Cuando existe conflictividad laboral, manifestaciones y huelgas, se nos acusa a los profesionales sanitarios, sobre todo médicos y enfermeras, de que nuestras propuestas laborales están abocadas al fracaso, pues carecemos de fuerza moral suficiente y no debemos realizar nuestra presión dejando de atender a nuestros pacientes. Esto parece lógico, presuponiendo que el Juramento Hipocrático (u oración de Maimonides) y nuestros valores profesionales más arraigados en todo nuestro hacer, nos impiden abandonar a los que nos solicitan ayuda. Los que llevamos ya bastante tiempo en el ejercicio de esta bella profesión, sabemos que los múltiples conflictos laborales que han existido en nuestro sector, han tenido escasa representatividad y todo el mundo lo entiende: “como va a dejar Don Pedro de atender a mi padre”. Todos los ciudadanos entienden que esta situación es ética, aunque no siempre coherente con el desempeño de tan peculiar profesión.
En la actualidad, las medidas de recorte y ajuste sanitario de la Comunidad de Madrid, han prendido fuego desde hace más de un mes en el sector sanitario y en la población general. Médicos de Atención Primaria, de hospitales, auxiliares, enfermería, y muchos… muchos ciudadanos, levantan su voz en contra de lo que se entiende que es una detonación controlada de la Sanidad Pública, entregándola a los “tiburones de la empresa privada”. En 25 años de ejercicio profesional no recuerdo protestas mayores, ni movimientos reivindicativos, huelgas y acciones como ayunos solidarios, encierros, de este nivel.
Mi tribuna no es para analizar la idoneidad de muchas de las acciones que se están llevando a cabo, sino para reflexionar sobre las formas de hacerlo de cara a los pacientes,
cuya defensa es la que reivindicamos precisamente a través de nuestras protestas: la calidad de la atención, la no privatización…. Y para ello quiero argumentarlo con mi experiencia personal: Mi madre es una señora de 85 años, anciana, con dependencia para la mayoría de sus actividades cotidianas y con múltiples patologías, que vive en su domicilio con una experta cuidadora que la asiste en todas las facetas de su vida. Entre los múltiples problemas de salud que presenta mi madre, quizá la que más influye negativamente en su calidad de vida es que lleva más de un año con importantes escaras sacras, que se sobreinfectan con relativa frecuencia y que exigen de la cura local por las expertas manos de la enfermería de su centro de salud, ya que es una competencia para la que sin duda están mucho más preparadas que los médicos. Mi madre es enfermera, y ella misma justificaba el deterioro en su atención diciendo que entendía perfectamente las reivindicaciones de sus compañeras, pues “tenemos que defender la sanidad pública y la calidad de la atención de nuestros pacientes”, aunque por otra parte no entendía “por qué nadie asumía las atenciones que ella necesitaba”. Afortunadamente el caso de mi madre no refleja la realidad más negativa, pues en la familia, por fortuna (o no tanta) hay muchos sanitarios y entre unos y otros cubríamos sus necesidades, pero ¿que pasa con los pacientes que no dispongan de esta enorme ventaja?. Sin
duda la vivencia cercana de una “guerra” en ambos lados de la barrera, te lleva a reflexiones y conclusiones muy distintas que si solo se ve uno de los puntos de vista.
Como buenos profesionales, que nadie pone en duda que somos, ni siquiera los políticos se atreven a ello, debemos apelar al sentido común y a los valores profesionales de los sanitarios. Todos estamos de acuerdo en la esencia de la mayoría de las protestas que se han llevado a cabo estos últimos meses, siempre que no se ideologizen y sirvan para intereses particulares, pero el paciente desde siempre y por siempre, debe ser lo primero, por lo que debe tenérsele en cuenta a la hora de planificar la reivindicación, y si no se hace, habremos perdido la batalla.
