Julio Zarco

Señales de vida: encuentros y desencuentros

En toda la literatura iniciática sobre las tradiciones de todos los tiempos, siempre se resalta que la vida está repleta de señales y de signos. Estas señales son pequeños guiños del destino, que nos asaltan durante nuestro camino y que encierran  profundas lecciones de vida. Debemos estar atentos y con la conciencia alerta para ver estas señales, para sentir estos momentos y, sobretodo, para ser capaces de extraer la sabiduría que encierran. No existen libros de interpretación, al igual que tampoco existen gurús, ni terapeutas que las interpreten por nosotros. Debemos ser nosotros, única e intransferiblemente, los que debemos verlas, sentirlas, degustarlas y extraer su jugo existencial. Desde hace muchos años, he aprendido que en la vida no hay coincidencias, que todo tiene algún sentido, aunque parezca paradójico e irreal. De igual manera, todo tiene que ver con todo y cada acción tiene repercusiones en el todo, esto es lo que la filosofía budista denomina “interser”: la tupida red de interrelaciones existenciales. Es bastante probable que muchos de los lectores  piensen que un pensamiento racional, lógico, científico, crítico, moderno, no puede  tener estas creencias, la vida es lo que es y nada más. Pero la vida está repleta de magia, de poesía y de niveles de conciencia que necesitan de un estado determinado de percepción para poder ser reconocidos y vividos. ¡Cuántos santos y místicos de todos los siglos han sido denostados como locos, sólo porque su percepción de la realidad es distinta…! Hace más de 20 años, yo era un becario que realizaba mi proyecto de tesis doctoral en un Departamento dela Universidad y mi ilusión era convertirme en profesor del mismo y continuar mi labor investigadora. Este sueño se vio truncado cuando mi tutor  y director  fue destinado a otra universidad y a otro hospital, dejando en la estacada a otro compañero y a mí, ambos becados por el Rectorado de la UCM, sin poder concluir el proyecto de investigación y dejando encallada la tesis. Aquella situación representó para mí un gran dolor y frustración. Mi estado de depresión me indicaba con certeza  que mi futuro científico concluía allí, mis sueños, mi destino como docente e investigador se habían esfumado. Mi ira y mi rabia, se apoderó de la razón, de tal manera que no podía quitármelo de la cabeza… Abandoné aquellos sueños, encaminé mi vida por otros caminos profesionales y sané mis heridas emocionales. Hace unos días acepté una oferta como profesor en el mismo Departamento en el que comencé hace 20 años para impartir la asignatura que siempre había querido. Regresé a mi antiguo Departamento, todo estaba igual. Cuando cogí el ascensor, mi sorpresa fue mayúscula, mi antiguo tutor había regresado.  Nos reconocimos, pese al paso de los años para ambos, nos miramos y nos saludamos afectuosamente: mis heridas emocionales habían sanado, pero mi ciclo vital volvía a su comienzo, porque ya se sabe que “todo es un eterno retorno”.

El dolor sin sentido… “Sufro de fibromialgia”

El dolor es un síntoma que se podría comparar con un poliedro que presenta muchas caras, tiene componentes biológicos, sociales, antropológicos, culturales y psicológicos. El dolor es consustancial al ser humano y a la propia vida. No hay vida sin dolor; el dolor, en sus múltiples variedades, nos hace humanos, por ser una manifestación de la propia realidad humana y también, por qué no decirlo, de la misma finitud de la vida. El tipo más frecuente de dolor y que va unido a la manifestación sintomática de los procesos morbosos, es el dolor físico. Existen muchas variedades de dolor físico, en función del compromiso de estructuras viscerales, músculo-esqueléticas…. Es por ello, que tenemos dolores viscerales, dolores neuropáticos, dolores centrales…. El dolor se convierte en un signo que delata que algo no funciona bien. Por eso, en todas las escuelas de medicina, y desde tiempos inmemoriales, se enseña a los alumnos que, por definición y en principio, el dolor no debe suprimirse de entrada, al menos hasta que diagnostiquemos su origen. Si hay unos pacientes expertos en dolor son los enfermos de fibromialgia, como así lo manifesté en las últimas Jornadas de la Liga Lire. La palabra fibromialgia (FM) significa precisamente eso, dolor en los músculos y en el tejido fibroso (ligamentos y tendones). Son además pacientes en los que el dolor deja de tener sentido, ya que no se muestra como el signo de algo que funciona mal, o al menos hasta ahora no lo hemos sabido descubrir, por eso estos enfermos sufren un dolor mayor: el de la incomprensión. Nadie mejor que ellos para describirnos con su testimonio su devenir en el árido camino de su enfermedad

