Acompañar en la muerte, una enseñanza de vida

En mis primeros años como médico de familia, uno de los aspectos del trabajo que más impacto me ocasiono, fue el trato y acompañamiento a las personas que van a fallecer. En los primeros años de mi ejercicio médico, en España, aun no estaban instaurados y constituidos los programas y equipos de apoyo domiciliario y de cuidados paliativos. Esa tarea, recaía en la figura del médico general y la enfermera que trabajaban en equipo. En aquellos años ochenta del pasado siglo, solo unos pocos médicos de familia eran conocedores del trabajo que se estaba realizando especialmente en el Reino Unido, para estandarizar y vertebrar el conocimiento en los momentos finales de la vida.

En algunos casos, como el mío, que ya procuraba buscar en las fuentes de la filosofía y la literatura, nos habían llegado los trabajos de la psiquiatra Elisabeth Kubler-Ross, su acompañamiento en los momentos finales de la vida y su importante agradecimiento a los que morían por las lecciones de vida que depositaban en la psiquiatra americana. Aquellas pocas personas, que, por aquel entonces, se sentaban a la cabecera del paciente, y les ayudaban en el tránsito de vida más importante, me parecían heroicos y dignos de admiración.

Por aquel entonces a mí nadie me había preparado para acompañar a un moribundo y todas las muertes que había presenciado, habían sido en el aséptico ambiente de una sala de hospital. No tardando, el destino me puso en bandeja, el verme enfrentado a esta situación, con un paciente de 13 años que padecía un sarcoma de Ewing. Su nombre era Israel y él fue uno de los más grandes maestros de vida que he tenido nunca. Los cinco últimos meses de vida de aquel joven trasformaron mi vida profesional y personal.

En lo profesional, me hizo tomar la decisión de cambiar mi carrera de investigador por el trato a las personas. En lo personal, me enseño lo valioso de la vida y la importancia existencial de los momentos finales. El impacto de aquel encuentro con Israel y que aún resuena en mi existencia, me llevo a escribir mi primer libro: “La sombra del dolor” y me hizo entender por la vía de la experiencia directa, que los seres humanos que acompañamos en los momentos finales de la existencia a otro ser humano, somos unos privilegiados.

Si somos receptivos y prestamos atención plena a todos los momentos que se abren ante nosotros, asistiremos al corolario más importante que tiene la vida, junto al nacimiento. En estos días estoy releyendo las cartas de Lucio Anneo Seneca sobre la importancia del buen morir. Y es que, para una buena muerte, es exigible una buena vida. Toda filosofía, como aseguraba Platón, es una preparación para la muerte. Y que razón tenía el griego y que poco caso hacemos de sus sabios consejos. No hay nada más importante en la vida de un individuo, que el acento final y la puesta en escena con dignidad, entereza y atención, del momento en que nuestra alma se desprende del vehículo del cuerpo. Honremos este rito de tránsito y aprendamos que una buena muerte comienza con el aprendizaje de una vida con propósito. Gracias Israel.