Divulgación científica

Accede al alma de la artista: “Cada palabra, una semilla”

Los que somos lectores empedernidos, o como nos llama Fernando Savater, «lectores omnívoros», tenemos en ocasiones el impulso de conocer el alma de los artistas que tocan nuestro ser. La belleza de la creación toca nuestro interior y nos sentimos en una comunión estrecha con el autor. Es como si el escritor, el pintor o el escultor, se comunicara directamente con nosotros. Ese es el mayor elogio para un artista, tocar el alma del espectador. Entonces, el espectador ansia conocer quién es ese ser que ha invadido su interior y que en muchos casos ha vivido en tierras y tiempos lejanos. Muchos creadores nos dejan pequeñas pistas de su propio mundo interno y a través de ellas, entendemos mejor sus propias vivencias y su actividad creadora. Eso hace la autora Italiana Susana Tamaro, con el excelente y siempre delicado texto de «Cada palabra es una semilla», donde en tono autobiográfico, nos relata su infancia, sus sentimientos, sus miedos y tristezas. No es una autobiografía al uso, es un bello y poético libro, donde su autora nos muestra pinceladas de su infancia, adolescencia y juventud. Después de su lectura entendemos mejor su ser en el mundo. Tamaro, es una artista que siempre me ha cautivado, por su sencillez y simplicidad, que es capaz de hacernos sentir la fuerza de la vida en cada latido de nuestro corazón. Cuando en alguna tertulia literaria alguien aboga por la escritura «espiritual» e intimista, de autores de moda y culto, como Paolo Coello, yo siempre saco a colación a Susana Tamaro, pues ella,  a través de los pequeños detalles, nos hace entrar en el eterno espectáculo  fascinante del «Anima Mundi» platónico. Es cierto Susana, que cada palabra es una semilla y tú siembras el espíritu de tus lectores.

Moléculas de vida… tenacidad y superación

No me cansaré en este blog de resaltar la “fuerza de la vida”, ese misterioso halito que penetra toda la existencia. Cuando charlo en animadas discusiones con un amigo mío biólogo, sobre la organización de la vida, él me refiere una y otra vez, que la vida, como fenómeno (o mejor epifenómeno) de lo biológico, se fundamenta en distintos niveles organizativos. Para él, igual que para la mayor parte de las mentes materialistas que pueblan estos tiempos desacralizados, la vida no deja de ser una continua búsqueda de una mayor organización y estabilidad atómica. Cuando átomos y elementos se organizan en estructuras más complejas, no sólo se genera vida, sino que ésta se hace más compleja y sutil. Esta idea fue la que alimentó los famosos experimentos de los años 50 y 60 en el laboratorio de Miller y Urey. Este científico  americano, al igual que si fuera un Frankenstein moderno, llenaba sus matraces de las moléculas más primordiales y, sometiéndolas a descargas eléctricas que simulaban la supuesta atmosfera primitiva, solo era capaz de ensamblar torpemente estas moléculas en grandes cadenas de principios inmediatos… Pero la vida era inexistente, le era esquiva.  Las moléculas de la vida: El experimento de Miller y Urey (C. Sagan/Cosmos) Sesenta años después,  y pese a los grandes avances en la ciencia y tecnología, la vida sigue siendo esquiva a los ojos de la ciencia. Aún no ha aparecido el Víctor Frankenstein que sea capaz de generar vida de lo inerte, así que debemos esperar, o  jugar a los dioses. Otro buen amigo mío, este astrólogo, me deleita en la discusión sobre la universalidad de la vida: ¿Es la vida un fenómeno presente en todo el universo?, ¿sólo existe la vida basada en el carbono?…Preguntas lícitas para la ciencia, pero con un gran trasfondo epistemológico y teológico. Pero realmente lo que me sigue asombrando, es la tenacidad de la vida, esa especie de empeño en pase lo que pase, BROTAR, porque la vida brota en cualquier rincón, en cualquier lugar, en cualquier condición. Capaz de brotar de la nada, en la Antártida o en el desierto del Sahara, en un jardín y entre las grietas de los ladrillos. Por eso me llama la atención, cómo la belleza es capaz de aparecer alejada de los ojos del ser humano, en la grieta de un antiguo escalón de un antiquísimo Monasterio Cisterciense. ¿Hace muchos siglos algún monje atento habrá descubierto esta pequeña representación del cosmos entero? Nos quedaremos sin saberlo, pero invito a los lectores a descubrir la vida que brota en los rincones más recónditos de nuestro universo.

