libro escrito en los años 40 pero podría corresponderse con el año 2012, ya que no ha perdido para nada su aroma fresco. En el texto se recogen relatos de cómo los terrestres colonizamos Marte, un planeta habitable, donde una cultura milenaria de marcianos es radicalmente diezmada por la codicia y las pulsiones humanas más míseras. Este texto recoge una ácida crítica social y un cuidadoso estudio del género humano, de tal suerte que el texto de Ray se convierte en un libro de antropología, donde observamos cómo una cultura colonizadora avasalla y somete a otra, más ancestral, a través de la inyección de sus vicios, debilidades, vilezas…. El humor inteligente y sarcástico de Ray convierte a Marte en un planeta plagado de quioscos de salchichas, granjas, fiestas populares y todo aquello que, siendo terrestre, va socavando una cultura milenaria sabia que se oculta en las arenas rojas de Marte. Termino con un diálogo entre dos terrestres, el capitán de una expedición y su subordinado, que decide tomar partido por la civilización marciana y, por supuesto y debido a esto, su final estaba sentenciado. Cuando el capitán le pregunta sobre cuál es el significado de la existencia y si la sabia civilización marciana había encontrado su explicación al objetivo de la vida, el insurrecto le contesta: –  El éxito de ellos ha sido saber combinar el arte, la ciencia y la religión. El sentido de la vida, es la propia vida. Este es Badbury en estado puro. Ahora Ray ha abandonado la tierra y estoy seguro que en las rojas tierras marcianas pasea riéndose de todos nosotros.  

El camino de los héroes

Todos hemos tenido a lo largo de nuestra vida encuentros que nos han marcado la existencia, dotándola de un nuevo sentido, un nuevo rumbo y por ello mismo, de una nueva visión. Se producen de forma espontanea y como si fueran vórtices existenciales, dinamizan nuestro ser y lo reorientan.  Hay quien piensa, que nuestra existencia esta preñada de este tipo de encuentros y que nuestra función primordial, es estar perceptivos, atentos a cuando emergen en nuestro existir. Su naturaleza es muy diversa, puede ser conocer a un renombrado artista, leer un libro que nos despierta del largo sueño existencial, conocer una hermosa joven, una enfermedad compleja o entrecruzar nuestra existencia con un ser aparentemente anodino, que despierta en nosotros algo que estaba latente en nuestro interior y, como si de una semilla se tratara, emerge con fuerza inusitada. En mi caso, este encuentro aconteció hace 20 años y lo protagonizó un joven paciente de 14 años aquejado de un sarcoma de Ewing. Josué, que así se llamaba este joven, vivió los últimos 6 meses de su vida acompañado de su familia, en su casa y atendido por un joven e inexperto médico de cabecera, que aprendió de él grandes lecciones acerca de la vida y por ello mismo, también de la muerte. Mi encuentro con Josué, marcó no sólo mis inclinaciones profesionales, sino lo que aún es mas importante, mi vida personal. Aun después de 20 años, me emociono cuando le recuerdo y de mis labios solo sale como una larga letania un agradecimiento sincero, por haberme dejado compartir su existencia. Os dejo con su historia, recogida en un capítulo del libro «La sombra del dolor», dedicado con toda mi alma a Israel: «Camino de los héroes»

La Experiencia de Envejecer, por Pedro Gil Gregorio

A mí particularmente el término «abuelo», me gusta. Ya sé que es políticamente incorrecto, y que lo adecuado seria hablar de “mayores”, pero para mí, y como declaración de principios, el concepto abuelo, conlleva una connotación cariñosa, cálida, familiar. Los médicos estamos muy habituados a los abuelos, es normal, los grandes avances de la medicina y de la ciencia contemporánea, han incrementado la expectativa de vida y hemos pasado a superar los 80 años. Esto es así, de tal manera que cuando un paciente fallece con menos de 80 años, nos atrevemos a decir que falleció cuando aún era joven. . Aunque legalmente la frontera de los 65 años marca el periodo entendido por tercera edad o fase de mayores, nuestra percepción y vivencia es que, este límite está más próximo de los 80 años que de los 70. En esta connotación legal o administrativa tenemos una de las mayores falacias que se pueden argumentar para con los mayores. Desde los albores del siglo XX, hasta la actualidad, la connotación de mayor tenía una serie de atributos de características negativas. Tal es así, que el paso de esta frontera se establece, al menos hasta ahora, en los 65 años, porque es la edad de la jubilación y por lo tanto, la época de la vida no productiva desde el punto de vista materialista y laboral. Parece como si el individuo se jubilara a los 65 años y ya fuera un trasto inservible, que es apartado por la sociedad y que ya tan sólo debe de estar esperando pacientemente la muerte, lleno de achaques, dolores y pérdidas irreparables. Tal concepto es producto de una sociedad materialista, centrada en la producción y el consumo. Sin lugar a dudas, la filosofía materialista y  el materialismo dialéctico, que eclosionó en plena revolución industrial, ha sido uno de los orígenes de esta situación. Hace dos días se presentó un libro que nos acerca a la experiencia de envejecer, desde la vivencia individual y real. Sin duda, aunque aún no he tenido la ocasión de leerlo, nos aproximará a la vida de los abuelos. Su título “La Experiencia de Envejecer”. Una obra  de D. Pedro Gil Gregorio, presidente de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, que recoge el testimonio de 44 personas mayores que desarrollan un estilo de vida activo y saludable. Estoy seguro que desterrará tópicos y nos hará reflexionar sobre el concepto de persona mayor, anciano y abuelo.