Última lección de un gran maestro: Hasta siempre José Luis

  Hace  tres semanas, nos sorprendía la repentina muerte de José Luis Sampedro  y digo repentina, porque pese a su edad y su delicado estado de salud, las almas grandes siempre se van de manera desgarradora y súbita, dejándonos huérfanos en nuestro sentimiento y en nuestra razón de ser. He preferido esperar un tiempo prudencial, para que mi agitado corazón encuentre algo de paz y sedimentara mis recuerdos y sentimientos. No pretende ser este humilde escrito, un homenaje al maestro, creo que soy pequeño, para tan gran empresa y no me siento capacitado, ni con fuerzas para aproximarme a este cometido. Tampoco quiero loar su intensa biografía, sus múltiples distinciones y cualidades, que de todos son conocidas, a través de sus escritos y los medios de comunicación. Solo quiero dejar constancia de mi último recuerdo, pocos días antes de su fallecimiento en su hogar, rodeado por su esposa Olga de Lucas y su hija, justo el domingo de resurrección, cuando una llamada, me comunicó el día antes, que José Luis había se encontraba mal. Acudí a su domicilio, como otras veces, pertrechado con mis utensilios médicos y con la esperanza de que la alarma fuera falsa o desmesurada. De las más de dos horas que estuve con él, no puedo dar cuenta en este texto, pues muchas vivencias, palabras y sentimientos, pertenecen al ámbito de lo privado, de lo íntimo. Pero sí destacaré algunos rasgos y palabras de José Luis, que definen al hombre. Cuando me vio aparecer por la puerta, sentí que sus ojos se iluminaron, sus músculos recobraron fuerza y con una energía que sorprendió a los presentes, se incorporó para abrazarme. Todos exclamaron, sorprendidos ante una reacción en aquel cuerpo agotado por la vida y que estaba siendo socavado por años recorridos con intensidad. Nos abrazamos con gran cariño. Sus largas y huesudas manos se aferraron a las mías y tiró de mi con una fuerza que me sorprendió, con sus claros ojos penetrándome el ser. Yo le había escrito una carta en donde le expresaba con cariño y devoción cómo me sentía en su presencia y donde hablaba de que él era mi Daimon, mi maestro y yo el humilde pupilo. A él siempre le gustaba contestar todas las cartas, aunque nos pudiéramos ver en múltiples ocasiones. En esta ocasión y después de muchos meses con dificultades de salud, no había podido cumplir con el ritual, mi carta no había sido contestada y sus primeras palabras fueron de intenso agradecimiento por la misma y de disculpas, por no haber podido coger la pluma y contestarme. Se deshizo en elogios por aquella iniciativa y a mí me ruborizó su generosidad y su gran afecto. Aquel día yo le hice el último reconocimiento médico y aquel día asistí a un gran ser humano. Hablamos de política, de religión, de filosofía, su fuerza era inaudita. Me regalo un libro sobre taoísmo, que dada la emoción, me dejé abandonado en su domicilio. «Julio, yo soy taoísta, el equilibrio y el dejarse llevar por la naturaleza han sido constantes en mi vida». Yo escuchaba extasiado. El maestro daba su última lección a su discípulo, en el lecho de muerte y yo, como tantas veces, concentré mi mundo en aquella pequeña estancia. El maestro en el lecho y yo sentado en la cama, nuestras manos cogidas y nuestros seres en comunión. La boca se le secaba por su animada discusión y aun así se esforzaba por hacerse entender con precisión y fuerza. La preguntaba, era inevitable, él era consciente y pleno de facultades: » José Luis, ¿tienes miedo a morir?», él mirándome con una expresión que me recordaba a los Santos de los lienzos del Greco, susurro: «Tengo miedo a morir sin dignidad». Sus deseos fueron respetados, murió dignamente, en su cama, rodeado de los suyos, sin sufrir, murió como un héroe, o como un Santo, yo creo más lo segundo. Aún, recuerdo sus caricias y su último beso en mi mejilla, agotado por la lección, por la enseñanza de lo que es una vida bien vivida. Gracias maestro, ahora vives más en mí.  

Moléculas de vida… tenacidad y superación

No me cansaré en este blog de resaltar la “fuerza de la vida”, ese misterioso halito que penetra toda la existencia. Cuando charlo en animadas discusiones con un amigo mío biólogo, sobre la organización de la vida, él me refiere una y otra vez, que la vida, como fenómeno (o mejor epifenómeno) de lo biológico, se fundamenta en distintos niveles organizativos. Para él, igual que para la mayor parte de las mentes materialistas que pueblan estos tiempos desacralizados, la vida no deja de ser una continua búsqueda de una mayor organización y estabilidad atómica. Cuando átomos y elementos se organizan en estructuras más complejas, no sólo se genera vida, sino que ésta se hace más compleja y sutil. Esta idea fue la que alimentó los famosos experimentos de los años 50 y 60 en el laboratorio de Miller y Urey. Este científico  americano, al igual que si fuera un Frankenstein moderno, llenaba sus matraces de las moléculas más primordiales y, sometiéndolas a descargas eléctricas que simulaban la supuesta atmosfera primitiva, solo era capaz de ensamblar torpemente estas moléculas en grandes cadenas de principios inmediatos… Pero la vida era inexistente, le era esquiva.  Las moléculas de la vida: El experimento de Miller y Urey (C. Sagan/Cosmos) Sesenta años después,  y pese a los grandes avances en la ciencia y tecnología, la vida sigue siendo esquiva a los ojos de la ciencia. Aún no ha aparecido el Víctor Frankenstein que sea capaz de generar vida de lo inerte, así que debemos esperar, o  jugar a los dioses. Otro buen amigo mío, este astrólogo, me deleita en la discusión sobre la universalidad de la vida: ¿Es la vida un fenómeno presente en todo el universo?, ¿sólo existe la vida basada en el carbono?…Preguntas lícitas para la ciencia, pero con un gran trasfondo epistemológico y teológico. Pero realmente lo que me sigue asombrando, es la tenacidad de la vida, esa especie de empeño en pase lo que pase, BROTAR, porque la vida brota en cualquier rincón, en cualquier lugar, en cualquier condición. Capaz de brotar de la nada, en la Antártida o en el desierto del Sahara, en un jardín y entre las grietas de los ladrillos. Por eso me llama la atención, cómo la belleza es capaz de aparecer alejada de los ojos del ser humano, en la grieta de un antiguo escalón de un antiquísimo Monasterio Cisterciense. ¿Hace muchos siglos algún monje atento habrá descubierto esta pequeña representación del cosmos entero? Nos quedaremos sin saberlo, pero invito a los lectores a descubrir la vida que brota en los rincones más recónditos de nuestro universo.