De Safari con Ernesto

Toda mi familia ha tenido una gran afición por la caza, y aunque yo nunca he disfrutado con el acto de dar muerte a las criaturas del campo, prefiriendo verlas corretear, volar, nadar o lo que fuera que hagan, sí que he vivido las sensaciones transmitidas por mi padre y mis tíos, sobre el rito de la caza, las anécdotas, la comida después de haberse cobrado las piezas, los acechos interminables en rotundo silencio, las pesquisas tras las huellas de un animal herido…. Todas estas sensaciones, hechos e impresiones, las conozco de primera mano y me las ha vuelto a traer a la memoria el sensacional libro de Hemingway “Las verdes colinas de África”. Como de todos es sabido, Ernest Hemingway vivía al límite su existencia, nunca terminaba de saciarse de la vida, aunque la bebía a borbotones. Era amante de los deportes, de los toros, la caza y la pesca, también boxeo en sus tiempos jóvenes. En este libro, se narra las apasionantes jornadas de cacería de Hemingway con sus amigos en los años 30. Cuando uno realiza la lectura de este libro, inmediatamente se sumerge en el mundo de plasticidad de imágenes del autor, donde el lector puede casi oler la carne de los antílopes, o escuchar el rugido lejano de un león. Si algo tiene de mágico Hemingway, es su soltura en la descripción de ambientes, personajes y las percepciones que sus protagonistas experimentan. Leyendo este libro, no solo recuerdo las anécdotas familiares de caza, sino que me viene al pensamiento ese otro gran libro de Miguel Delibes,” La caza”, llevado a la pantalla por Carlos Saura. Y dado que hablamos de la relación del cine con la literatura, leyendo este apasionante libro, que podríamos calificar de “Diario de viajes”, al estilo de Bruce Chadwin (otro grande del que hablaremos en nuestro blog), se me vienen a la mente las románticas películas ambientadas en el África colonial, donde todo es aventura, pasión, lucha. Este texto de Hemingway inspiró obras cinematográficas como “Las nieves del Kilimanjaro”, “Pasión en la selva” y muchas más. No podemos abstraernos del “Tarzán de los monos” de principios de los años 30 con Johnny Weissmuller, o incluso de “memorias de África” de los años 90. Todos estos films son deudores del texto de Ernesto, como le gustaba que le llamaran en su querida España. Por cierto, a lo largo del texto, podemos ver cómo el americano recuerda y añora las tierras españolas, hasta el extremo que, cuando recorre una inhóspita región del África central, le recuerda el paisaje pedregoso de Aragón y sus gentes, pero en vez de baturros con cachirulo, aquí le acompañan watusis con lanza.

Cuando ayudar es más fácil que ser ayudado

Tal y como vive el hombre así muere. La muerte sólo es el acto apoteósico de una existencia plagada de momentos estelares. En el capítulo “El camino de los héroes”, que figura en mi libro “La sombra del dolor” ya he hablado de la vivencia de la pérdida y muerte de Israel, aquel pequeño de 14 años que falleció de un carcinoma de Ewing y de cómo a todos nos enseñó cómo vivir la vida plena, en el aquí y el ahora, la entrega, la valentía y, cómo no, la fe y la confianza. Esta experiencia la tengo grabada en mis huesos de manera indeleble. Ahora he vuelto a reencontrar un texto vivencial de características similares, titulado: “Sendino se muere», que narra, a modo de diario, el fallecimiento por un cáncer de mama, de una médico, llamada África Sendino. Lo que hace peculiar el texto es que está escrito a la limón por la paciente, mientras ella se valía por sí misma y estaba consciente, ayudada y apoyada por el capellán de su hospital, el padre Pablo d´Ors, gran erudito, nieto del gran filósofo Eugenio d´Ors. Es posible que a Pablo no le guste que haga esta mención biográfica, porque Pablo es un acompañador de almas y de almas que, como la de Sandino, están a punto de abandonar nuestro mundo. Es un hombre sabio en su juventud y nos muestra un testimonio real y desgarrador de una mujer excepcional que, agarrada a su fe católica, quiere dejar a los demás su experiencia, su vivencia y su amor a la vida….y por ello a la muerte. Este libro sencillo debería de ser de uso obligatorio en los estudios de las ciencias biomédicas. Se trata de una antropología de la muerte y un canto de esperanza a ese momento de transición. Independientemente de las creencias del lector, el libro aporta detalles, pequeños y sencillos asuntos, que todo médico y enfermera deberíamos tener presentes. No conozco a Pablo, se que después de una gran formación teológica y filosófica en Europa, tomó la decisión de ser capellán de un hospital madrileño, pero dado que somos de la misma quinta y de la misma ciudad y nos une el cuidado de los espíritus moribundos, me encantaría que el destino nos uniera en alguna ocasión. Mientras tanto, les dejo con este exquisito, bello y delicado texto, de una vida bellamente vivida.

Obras maestras del arte médico

Uno de los privilegios que me ha dado la vida ha sido poder trabajar en la Real Academia Nacional de Medicina, que desde hace un siglo reside en la madrileña calle de Arrieta y que nos retrotrae a su creación en el año 1734 como “Academia Médica Matritense” en la trastienda de una botica madrileña donde se gestó el conocimiento y la sabiduría de la ciencia médica. Recomiendo a los lectores que la visiten, pues la entrada es libre y gratuita y que se dirijan a la joya de su biblioteca con más de 100.000 volúmenes impresos, siendo la mejor biblioteca del siglo XVIII y XIX. En uno de mis proyectos mientras formaba parte de la misma tuve el privilegio de encontrarme con una joya del Renacimiento del año 1556, su titulo: “Anatome, corporis humani”. Su autor, un clásico español: Juan Valverde de Hamusco. La emoción de poder deleitar la primera edición de este anatomista nacido en Palencia en 1525, médico de la nobleza en Roma, fue intensa. Cuanta ciencia y sobretodo, cuanta erudición mostraban sus páginas. Entre sus páginas se encuentran el famoso grabado anatómico de un hombre, que en una mano sostiene un cuchillo, mientras en la otra sostiene su propia piel y recordé inevitablemente el San Bartolomé pintado por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y donde en su pellejo figura su autorretrato. Recuerdo que este libro fue controvertido, pues Andrés Vesalio, el celebre anatomista, maestro de su época y referente mundial, acusó a Valverde de plagio y de no haber realizado ni una sola disección. Y es que el maestro había publicado su magnifica obra “Humani corporis fabrica” tan solo 13 años antes que el español. Valverde salió de las acusaciones confesando que el texto de Vesalio le había servido de inspiración, afirmando: “parecería envidia o malignidad no querer aprovecharse de ella”. Visitar la Biblioteca de la RANM es trasladarse a otro tiempo, un tiempo donde la curiosidad científica y la emoción del descubrimiento estimulaban a los espíritus inquietos de la época. ¿Te lo vas a perder?