Pese a estar de pie, no percibo ni mi posición, ni como he llegado allí. Soy un extenso campo amarillento que se mueve frente a mí de una manera ondulada y acompasada. Solo una estrecha franja de cielo azul cierra mi visión y el resto es un extenso campo de cereal de color pajizo que casi no me deja vislumbrar las miles de espigas que lo componen.
Mi ser se recrea en el conjunto, no en la individualidad. Un extenso mar de trigo es mecido por el viento y se crean olas suaves que acarician la superficie. Son posibles otros mares, la tierra quiere demostrar al mar, que ella también puede crear mareas, olas y tormentas en su superficie. Permanezco de pie en observación ensimismada sintiendo que las mareas de trigo se acercan hacia mi como si yo fuera una playa de blanca arena.
Sin apenas darme cuenta mis ritmos están acompasados a las olas de trigo y casi puedo ver como si un gigantesco peine invisible peinara los ondulados cabellos de la diosa tierra. Ahí comprendí a mis antepasados cuando entendían que Ceres, Cibeles y Gea eran la madre nutricia que nos engendraba. En aquel momento sintiendo los cabellos de trigo de la madre tierra sentí su poderosa fuerza y pude sentir que aquel mar de trigo también existía en mi interior enraizado en miles de años de suave movimiento.