Tu ánima no siempre espera, sal a su encuentro.

Toda la literatura iniciática y romántica establece unos cánones precisos de funcionamiento, que hacen alusión a temas de gran profundidad psicológica y espiritual, el encuentro entre los amados, las sensaciones y percepciones, el espacio mágico, etc. Toda la literatura de amor, está plagada de este tipo de situaciones, donde se produce un encuentro mágico entre dos seres, hombre y mujer, un encuentro de opuestos, una boda o hyerogasmos, donde a través de la conjunción de los opuestos, se es capaz de poner en marcha el ciclo del cielo y de la tierra, la alquimia de la vida. Todos los poetas románticos de la literatura universal han puesto de manifiesto con gran maestría ese encuentro especial y único, donde la amada y el amado se encuentran por primera vez, se miran, el tiempo se detiene y el universo conspira a su favor. Mi poeta romántico español preferido, Gustavo Adolfo Bécquer, lo narra con la misma maestría con la que Dante nos relataba su encuentro con Beatriz, en «el monte de las ánimas«. El Señor feudal atraído por el misterio profundo de la existencia, penetra sin saber muy bien por qué, en el profundo bosque, el bosque ignoto, luminoso, repleto de emoción, misterioso y colmado de las fuerzas de la tierra. Allí, tras sortear peligros, dificultades y otros obstáculos de tipo personal, con miedo, incertidumbre y duda. Allí, en el lugar más recóndito del bosque, en ese lugar apartado, inexpugnable, donde nadie es capaz de llegar, hay un bello lago y esperándolo a él, una bella dama. Esta dama, nunca vista por el caballero, de extraordinaria belleza, misteriosa y sobrenatural, no está allí por causalidad, ella está allí esperándolo a él y solo a él. Esa es la magia del encuentro, es un encuentro mágico lleno de contenidos, donde el caballero es engullido por el espíritu del alma femenina. Este tipo de encuentros también los estudió Jung hace muchos años, reflejando en ellos, que es un encuentro entre “anima y animas”, es el hyerogasmo, la unión sagrada de los dos seres, que genera una integración universal. Quien piense que este tipo de encuentros son solo encuentros ficticios, sobrenaturales y novelescos, debo de decirle que está muy equivocado. Hace ahora 33 años, un joven estudiante de medicina penetró tímidamente en la gran aula magna de la facultad de medicina de la Universidad Complutense. Había  sorteado varias pruebas, había luchado por estar allí, pese a que el destino se encargó de resistirse una y otra vez, pero por fin él consiguió su objetivo, ser estudiante de medicina, ser el elegido y allí estaba, después de arduas luchas morales, personales e internas que le habían producido muchas heridas. Desde la entrada del anfiteatro de la universidad, tímido, nervioso y a la vez ufano por lo conseguido, miró a su alrededor, aspiró aire profundamente, hincho sus pulmones, subió los hombros y expandió el tórax. Miró sin mirar, a todos sus compañeros como una masa ingente, sin discriminar a nadie ni a nada. Pero sus ojos se detuvieron en las primeras filas, en una joven morena, de belleza singular, cuyo rostro estaba iluminado por una luz irreal y especial. Los dos repararon en el encuentro, ella tímida, apenas quería mirarle, él hipnotizado por el encuentro. El, sintió que ella estaba allí para él, no era una muchacha cualquiera, ella era su ánima, ella era su alma gemela. Sus ojos se encontraron y en menos de un mes sus manos se fusionaron en un encuentro estrecho, que después de 30 años sigue día a día repitiéndose con la misma magia, el mismo misterio. Ella es mi amor, ella ha estado esperándome durante tiempo y seguirá haciéndolo, ella es la que es y esta es mi gesta, donde mi doncella forma la parte fundamental de mi vida. Gracias al universo por habernos hecho encontrar y gracias al destino porque nuestros caminos transiten por la misma senda.